El militar de Playa Girón

Cicerón y antes Platón, con un largo etcétera posterior, nos han enseñado a través del tiempo que debemos entender la amistad como uno de los regalos fundamentales que nos otorga la vida, y ello por encima de las diferencias, entre ellas las ideológicas. La honestidad, la consecuencia entre lo que se proclama y lo que se hace, la bonhomía, la confianza, son valores, entre otros, que fundamentan y enriquecen la amistad. La familia nos viene dada y a los amigos los elegimos. Como hijo único lo sé bien, cuando ya han desaparecido muchos amigos que acompañaron buena parte de mi vida.

Reflexioné sobre estas evidencias al enterarme, por una necrológica en ABC, de la muerte en La Habana, el día de Reyes, de José Ramón Fernández, conocido allí como «el gallego Fernández», general de división en la reserva, exviceministro de las Fuerzas Armadas, exministro de Educación y durante decenios vicepresidente del Consejo de Ministros. Como deportista practicó equitación, tiro, baloncesto y béisbol y fue durante muchos años presidente del Comité Olímpico de Cuba. Era un hombre de singular valía con el que nunca discutí de política -era educado además de inteligente-, pero con el que compartí más de lo que pudiera pensarse.

Tenía 95 años, había estudiado la segunda enseñanza en el colegio La Salle y era un oficial formado en la Escuela de Cadetes y en la Escuela de Artillería de Cuba y en la Escuela de Artillería de Estados Unidos, en Fort Sill. Además se licenció en Ciencias Sociales y su curiosidad cultural era insaciable.

Durante varios viajes a Cuba fue mi anfitrión, y recuerdo especialmente una visita oficial, siendo yo presidente de la Asamblea de Madrid, en la que propició un viaje a Manzanillo, donde nació mi abuelo, cuyo padre era un marino español casado con habanera, destinado como jefe de aquel Apostadero. En Santiago, la ciudad natal de Fernández, conocí el memorial que allí se mantiene en recuerdo de nuestra infortunada Flota, hundida como en un trágico tiro al blanco por los poderosos navíos norteamericanos en 1898; en España lo recordamos poco o nada; la sufrida generación de la Logse ni siquiera sabrá de qué escribo.

Fernández no fue un rebelde de Sierra Maestra; desde 1956 estaba encarcelado en la Isla de Pinos por haber sido uno de los oficiales «puros» -ese fue su apelativo popular- que conspiraron contra la dictadura de Batista para reinstaurar la Constitución de 1940. Decidido a abandonar el Ejército y ya con un contrato para dirigir un ingenio azucarero, en enero de 1959 Fidel Castro le propuso dirigir la Escuela de Cadetes, aceptó, y se ocupó de profesionalizar unas Fuerzas Armadas que venían de la guerrilla, con más voluntad y valor que conocimientos militares.

Su paso por el Ministerio de Educación fue transcendental para cambiar los sistemas de enseñanza. Dignificó el Magisterio, potenció la educación profesional y técnica, afrontó planes eficaces de alfabetización, y puso en marcha un sistema de becas que llevó a Cuba a cerca de treinta mil becarios del tercer mundo que luego servirían en sus países de origen.

Fernández y yo teníamos en común el conocimiento de un personaje que habría de dar mucho que hablar: Saddam Hussein. En noviembre de 1990, siendo ministro de Educación, fue designado jefe de la Delegación cubana que viajó a Irak para tratar de persuadir a Saddam Hussein de que se retirara de Kuwait, del riesgo de una confrontación con Estados Unidos que podría dividir al mundo árabe. No consiguió convencerle. Muchos años antes había entrevistado yo largamente a Saddam Hussein en Bagdad y luego volví a encontrarlo en Madrid. Coincidimos en el análisis del personaje, alejado de los estereotipos de cierta corrección política.

Un capítulo fundamental en la vida de Fernández fue su protagonismo en la respuesta militar a la invasión anticastrista en Playa Girón en abril de 1961. Me dibujó en una cuartilla los pormenores de aquella acción. Llegó desde su Escuela de Cadetes con cañones remolcados en todo tipo de vehículos, y él y Fidel Castro dirigieron el rechazo a los invasores. «Life» publicó luego unas declaraciones del comandante de uno de los buques de apoyo a la invasión en las que destacaba que en la Playa había un artillero competente porque había dirigido el fuego de sus cañones por delante y por detrás de su buque y estaba claro que era el modo de advertir que de querer los hubiese hundido. El militar profesional en Playa Girón fue Fernández.

Hablaba un castellano sin acento cubano y era hijo de inmigrantes asturianos; su padre nació en Morcín y su madre en Oviedo. Estaba en posesión de la Medalla de Oro de Asturias, y era «hijo adoptivo» de Oviedo y de Morcín. Pero la distinción que más le enorgullecía, junto a la Orden de Playa Girón, era el título de Héroe de la República de Cuba que se le otorgó en 2001.

José Ramón Fernández, un gran hombre cuyas sabias opiniones nunca olvidaré. Pero, como en el Kempis, sic transit gloria mundi.

Juan Van-Halen es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *