El milagro de San Corbiniano

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 12/11/06):

Se encaminaba a comienzos del siglo octavo el virtuoso Corbiniano a Roma para ser ungido como obispo por el Papa Gregorio II cuando en un paraje montañoso de los Alpes fue atacado por un oso. En un santiamén el ursus horribilis -al parecer mucho más sobrio y hambriento que su remoto descendiente Mitrofán- despachó a la cabalgadura del viajero y se disponía ya a abalanzarse sobre éste cuando se produjo el milagro. Corbiniano se dirigió al oso con voz suave pero enérgica, le reprochó su actividad depredadora y al punto consiguió dominarlo, enjaretándole la silla y toda la carga que transportaba la mula muerta. Fue tal el impacto que su llegada con semejante animal domesticado produjo, no sólo en la sede papal sino en todo el orbe cristiano, que el duque de Baviera, Grimoaldo, le encomendó la evangelización de sus dominios.

Casi 13 siglos después, en el momento de ser proclamado Papa, su enésimo sucesor en la diócesis de Freising-Múnich ha arrastrado el oso de Corbiniano desde el escudo episcopal al de su pontificado.

Cualquier observador puede darse cuenta de que bajo la mitra del nuevo obispo de Roma, abrazado por la estola y las llaves de Pedro, el escudo propiamente dicho de Benedicto XVI incluye tres imágenes: una es la concha del peregrino, otra la efigie del llamado moro de Freising, símbolo de la universalidad de la Iglesia, y la tercera, en efecto, la representación del fiero cuadrúpedo ensillado.

En varias ocasiones -muy particularmente durante su homilía de hace dos meses ante la Mariensaule o Columna de María en Múnich, en presencia de Angela Merkel- el nuevo Papa ha manifestado su fascinación por esta leyenda medieval. El teólogo riguroso que hay en Josef Ratzinger conecta la suerte del oso con un salmo de San Agustín que emplea la expresión «estaba ante ti como un asno» para referirse a que se ha puesto a disposición de Dios. Pensando sin duda en sí mismo, Benedicto XVI explicó que el autor de las Confesiones «había escogido la vida del hombre dedicado al estudio y después Dios le había llamado a ser un ‘animal de tiro’, un buen buey que arrastra el arado en el campo de Dios y realiza el trabajo duro que se le encomienda».

Aunque no hace falta ser católico, ni siquiera creyente, para darse cuenta de que la conformidad del oso al aquietarse y asumir la carga encierra una metáfora sobre la fuerza del destino, la responsabilidad humana y el sentido del deber al menos tan elocuente como la de Saulo derribado del caballo en el camino de Damasco, la perspectiva desde la que hace dos domingos prometí contarles esta historia no es, sin embargo, la de la bestia domada sino la de su domador.

¿Puede nuestra civilización domesticar la furia de su lado más salvaje? ¿Es capaz un hombre de alterar el fatal curso de la Historia? ¿Cómo lo hizo Corbiniano? ¿Qué recursos empleó? Y, sobre todo, vayamos al grano, ¿obró el milagro por las buenas o por las malas? Mientras en una tabla de Jan Polack en poder de la diócesis aparecen tres ayudantes cumpliendo con cierta rudeza lo ordenado por el santo e incluso en otras obras se les percibe blandiendo algunas armas blancas, una de las escenas que forma parte del retablo de la cripta de la catedral de Freising muestra a la otrora fiera corrupia rendida poco menos que a la condición de perro faldero por el aura de santidad que emana del obispo.

A nadie que le conozca podrá caberle la menor duda de que así es como a San Corbiniano Rajoy, el del cayado alto y la barba florida, le gustaría darle la vuelta a las cosas y llegar a encauzar la peligrosa y destructiva deriva que ha tomado la situación política española. Se coge al oso, se le explica que está siendo muy dañino, se le hace ver que por ese camino no va sino a su propia ruina, se le convence de que hay un mundo mayor que sus montañas y una lengua común más útil que el código de sonidos con el que se comunica con los de su estricta especie, se le cuenta que Roma es una ciudad muy bonita en la que podrá conocer a mucha gente y, si hace falta, se pacta con él un itinerario que le guste y unas reglas para llevar el fardo a medias.

Ese fue el espíritu con que el líder del PP acudió a La Moncloa aquel día de enero de 2005 en que se decidió la suerte de toda la legislatura. Rajoy llegó dispuesto a pactar las reformas de los estatutos de autonomía e incluso a mantener una actitud constructiva hacia toda propuesta de reforma de la Constitución que sirviera para perfeccionarla y fortalecerla. Pero a Zapatero, que había comenzado la jornada decidido a ofrecer al PP la llave de fijar una mayoría cualificada de dos tercios para cualquier revisión estatutaria que pasara por el Congreso, se le cruzaron los cables del idealismo y la vanidad cuando esa misma tarde escuchó el canto de sirena epistolar de Batasuna y todo lo demás se fue al garete.

