El mito de la inclusión del pueblo gitano

“En España las cosas son diferentes”. La frase es habitual cuando se habla de la integración de las personas de etnia gitana en Europa. España se considera un modelo, y no sólo por parte de los medios de comunicación y las autoridades gubernamentales. Incluso algunos activistas gitanos señalan los programas del país como una vía para salir adelante. Pero en un momento en el que la crisis económica española y sus efectos empiezan a arraigar, corresponde romper el mito.

Fijémonos en el sistema educativo. Si bien recibe puntuaciones altas por la tasa de matriculación de niños gitanos en la educación primaria, España presenta unas cifras bastante lamentables en los niveles de estudios superiores. Únicamente el 5% de los niños de etnia gitana finalizan lo estudios superiores del ciclo secundario. Los datos estadísticos son, si cabe, más chocantes cuando se considera que España está por debajo de países europeos menos desarrollados como la República Checa (30%), Hungría (22%), Rumanía (10%) y Bulgaria (9%). Los alumnos gitanos no existen en las aulas y su historia no existe en los libros de texto: 500 años de aportación de los gitanos a España, ni tan sólo merecen una mención en los libros de las escuelas.

Aunque las actitudes negativas hacia los gitanos podrían ser mayores en otros países, los gitanos siguen siendo la minoría que más menosprecio soporta en España: al 40% de la población le molestaría tener un vecino gitano, y el 25% no permitiría que sus hijos fuesen a la escuela entre cuyos alumnos se contasen estudiantes gitanos.

En contraste con los gitanos que residen en Europa central y oriental, los gitanos españoles no gozan de reconocimiento de minoría étnica en su país; y la sociedad civil gitana se halla en una situación deplorable. Tras décadas de dotaciones para servicios financiados por el Estado a través de organizaciones no gubernamentales, la más que necesaria voz de las organizaciones gitanas se ha reducido a un simple susurro. Y es innegable que ha habido progreso. Pero el mito del modelo español de inclusión del pueblo gitano no nos permite ver el punto más importante.

En 1978, la Constitución incluyó a todos los grupos étnicos. Los gitanos, junto con otros grupos excluidos, dispusieron de apoyo legal para avanzar en derechos. En la década de los 80, el Estado del Bienestar facilitó el descenso de las tasas de mortalidad, incrementó la esperanza de vida, mejoró los niveles de educación básica y dio esperanza a todos los ciudadanos. He ahí lo único que cambió para los gitanos españoles. Entre los últimos años de la década de los 90 y hasta 2006, España disfrutó de una economía creciente que hizo descender el desempleo y mejoró las condiciones de todos. La bonanza económica llegó también a los gitanos, del mismo modo que hoy son víctimas de la recesión económica general.

El elemento final que contribuyó a los cambios experimentados por el colectivo gitano en España apenas se menciona: el esfuerzo y el sacrificio que las familias gitanas hicieron para aprovechar al máximo las oportunidades que tenían a su alcance. Se trata de familias que abrieron el camino a una clase media gitana en España. Somos los hijos de personas que, a pesar de tremendos obstáculos y discriminación, lograron mejorar sus vidas.

La experiencia española nos demuestra que los proyectos para los gitanos, por sí solos, no aportan nada diferente. La distancia social entre los gitanos y el resto de personas permanece e incluso puede intensificarse en un periodo de crisis económica y social. La experiencia española demuestra que los proyectos específicos para gitanos sólo son útiles y sostenibles si los gobiernos cambian el modo en que ayudan a la gente, especialmente en el campo de la igualdad, la provisión para el bienestar social y el desarrollo económico. Así todos tendremos una oportunidad. Cuando hay oportunidad para todos, los gitanos de España somos el vivo ejemplo de que esto puede funcionar.

Ostalina Maya y Anna Mirga, antropólogas.

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