El modelo español

El presidente Macron, con una Asamblea Nacional a sus pies, dispone de plenos poderes en Francia de los que ningún otro jefe de Estado o de Gobierno en Europa disfruta legalmente. La Constitución francesa, que no es en esencia democrática, ha permitido de nuevo que el país tenga un monarca elegido. Esto no elimina la oposición, sino que más bien la relega fuera de las instituciones, a la calle y los sindicatos de izquierdas y todas las formas de rebelión que son habituales en Francia. Macron, en realidad, solo dispone de unos meses para aprobar unas reformas indispensables para la recuperación económica y social del país. En otoño, los frentes del rechazo se habrán repuesto e involucrarán al presidente en una guerrilla cuyo secreto conoce la izquierda francesa.

Lo que puede y debe hacer Macron está bastante claro: simplificar la normativa laboral, facilitando el despido, a fin de que las empresas no duden en contratar. Lo que escribo no es una muestra de ideología, sino de pragmatismo experimental. Los países en los que el desempleo es más bajo en Europa y en Norteamérica son aquellos en los que el mercado laboral es más flexible. Y sucede lo contrario donde es menos flexible, como ponen de manifiesto Francia, Italia, Grecia, Alemania durante mucho tiempo y, más recientemente, España.

Para que el desempleo disminuya de manera significativa, es necesario que haya crecimiento, pero también libertad en el mercado laboral. El crecimiento solo no basta, pero la liberación del trabajo crea crecimiento. Los dirigentes alemanes lo entendieron y lo aplican desde hace veinticinco años, pero olvidamos que antes de esta reforma alemana que, en concreto, reducía la ayuda a los desempleados, se consideraba que Alemania era el hombre enfermo de Europa.

A los franceses no les gusta que les recuerden sin cesar el modelo alemán, ya que los populistas de derechas y de izquierdas siempre están dispuestos a denigrar al imperialismo alemán. El ejemplo español, que es casi desconocido en Francia, generaría menos hostilidad porque España, que yo sepa, nunca ha invadido Francia. ¿Se puede hablar, por tanto, de un modelo español del que cabría aprender?

Resulta que esta semana, la revista británica «The Economist», que es una autoridad mundial para cualquier análisis económico, alaba la política española y sus logros más aún de lo que lo haría la propia prensa española. Señala que España, por tercer año consecutivo, registra un índice de crecimiento del 3 por ciento, que es el más elevado de la eurozona, y que cada año se crean 500.000 empleos, de modo que España ha dejado atrás la crisis de 2008, superando su producción de entonces. El crecimiento que, antes de 2008, estaba impulsado por el sector inmobiliario y los créditos extranjeros, se debe ahora básicamente a las exportaciones industriales y de servicios y al turismo. El punto de inicio de este regreso al éxito es indiscutiblemente el paquete de reformas decidido por el Gobierno de Mariano Rajoy en 2012, y en concreto la disminución de las indemnizaciones por despido, que ha permitido que las empresas se recuperen, mientras que antes, quebraban con sus asalariados. También se ha permitido que las empresas negocien los salarios a su nivel y no a nivel sindical. Se ha llevado a cabo una limpieza en un sistema bancario lastrado por préstamos no reembolsables y el déficit presupuestario ha descendido del 10 por ciento en 2012 al 4 este año.

Por supuesto, no todo es perfecto en España, porque las políticas económicas solo determinan una parte de la realidad que se vive a continuación; la economía no es una maquinaria que obedece las órdenes que vienen de arriba. Por eso, es cierto que la burocracia, sobre todo la provincial, sigue menoscabando la vitalidad de las empresas con unas normas inútiles y con la tradición del amiguismo. Sin duda, el país tiene un número excesivo de pequeñas empresas familiares poco rentables, pero ¿no es gracias a ellas también que el desempleo es tolerable? Y, por último, desde 2015, el inmovilismo político, debido a la falta de una mayoría estable, obliga al Gobierno de Rajoy a gestionar los asuntos corrientes.

Eso no quita para que el impulso de 2012 haya restablecido el dinamismo y la esperanza. El contexto francés se parece extrañamente al de la España de 2012, y también después de cinco años de mala gestión socialista. Si Macron invierte la tendencia como ha conseguido hacer Rajoy, los franceses, sin duda, deberían recuperar el optimismo y su afán de emprender. Todo se va a decidir este verano. Pero no vayan a decirles a los franceses que España es un modelo, porque su orgullo nacional podría resentirse. Por tanto, Macron no tiene más que buscar en el fondo histórico nacional y apelar al recuerdo de los grandes antepasados como Jean-Baptiste Say o Frédéric Bastiat, los padres del liberalismo en el siglo XIX, muy olvidados en Francia y que ya casi no se enseñan. Para renovar un país no hay nada mejor que volver a entroncarlo con sus viejas glorias.

Guy Sorman

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