Las personas más críticas con la estrategia de Rajoy dentro del propio entorno sociológico del PP le reprochan ahora que haya dado luz verde e incluso impulso personal a pactos como los de Camps en Valencia, Matas en Baleares y, sobre todo, Arenas en Andalucía que implican asumir parte de las tesis de la entente cordiale establecida entre el PSOE y los nacionalistas, mediante la que Zapatero les permite abrir en canal al Estado y ellos le aseguran la continuidad en el poder. Alegan, con una buena carga de razón, estas voces que acuerdos como los relativos al predominio de la lengua vernácula en la enseñanza, la compartimentación autonómica de la justicia o la mención a la «realidad nacional» andaluza que podrían ser relativamente inocuos en otro contexto, se convierten en peligrosos precedentes de desarme intelectual en un escenario caracterizado por la frívola exacerbación del problema catalán, a través del nuevo Estatut impuesto por el PSOE al PP, y por la desnortada incubación de lo que puede terminar siendo una inmensa tragedia en el País Vasco.

Lo de compartir la carga está muy bien -es la esencia del consenso- pero requiere que exista una lealtad recíproca. Si el oso se empeña en conservar sus hábitos carnívoros, la técnica del amigamiento implica el riesgo de que sea el sedicente domador quien acabe siendo domado. Y así, a base de paulatinas transigencias, se empiece hincando el diente a una liebrecilla que pasaba por ahí y se termine cogiendo el gusto a un modelo de alimentación política que succiona y vacía el poder del Estado en beneficio de cada reino de taifa, hasta el extremo de convertir la España constitucional en un esqueleto andante. Cuando la ósmosis del contagio alcanza el paroxismo de quien, representando al PP, dice que para él sería «una impostura» hablar en español en el Parlamento catalán, el propio viaje hacia Roma se vuelve irrelevante, pues cualquiera puede percibir que es ya el oso el que tira del ronzal del peregrino.

Angel Acebes sabe muy bien cual era mi receta en el verano de 2004: buscad el acuerdo con el PSOE en todo lo demás, acreditando vuestra condición de partido centrista, y no transijáis ni un ápice en la cuestión nacional para que ellos paguen su oportunismo y sus contradicciones. Puesto que lo que se ha pactado no es ni el modelo educativo, ni la política de inmigración, ni la estrategia internacional de España sino la surrealista mención de la «realidad nacional» andaluza, la absurda cláusula Camps y los 3.000 millones en inversiones que, no sin argumentos, exige Baleares, casi podría decirse que soy tan influyente que he logrado que me hagan caso en todo, pero a la inversa.

Al caer en esas tentaciones, los dirigentes autonómicos del PP han venido a hacerle el juego al PSOE que se ha inventado una inexistente demanda social de reformas estatutarias con el único propósito de camuflar las gravísimas concesiones a los nacionalistas -incluida la negociación política con ETA- en una revisión general de la estructura del Estado. Pero aunque lo ocurrido desdramatiza los procesos catalán y vasco, edulcora la traición del socialismo español a algunos de sus principios seminales y diluye la contundencia del mensaje alternativo del PP, en mi opinión no es motivo suficiente ni para echar leña al fuego de las discordias intestinas connaturales a todo partido expulsado del paraíso del poder, ni menos aún para cuestionar el liderazgo de Rajoy.

Pese a que, como digo, a mí no me salen las cuentas, no puedo dejar de reconocer ciertas virtudes en esta corbiniana disposición a intentar cargarse de razón delante del oso, demostrando que no existe una inquina estructural contra todo lo que venga de su raza sino tan sólo una puntual discrepancia con su contumaz tendencia a devorar seres vivos. No estamos, en definitiva, sino ante una nueva expresión de lo que Carmen Iglesias -en el prólogo a la cuidada reedición de sus ensayos sobre el nacimiento del racionalismo político que acaba de publicar el Círculo de Lectores- describe como «el debate imaginado Diderot-Rousseau entre la ansiedad de transparencia y el rechazo moral de la mentira, y la necesidad de máscaras sociales para poder convivir».

Aun a costa de ser tildado de sacrílego desde un lado de la comparación y exorcizado desde el otro -vade retro, Juan Jacobo-, la lectura de la cita clave de Rousseau en uno de esos subyugantes ensayos no puede dejar de evocarme el vigoroso discurso matinal asfaltado de certezas de mi buen amigo Jiménez Losantos: «Seamos siempre verdaderos aun a riesgo de lo que pueda ocurrir. La justicia misma está en la verdad de las cosas; la mentira es siempre iniquidad, el error es siempre impostura…».

