El milenarismo se remoza

Se puebla la arena de filósofos de feria que venden sus visiones del futuro. Entre la barraca de la mujer barbuda y la cueva del hombre tortuga, se turnan pensadores de tarima. Hasta el cambio de siglo se distinguía sin mayor esfuerzo entre el inspirado y apresurado charlatán, carne de Speakers’ Corner, y el que tenía algo importante que decir. También es cierto que las librerías de antes ayudaban. Un orden invisible dividía a los clientes u ojeadores: había lectores en busca de libros y compradores en busca de regalos. Hasta que los segundos empezaron a regalarse a sí mismos pildoritas en letra impresa para sobrellevar el cambio de paradigma que, con la revolución tecnológica, había trastocado los negocios, las empresas, la forma de trabajo, y los había cogido en bragas. ¿Quién se ha llevado mi queso? Uy.

¡Qué colorido ramillete de editoriales! ¡Que fecunda y varia aquella industria editorial española! ¡Cuántos placeres y riquezas intangibles nos proporcionó! Pero mudó, mutó, murió. Sufrió un cataclismo de adquisiciones, atravesó las fiebres monopolísticas y alumbró un monstruo de analfabetos funcionales. En una mascarada de marcas plurales que de hecho atendían a una sola voluntad corporativa, vació los venerables anaqueles de su literatura y su filosofía, de su historia y su poesía, para desnutrir al pueblo en vez de alimentar al individuo.

Por millares se contaron los cubitos de basura con forma de obras de autoayuda. Violaron a Platón, Nietzsche y Aristóteles, a Einstein, Bach y Leonardo. También a Alejandro y a Napoleón, a Pericles y a Churchill, a quien acabaron atribuyéndole todas las citas imaginables de una barra de bar. No hubo autoridad histórica, cultural o artística que no pasara por la trituradora de la incultura impresa. Desvirtuado cualquier rastro de inteligencia, desecado el espíritu, se fue administrando el polvo resultante en pastillitas de fácil ingesta para que el más tonto de la clase se sintiera culto y pudiera pontificar en las sobremesas sobre autores que no había leído.

¿Cómo no iban a explotar la coincidencia de la cuarta revolución tecnológica y sus disrupciones con una pandemia que puede devolver a España a las comodidades de los años cincuenta, pero con más paro? Los primeros listos de opportunity book ya han terminado sus improvisaciones más tempranas. Pero eso no es nada. ¿Oyen ese murmullo sordo? Son influencers, catedráticos y masajistas preparándose para convertirse en futurólogos. Reclaman la atención de un personal desconcertado de nuevo por los cambios.

Siendo universales la necesidad de sentido y la competencia en los negocios, en el mundo entero se exhiben nuevos apocalipsis. El terreno quedó bien abonado por el milenarismo climático. Ese sector, para existir, necesita que el fin del mundo esté siempre cerca. Cuentan con la peste, pero… si hace dos meses preocupaba qué planeta íbamos a dejar a nuestros bisnietos, hoy preocupa qué comerán nuestros hijos el mes que viene. La nueva generación de profetas debe hilar fino. Solo como generación es nueva: se trata de los mismos milenaristas que llevan décadas anunciando la inminente realización de sus deseos: resumiendo, el fin del capitalismo como única alternativa al fin del mundo. Una mercancía caducada y tóxica para la legión de desnortados.

Dos centenares de abajofirmantes, con una tasa altísima de multimillonarios, se han creído en la obligación moral de exigirnos que dejemos de consumir, que cuando pase la pandemia nos sometamos a una austeridad franciscana. Nos lo gritan casi, pues es cuestión de vida o muerte, grandiosos actores como Robert de Niro o Jeremy Irons, grandes actores como Javier Bardem o Charlotte Rampling, artistas integrales como Madonna mezclados con filósofos y científicos laureados. Su llamada es milenarismo puro. Juzguen si no los términos: «La extinción de la vida sobre la Tierra está fuera de duda y todos los indicadores apuntan a una amenaza existencial directa».

En términos estrictos, los milenaristas siempre están en lo cierto, salvo en lo esencial: el momento del fin. Por supuesto que la extinción de la vida sobre la Tierra está fuera de duda. Aunque solo sea porque la consunción del Sol es segura. A ver, la segunda ley de la Termodinámica está fuera de duda, melones. La muerte térmica o final entrópico van de suyo. Así que, en vez de formular evidencias, aclaren cuándo. No lo saben, ¿verdad? Pues hala, a sus películas, discos e investigaciones, y dejen de acojonar al personal para «posicionarse» como solidarios, comprometidos, o lo que sea que esconda su sentimiento de culpa. Salvo para convertirlos en obras de arte o en pensamientos elevados, guárdense sus fantasmas interiores, que cada cual carga con los suyos.

Hay más cositas que están fuera de duda. Una, que ese manifiesto «contra una vuelta a la normalidad» apesta a ideología. Dos, que la riqueza personal extrema solo tiene un rasgo verdaderamente repugnante: el deseo de que los demás sigan siendo pobres y, además, te admiren. Tres: que será inevitable la caída del consumo, así que no tienen que molestarse en alentarla. Cuatro: que su milenarismo remozado es la niña Greta travestida. Cinco: que la salida del tenebroso túnel de recesión en el que entramos depende de que la sociedad haga lo contrario de lo que les aconsejan los ungidos.

Con la mayor parte de las librerías convertidas en mesas de novedades, y con las pocas librerías de verdad abocadas a la desaparición, la nueva normalidad de la llamada cultura consiste en que consuma usted libros y documentales que le aconsejan consumir poco. Es la misma bonita paradoja que, al desplegarse, permite a grandes empresas sin escrúpulos medrar con mensajes contrarios a la libre empresa; a los apóstoles de la lucha contra la casta convertirse en casta y continuar su apostolado; a uno de los mayores especuladores financieros del mundo -al punto que él solito hundió la libra mientras ganaba mil millones de ellas vendiendo a corto- aparecer como el gran filántropo del progresismo. Un hombre desprendido. Pues nada, amigos, cómprenles la moto y compartan su abyección. O bien mándenles al guano.

Juan Carlos Girauta

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