El mito de los griegos

Cuando le preguntaron a Borges, al visitar Atenas, qué efecto le causaba la ciudad contestó: “Aquí empieza Oriente”. Borges era ciego, pero olía. En las calles de Atenas huele a cordero como en Beirut, Estambul, o Esmirna. Desde que Constantinopla, luego Bizancio, cayó en poder de los turcos en 1453, Grecia pasó a ser un país de cultura otomana y musulmana, hasta que Byron en 1823 se fue a luchar por su independencia –junto con muchos griegos– y la consiguió, a costa de morir de fiebres palúdicas.

Pero Atenas olía a cordero cocinado y todavía huele. Lo cual no es más que la constatación del sincretismo cultural causado por la evolución de la historia. Grecia tiene todavía, como no podía ser de otro modo, muchas influencias turcas: en los genes, en la cocina, en la arquitectura, en la música. De ahí que sorprenda la celeridad con que fue admitida en la UE (pese a mentir en los datos) en contraste con las trabas que ponen a Turquía.

Ello se debe a Pericles. En Europa estamos convencidos de que Grecia creó la cultura europea actual, lo cual es cierto en un 25% ciento, porque la civilización occidental en la cual vivimos, se conglomera en Europa hacia el año mil como resultado de la suma de cuatro grandes energías culturales: Grecia y su copia romana, el cristianismo y la misión ordenadora de la Iglesia, los bárbaros del norte con su savia vigorosa y su sentido del individualismo y last but not least, la ciencia semítica de árabes y judíos que entra por Córdoba, Toledo y Palermo para restaurar los conocimientos antiguos perdidos y añadir otros nuevos tomados en China, India y el califato de Bagdad.

“No te fíes de los griegos, ni cuando te traigan un regalo”, se dice desde la ocurrencia de Ulises de tomar Troya con el engañoso caballo. Y ahora el caballo de Troya es Pericles, es decir, el prestigio de creerse los fundadores de la civilización europea y de que muchos europeos se lo crean. No es de extrañar que sea así puesto que las universidades alemanas e inglesas desde el siglo XIX no han enseñado otra cosa. Deseosos de justificar un antiguo pedigrí cultural, los ingleses y alemanes insistieron en sus orígenes griegos –por los dorios que eran arios– y olvidaron la influencia de la Iglesia en la creación de la cultura europea y no digamos ya el factor semita: árabe y judío, que sólo comenzó a emerger cuando ya no hubo forma de seguirlo negando. Recuérdese las polémicas contra Asín Palacios por revelar que Dante habría usado La escala de Mahoma para su Divina comedia, o la resistencia a reconocer la influencia de la Escuela de Traductores de Toledo. Por no hablar de Black Athena de Bernal.

Pero sí que es cierto que los griegos –de Pericles– nos dieron mucho: una pequeña ciudad en un pequeño territorio rodeada por sociedades campesinas y recién salidas de la barbarie nómada: esa ciudad, de puerto, en unas décadas fulgurantes, tras derrotar al invasor persa, se vuelve maravilla del mundo y queda como ejemplo insuperable de quienes más bellamente soñaron el sueño de la vida. Salieron tantas cosas de allí: filosofía, escultura, democracia, tragedia, que todavía vivimos de rentas de lo que ellos inventaron, tenemos a orgullo ser descendientes suyos y los tomamos como referencia para medir calidad de civilización.

Basta leer en Tucídides El discurso fúnebre de Pericles tras la primera campaña de la guerra del Peloponeso para calibrar el nivel de esa civilización: “Amamos la belleza con simplicidad y las cosas del espíritu sin dejarnos llevar de la molicie. Vemos la riqueza para obrar convincentemente, no para hablar con arrogancia … La pobreza no constituye una vergüenza para nadie, sólo es deshonroso no hacer nada por salir de ella. Una misma persona, entre nosotros, se preocupa igual de sus asuntos privados que de los del Estado”.

Pero dentro de todo esto el caballo de Troya que se nos cuela es que los griegos de ahora son los mismos que los de Pericles. Están en el mismo territorio sí, pero también los comanches estuvieron en Oklahoma y allí queda muy poco de ello: en Grecia los turcos hicieron de yanquis. La deuda griega asciende a 300.000 millones de euros, 25.000 de ellos los deben a España. ¿Qué hicieron con el dinero? Los Juegos Olímpicos, que por su incompetencia no dejaron economías externas, compra de tanques y material de guerra –¿contra quién?–, construcción de piscinas y lujos desproporcionados.

Grecia, que tuvo un sector de armadores navales muy importante en la época de los Niarcos, Onassis y otros, los dejó perder y ahora presenta una estructura económica desequilibrada: agricultura de subsistencia, poca o nula industria y turismo como tabla de salvación. Pero el turismo huye de los países inestables.

¿Quién es más culpable, el que pide un crédito que no va a poder devolver o el que le presta sin comprobar la solvencia del deudor? Me recuerda la capciosa pregunta: ¿Qué es más socialista, dar o tomar? Ambos se han metido en un callejón sin salida, en este caso con una salida: dejar el euro y volver a la dracma. ¿No tenemos en la UE a Gran Bretaña con su libra en vez de euro? Ya que los griegos son tan singulares ¿por qué no gozan de esa misma peculiaridad?

Lo que para mí está claro es que su ausencia no puede destruir a la Unión Europea, ni desestabilizar a España o Italia; ni siquiera a Portugal, que sí sabe hacer sus deberes. Si quieren echarse en manos de Putin es cosa suya, un chantaje que no merece respuesta.

Luis Racionero, escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *