El miedo y la libertad

Aunque París ya no llora a los muertos de Charlie Hebdo, de cuyo trágico atentado se cumplen mañana dos meses, la Île-de-France no deja de tener a sus doce héroes permanentemente presentes. No suenan las campanas en la laica Francia, pero periódicos, radios y televisiones no están dispuestos a pasar página en relación a aquel dramático 7 de enero. Aún no. Hay discursos de los representantes de las más altas instituciones del país, continuos debates entre intelectuales tratando de llegar a la raíz del problema, actos públicos que van desde conferencias a mesas redondas y foros de todo tipo con presencia reiterada de ciudadanos de origen musulmán desmarcándose del ataque yihadista. También pancartas en la calle, como el inmenso lienzo en la fachada del Instituto del Mundo Árabe, cerca de la estación de Lyon, con el mundialmente famoso lema “Je suis Charlie”. Y un triste murmullo de alarma entre la población judía. En las escuelas, el debate está vivo y es diario, con una profunda preocupación de las autoridades por el incremento de las teorías de la conspiración entre los jóvenes que esta misma semana era el tema de apertura de la portada del matutino Le Figaro. Todo ayuda al recuerdo e inunda de vida a todas horas los relatos de aquella trágica jornada.

Del orgullo francés herido surgió una vacuna colectiva contra la intolerancia que apelaba a los viejos valores republicanos. No fue sólo aquella imponente manifestación ciudadana que arrancó de la plaza de la República, y que aún hoy es recordada como la movilización más importante contra el yihadismo, la que mantiene encendida la llama del recuerdo, sino el compromiso ético de las instituciones francesas y de sus representantes por situarse inequívocamente al lado de la libertad de expresión. Es, quizás, la única línea roja que, pese al profundo trauma de la multicultural sociedad francesa, Hollande y Sarkozy han apuntalado juntos, evitando alardes legislativos que pudieran ser interpretados como un recorte de las libertades, un valor sagrado al norte de los Pirineos.

Pese a las semanas transcurridas desde el más grave atentado terrorista acaecido en suelo francés en las últimas décadas, la sensación de miedo a un terrorismo desconocido pero que ha arraigado en sus ciudades, en sus calles, en sus edificios, en sus escuelas y en sus mercados ha prendido hondamente en la ciudadanía y también en las autoridades. De ahí las medidas de excepción que comportan la aplicación del plan Vigipirate, que sitúa al país en el nivel de alerta de atentados y que ha sido prorrogado hasta el 10 de abril en toda la Île-de-France. El plan supone una movilización sin precedentes de más de 10.000 militares en el gran París y localiza como puntos de protección especial más de 800 enclaves, de los cuales 310 judíos.

El impulso que supuso para el ticket Hollande-Valls la buena gestión de los atentados se está agotando y el retorno a la actividad ordinaria de la cosa pública no ha hecho sino evidenciar los grandes males que afectan a la política y a la economía francesa. El desgaste y la desunión del PS son demasiado profundos, la UMP no encuentra en Sarkozy el liderazgo de su primera etapa y el FN de Marine Le Pen sigue comandando las encuestas después de adoptar un perfil deliberadamente plano durante estos últimos dos meses, consciente de que la defensa de valores como la libertad nunca ha sido un plato de digestión fácil para la ultraderecha.

La neoyorquina Taryn Simon, considerada por muchos expertos como la nueva estrella en el firmamento de la fotografía contemporánea, presenta hasta mediados del mes de mayo en la galería nacional de Jeu de Paume, en el jardín de las Tullerías y dirigida por la catalana Marta Gili, una selección de sus trabajos desde el año 2000. Empezando por Los inocentes, su obra más reconocida internacionalmente, en que documenta las diferentes historias de unas decenas de individuos que fueron enviados a diferentes prisiones de EE. UU. por crímenes que no habían cometido. Simon, que acaba de cumplir 40 años, ya ha visto su obra expuesta en museos tan prestigiosos como la Tate Modern de Londres, el MoMa y el Whitney Museum de Nueva York, la Neue Nationalgalerie de Berlín, la Biennale de Venecia o el Center for Contemporary Art de Pekín. Quizás la principal característica de su primera exposición monográfica en Francia es la singular presentación y la explicación de su manera de trabajar. Imagen, texto y recursos gráfico acaban siendo un todo de la obra. Como explicó Simon en la presentación, tan sólo el 20% de su trabajo es fotografiar y el 80% restante acaba siendo una labor de documentación y de investigación.

Sorprende de Simon el magnetismo de su obra, la meticulosidad obsesiva que le hace perseguir objetivos aparentemente inalcanzables y la capacidad de imaginación y de persuasión para acceder a lugares prohibidos. También el fotoperiodismo de denuncia. Muchas veces ese acaba siendo su objetivo real: a través de un trabajo más propio de un investigador o de un historiador, presentarnos una realidad que someta nuestras supuestas certezas a una duda constante. Casada con el cineasta millonario Jake Paltrow, hermano de la oscarizada Gwyneth Paltrow, la obra de Taryn Simon nos acerca a su particular mirada sobre América tras los atentados del 11 de septiembre del 2001. Sale al encuentro de una sociedad atemorizada mientras sus hijos se van a miles a Iraq en busca de supuestas bombas de destrucción masiva que nunca encontrarán por más que la propaganda oficial se muestre convencida de ello. El inventario de una sociedad postrada por el terrorismo que ha visto caer las Torres Gemelas frente a la decisión política de atacar Iraq y acabar con el régimen de Sadam Husein.

En los sesenta días que han transcurrido desde la matanza de Charlie Hebdo, su reducida redacción, instalada en una de las plantas del diario Libération, ha elaborado y puesto a la venta tres números. El último, anteayer, que dedica su portada al Frente Nacional, y del cual se han impreso 1,6 millones de ejemplares, algo inferior a los 2,5 millones que se pusieron a la venta del número anterior, y, obviamente, muy lejos del número posterior al atentado, del que se hicieron varias ediciones y se vendieron ocho millones tras la manifestación repleta de carteles con el lema “Je suis Charlie”. Se trata de tiradas muy destacadas si se tiene en cuenta que antes del atentado llegaba tan sólo a las 40.000 copias semanales. La sociedad francesa, horrorizada, ha reaccionado ante el brutal ataque contra uno de los puntales de la sociedad democrática como es la libertad de expresión. El premio Nobel de la Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, ha escrito en pleno debate sobre los límites de este imprescindible derecho que “respaldar la libertad de expresión no es compartir el contenido de todas las expresiones”. “La provocación tanto como el respeto son parte de la política democrática. Quien reprime la libertad de expresión, reprime la democracia”, advierte.

Es precisamente esta convicción la que ha impulsado la reacción de la sociedad francesa, donde el ya famoso “Je suis Charlie” no es tan sólo un lema afortunado sino un auténtico y sincero grito en defensa de la libertad y la democracia.

José Antich

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