Pero, junto a esa definición moral que Carmen Iglesias cataloga «en la línea tradicional agustiniana», existe un ámbito distinto en el que se materializa la convivencia del pluralismo y se ejerce la actividad política porque, en palabras de Diderot, «la verdad de la naturaleza es disonante de la verdad de la convención» y no es lo mismo «la máscara del actor» que «la máscara del hipócrita». En este orden de cosas bien podría decirse que, desde el punto de vista de quienes creemos en la unidad y la autenticidad histórica de España, tan ridículo y estrafalario como la alusión a la «realidad nacional» andaluza debería resultar el muy constitucional y semánticamente aberrante reconocimiento de que dentro de España no sólo existen regiones, sino también «nacionalidades». Hemos fingido que eso nos parece bien porque lo consideramos una mentira oficiosa, de esas que, según el Diccionario de Autoridades, «no perjudican a otro» e incluso «procuran algún bien», como, por ejemplo, el consenso político.

¿Dónde están entonces los límites entre lo opinable y lo abiertamente repudiable? ¿Cuál es la frontera que todo santo o muy diabólico varón debe respetar a la hora de barajar y combinar la panoplia de medios y técnicas ya inventadas para domar a un oso? En un Estado democrático y en el plano de la acción política -otra cosa es la conciencia individual de cada uno- sólo puede haber una respuesta: la ley, siempre la ley, nada más que la ley. Por eso es tan alentador y trascendente lo que ha comenzado a suceder ya en el seno del Tribunal Constitucional.

En el PP conviven dos sensibilidades: la de quienes creen que a la entente cordiale entre el PSOE y los nacionalistas hay que acompañarla hasta el borde mismo del precipicio de la inconstitucionalidad y la de quienes piensan que, puesto que no ha habido manera de parar su loca carrera hacia el abismo, lo más adecuado es quedarse quieto para subrayar así al máximo la enorme distancia que separa a unos de otros. Ya he dicho que creo que hubiera sido más rentable lo segundo, pero ante la dinámica de los hechos consumados me parece más inteligente subrayar y afianzar lo que une a todos cuantos repudian la temeraria aventura política en la que está inmerso Zapatero, que asaetearse mutuamente con la escueta munición de lo que les separa.

Por desgracia cada vez va quedando menos margen para el faccionalismo estéril. La formación de un Gobierno en Cataluña que tiene como eje a un grupo independentista siempre dispuesto a desbordar la legalidad, demuestra que, como a todo aprendiz de brujo, a Zapatero ya se le han empezado a ir las cosas de las manos. Su inquietante templanza ante un monstruo como De Juana Chaos, la campaña que pretende arrebatarnos incluso el paraguas protector de la justicia y las alarmantes noticias sobre actas de reuniones secretas en las que se habrían hecho juegos malabares con la soberanía y la dignidad de la Nación indican que podemos encontrarnos muy pronto en una situación límite.

Nos gustará más o menos, pero el PP es el único instrumento que en la España actual puede articular una respuesta cívica a esta peligrosísima tendencia y es a San Corbiniano Rajoy -y no a ningún otro prócer del santoral- al que el destino ha puesto delante del oso. A menos que, por la razón que fuera, él se sintiera impotente ante ese reto -y no hay ningún síntoma de ello-, nadie que desee la prevalencia de los valores constitucionales debería empeñarse en otra estrategia que no fuera contribuir a ampliar la base social del PP y su capacidad de inclusión de todos quienes compartan lo esencial de un proyecto de apuntalamiento nacional por mucho que discrepen en lo accesorio.

Por la misma razón que he descrito como gran oportunidad perdida su anquilosamiento en Cataluña, cuando se daban las condiciones óptimas para haber pilotado una gran plataforma transideológica de oposición al nacionalismo, ahora subrayo que en el PP no sobra nadie, ni los vendedores de zanahorias, ni los más lúcidos apóstoles de la firmeza. Sólo desde un ansia de pureza extemporánea y baldía o desde el aldeanismo acomplejado de quien nada más se ajunta con quien le baila el agua tiene sentido esta danza cainita de los nombres, las traiciones y los estigmas.

Todo lo contrario: lo que demuestra la experiencia de Ciutadans es que junto al PP falta aún mucha gente. ¿Que son de izquierdas? Sí, claro. ¿Pero acaso son socialistas muchos de quienes en el País Vasco, Cataluña o Galicia van a estar prestos a completar la mayoría de Zapatero para seguir arrancándole ipso facto nuevos jirones de la España constitucional? Mientras haya quienes no se den cuenta de que la gravedad de la situación impone una lógica política nueva, no habrá la menor posibilidad de plantarle cara con eficacia.

Y, sin embargo, la ocasión es tan palpable como la necesidad, pues cada día son más los votantes de izquierdas que, escandalizados ante la supeditación del Gobierno a las herejías nacionalistas empiezan a hacer suya la reflexión de uno de los personajes de Diderot: «Estoy dispuesto a olvidar mi dignidad, pero cuando a mí me parezca, no por orden de otro… La andadura del gusano también es la mía; la seguimos cuando nos dejan en paz, pero nos erguimos cuando nos pisan la cola. Me han pisado la cola y me erguiré».

Proporcionar esperanza y acomodo político a quienes quieran levantar la cabeza de esa manera, viniendo de no importa dónde… Sí, encauzar la sublevación: ese es el milagro que nuestro nuevo Corbiniano debería esmerarse en realizar.