El miedo en el cuerpo

Todas las mañanas, cuando voy a  comprar el periódico, paso por delante de una obra en construcción que paga el pizzo. Incluso lo anuncia. Todo el mundo sabe que ese cartón plastificado con una rueda de carro y referencia a “Los Manolos” indica que esa obra está bajo la protección de un grupo lo suficientemente fuerte como para que nadie ose robar allí ni un ladrillo. Cuando digo “todo el mundo” me refiero a quien quiera enterarse. Vivimos en una sociedad tan fantástica y polivalente que uno se puede meter dos rayas de coca al día y asombrarse de que alguien se pregunte si eso de las mafias va en serio o es una invención.

El diario más leído de Asturias acaba de anunciar la detención de un clan responsable del 90% de la heroína y el 70% de la cocaína que se distribuye en la región. ¡El 90% de la heroína y el 70% de la coca resulta un volumen de negocio de tal envergadura que haría temblar a un economista avezado! Son 19 las detenidos – o arrestados, según la nueva jerga-y se trata de un clan, otra expresión ya convencional de lo políticamente correcto. Cuando se dice “clan” debe entenderse “gitanos”, sin mayor precisión de ciudadanía – español, rumano, albanés-; cuando se dice “banda” se refieren, en general, a latinos. En un rasgo, no se sabe si de humor o de convencimiento de la estulticia que nos desborda, el delegado del Gobierno en Asturias precisó que ese clan “estaba muy organizado” y que “se regía por la ley del silencio”. La información ocupa un pequeño faldón y va en página tan interior, que se pierde, de donde cabe deducir que este suceso se produce tan frecuentemente que ya no es noticia.

La información mafiosa en España no necesita ninguna ley mordaza que la coarte o limite, como en el caso de Berlusconi. Nosotros hemos ido creando una costumbre informativa amordazada. ¿Nadie les ha contado a ustedes que la actual ley orgánica de Defensa del Honor nació con Leopoldo Calvo Sotelo en la presidencia del Gobierno, y especialmente indicada para que quedara a salvo “la dignidad” de los delincuentes militares y civiles que participaron en el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981? Esta mina de oro y diamantes, única en su especie por su condición de “a cielo abierto”, que ha sido trabajada con esmero y éxito por una parte notabilísima del Ilustre Colegio de Abogados encargados del honor de cittadini eccellenti, ha pasado por un proceso de “afinación” social e informativa del que algunos aún estamos perplejos y que se resume en una pregunta retórica y nada escolástica: ¿cómo los delincuentes en general, y el narcotráfico en particular, han logrado ser anónimos?

Primero fueron las siglas. Los personajes no tienen nombre, sólo sus iniciales. Imagínense que la prensa italiana escribiera V. C., cada vez que se refiere a Vito Ciancimino, y añadiera el circunstancial “presuntamente”, adverbio modal, que por eso de las costumbres ha devenido una coletilla tan usada que incluso a los condenados en sentencia firme se les pone el “presunto”, no vaya a ser que nos caiga un pleito. Pero si es llamativo que un tipo que ha pegado un tiro a otro “en un ajuste de cuentas entre bandas rivales”, según suelen decir los comunicados habituales, se reduzca a unas siglas, sólo las iniciales, tanto el criminal como el muerto, hemos alcanzado un punto de no retorno en nuestra adaptación a la mordaza oficial. El ministerio del ramo, y el cuerpo de policía, estatal o autónomo, ya se descojonan literalmente de nosotros, y ni acrónimos ni hostias: ¡un número, y basta! “Han sido arrestados 18, o 20, o 45, presuntos delincuentes”. Pueden decir lo que les dé la gana porque el único que podría advertir la patraña es el juez de guardia o el tribunal especializado. ¿Hemos de creer lo que dice un comunicado si no sabemos ni el delito, ni el nombre, ni la nacionalidad, ni el cómo, ni el dónde, ni el porqué?

