El mitoclasto o la verdad inútil

Un mitoclasto puede ser definido como la porción de verdad histórica suficiente para reventar un mito que pasa por cierto.

La palabra mitoclasto no está en el Diccionario de la Lengua Española (DLE), pero su formación se atiene a las reglas generales del español y debe considerarse correcta. Se compone de dos partes: mito y clasto, que procede del griego ‘klastos’ (roto, quebrado). Así, se habla de iconoclastas para señalar a quienes destruyen las imágenes. Cuando una roca se fragmenta por variar la cantidad de agua que contiene, se habla de hidroclastia; de haloclastia cuando el mismo fenómeno ocurre a causa de las sales; de termoclastia si se debe a los cambios de temperatura; crioclastia se dice si la rotura es por obra del frío; etc. Tampoco estas voces, ni otras semejantes, están en el DLE, pero son útiles y legítimas, como lo es mitoclasto.

Pero, a diferencia de lo que sucede en el mundo físico, donde las rocas no pueden evitar su descomposición frente a la acción de los agentes que las fragmentan, el mitoclasto, por contundente que sea, tiene la cualidad española de no servir para nada. La inutilidad deriva de que la porción de verdad que contiene el mitoclasto no actúa contra piedras, sino contra creencias compartidas, que son mucho más rocosas y persistentes que los más duros peñascos.

Mitoclastos aragonesistas

En Aragón se han descubierto mitoclastos luminosos que, sin embargo, no han servido apenas para nada. Uno es el de la inexistencia de los legendarios fueros del reino de Sobrarbe y del juramento que se prestaba a sus reyes, cuyo texto fue inventado de cabo a rabo en el siglo XVI por el historiador Jerónimo Blancas: «Nos, que valemos tanto como Vos, y juntos, más que Vos…».

Otro mitoclasto revelador es el documento en que Fernando el Católico, en vida de su segunda mujer, dispone que su nieto mayor, el futuro Carlos I -a quien llama ‘hijo’-, herede «todo lo de la Corona de Castilla y de Aragón enteramente», lo que desmiente a quienes aseguran con gran simpleza que el fin de su segunda boda fue separar Castilla y Aragón.

Tampoco ha servido de mucho la certeza completa y documentada de que hubo catorce justicias de Aragón después de Juan de Lanuza el Mozo, decapitado por orden de Felipe II en 1591, de forma que el Justiciazgo no concluyó su existencia hasta 1707. Para muchos, el desdichado Lanuza fue el último justicia, e incluso se ha dicho tal cosa en libros escolares y papeles oficiales. Podría seguirse con otros tantos ejemplos, todos igualmente inoperantes desde un punto de vista sociológico.

Mitoclastos catalanistas

Bajo el sinaítico impulso de Jordi Pujol, la Generalitat de Cataluña celebró en 1988 «el milenario de la independencia de los condados catalanes, basándose en la negativa del conde Borrell II de Barcelona a prestar vasallaje al rey de los franceses Hugo Capeto el año 988». La idea caló, bien alimentada por la propaganda, y de nada sirve decir que en el siglo X no existían siquiera las palabras Cataluña y catalán. Monumentos, libros, discursos, conmemoraciones, actos de ‘germanor nacional’ que algunos vieron como sucesos pintorescos o risibles. Ya se ve ahora cuán errónea es una negligencia de esa naturaleza. Hoy, la acumulación de despropósitos historiográficos nacionalistas ha ganado la batalla del ruido callejero.

Artur Mas, proclive al gesto cursi, saluda a menudo desplegando cuatro dedos, con lo que no alude a un tanto por ciento, sino a las barras. Pero el emblema de las cuatro barras no nació como símbolo de un territorio, sino de un linaje. Fueron el escudo de armas de una familia apellidada Aragón, en la que se integró adoptivamente el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, que las usó en el siglo XII. No pudieron, pues, nacer como emblema de Cataluña o Barcelona. Sin contar con que, ya en 1822, el sabio catalán Sans y Barutell dejó probado que era falsa la leyenda de las barras sangrientas concedidas por el franco Ludovico Pío a Wifredo el Velloso, herido en combate. Sobre todo, porque Ludovico murió antes de que Wifredo fuera conde de Barcelona.

Mitoclastos vasquistas

Habida cuenta de la personalidad poco instruida del creador del nacionalismo vasco, el número de mitoclastos referidos a sus fábulas históricas es grande, aunque inoperante. Uno bastará para dar idea del nivel y calidad de los disparates sabinianos sobre los que surgió el PNV. El aspa verde de la actual bandera de Euskadi está en honor de san Andrés, santo del día en que los vascos vencieron a los ‘maketos’ del rey Ordoño en la batalla de Arrigorriaga o Padura. Como quiera que no existió tal batalla, el aspa que ideó Sabino Arana deriva de una patraña, no menor que la de la batalla ‘españolista’ de Clavijo. Solo que de esta se pregona el mito y de Padura, no. Pregúntense por qué.

Guillermo Fatás

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