¿Se han fijado en las noticias de detenciones de grupos mafiosos o narcotraficantes en los informativos televisivos? Nos regalan escenas como si asistiéramos a un serial en vivo, con derribo de puerta incluido. Noticia no hay ninguna, salvo los planos de la audacia del cuerpo policial. He aquí la paradoja: tenemos un país absolutamente impregnado de poder mafioso – o cultura mafiosa, diría un posmoderno-y la mafia es humo, una ficción estadística. No aparece con cara y ojos, y al quitarnos esa capacidad de verla limitan nuestra capacidad de rechazarla. Tengo la convicción de que no queremos, no sabemos y nos da miedo afrontar la realidad mafiosa. Además, le dirá cualquier experto en medios de comunicación, sería un negocio ruinoso.

El día que detuvieron a José Mestre en el puerto de Barcelona tuve la sensación de que el narcotráfico había ganado la batalla. Quizá pierda la guerra; quisiera creerlo, pero no será fácil que algunos de nosotros lo veamos. Somos peones demasiado frágiles en un combate de fuste y en el que creo que nos jugamos mucho, bastante más que discutiendo sobre el burka y las raíces cristianas de Occidente, cuestiones sobre las que José Mestre y los 15 detenidos, con toda seguridad coincidirán plenamente con la opinión general y establecida. José Mestre era el hombre de negocios más importante del puerto de Barcelona, tanto que fue reconocido como el mejor empresario español. No estoy hablando del estraperlo, ni de Porcioles, ni siquiera de la transición, ni de esa pareja incombustible desde décadas que son los Albertos; estoy hablando de mayo del 2009, cuando el president Montilla, entre ovaciones, le entregó el galardón. Le pillaron con un cargamento de cocaína y contactos con el mexicano Héctor Murillo Rivero. Contaba Jesús Duva, en el único reportaje que he leído sobre esta historia, que el ayudante de José Mestre, Daniel Martín Cabrera, otro de los detenidos, llevaba encima cinco móviles, y uno de ellos indicaba “El Don”. ¡Y luego dicen que los periodistas tenemos imaginación! Somos carne de res. Un bajonajo, y matarile.

José Mestre Fernández, un chatarrero, dicen algunos con cierto desdén de clase impostada. No seamos sicarios de la pluma. Tengamos al menos un poco de vergüenza con el vencido. Además sólo ha perdido una batalla. Saldrá de la cárcel pasado mañana; como una cura en Incosol, como las que obligaba a hacer la editora Carmen Balcells a sus autores gananciosos. No me interesan los coches, y por tanto no entro en ese apartado, pero Mestre tenía, y seguirá teniendo a buen seguro, una colección de arte catalán de primer orden; no sólo Nonell, sino Miró, Tàpies y Picasso. Un gusto clásico para su mansión en Pedralbes. ¿Nadie se acuerda de su hijo, el galerista, que saltó a la fama en el 2007 o el 2008, arrollando de puro rico?

En ocasiones así me pregunto cuándo el periodismo español empezó a adaptarse a la mordaza, incluso antes de que se la impusieran. ¿Quiénes son los 14 detenidos en una operación de narcotráfico que afecta a un hombre de importancia como Mestre? Lo sabe el Gobierno, y los interesados, y los poderes fácticos. Sólo nosotros no sabemos, ni queremos saber. ¿Qué haría uno con esa información? Mirarse en el espejo y esperar a que le den un aviso.

¿Cuál es el futuro de Mestre? No me cuesta imaginármelo. Si un caballero, “un don” sin mayúsculas, ha reconocido que ha robado, y mucho, a toda la sociedad, con descaro y alevosía, y aún sigue sonriéndonos con displicencia, esperando que el bueno del juez ose traspasar las inquietudes de su suegra, su señora, sus hijos casaderos – si los tiene-,sus amigos… y lo meta en la cárcel. No me escaqueo, me refiero a Millet, a quien cualquier ciudadano tendría que pedirle que haga algo grande, digno, aunque sea una vez en su vida. Por ejemplo, instalarse en Montserrat y rezar, aunque sea tan ateo como yo. O suicidarse, que es algo que en Japón hubiera hecho cualquier empleado con sentido del honor. Si eso es cierto en el caso de Millet, que ha reconocido que es un ladrón, ¿qué le puede ocurrir a Mestre, que tendrá un letrado de fuste y que asegurará que le engañó un tipo que residía en Panamá?

Gregorio Morán