El modelo turco

Al igual que durante las revueltas de los países árabes, estos días oímos que en Turquía por primera vez la sociedad civil sale a la calle y que consigue hacer presión sobre el Gobierno. Taksim ha sido siempre un lugar de emplazamiento para las manifestaciones y protestas políticas de la sociedad civil, sindicatos, movimientos de mujeres con una importancia crucial para conseguir derechos que no siempre han sido regalo del presidente de turno.

El movimiento ecologista no es muy potente pero existe, por lo que una cincuentena de activistas acampó ante las excavadoras que habían de borrar de forma inminente el sentenciado parque Gezi. Ha sido la brutal respuesta de la policía usando gases lacrimógenos, porras eléctricas y quemando tiendas la que ha colmado la indignación que, últimamente, despierta Recep Tayyip Erdogan. Erigiéndose en moralista, padre de la patria con medidas que afectan el estilo de vida de los ciudadanos turcos, que se ven tratados como niños. El sociólogo Volkan Aytar explica en una entrevista: “Erdogan está convencido de que todas sus políticas son correctas, ya tengan que ver con la construcción, la educación, las relaciones de género o lo que hemos de beber”. Cada día nos dice: “Sé lo que os conviene”. Pero con más de 4.000 heridos, 3.000 encarcelados y de momento 4 muertos, y de tildar de terroristas y saqueadores en la Turquía democrática, es difícil argumentar que se les trata como a niños. Más bien parece que el Gobierno hace la guerra a la sociedad civil.

Erdogan ha ganado tres elecciones desde el 2003, la economía crece a buen ritmo y ello le ha dado alas para ir imponiendo el estilo del “islam conservador y democrático”. Elementos que han servido para presentar el Gobierno del AKP como posible modelo de los nuevos regímenes árabes, olvidando que su islamismo moderado ha sido resultado de un islamismo laico fundacional. No obstante, también podemos recordar que, a pesar de que la Constitución turca es laica, la percepción de la identidad es un elemento vivo y cambiante según los avatares políticos.

Erdogan tiene dos modelos: el del nuevo otomanismo y el autoritario de Atatürk. Frente a la diversidad, el imperio tenía sus ventajas ya que junto a los musulmanes había tres millet o comunidades: los ortodoxos griegos, los judíos y los armenios, que tenían reconocimiento jurídico y sus propias leyes; la mayoría dedicados al comercio, pagaban altos impuestos al sultán. Pero durante el imperio otomano no se podía expresar ningún concepto de identidad o ciudadanía: todos los que vivían bajo la soberanía del imperio eran súbditos del sultán. A comienzos del siglo XX, la formación de un solar nacional turco no fue tarea fácil. Restos de un imperio lleno de inmigrantes de minorías diversas, ya que dentro de los musulmanes había la mayoría suní y la no tan minoría aleví, secta chií que no usa mezquitas. El criterio religioso recibió una formación jurídica internacional con el tratado de Lausana (1923) que decidió el intercambio territorial de musulmanes por cristianos ortodoxos. Qué decir del calvario de las deportaciones, por no hablar del genocidio armenio.

En 1925 fueron disueltas todas las sectas y cofradías, ortodoxas y heterodoxas. La laicidad del Estado, al reducir la influencia de la institución religiosa, ganó la aprobación y el apoyo de los disidentes. La feminista Sirim Tekeli manifiesta que las reformas más importantes de la república en lo relativo al estatus de las mujeres fueron la adopción del derecho civil, en 1926, el derecho al voto y a presentarse candidatas en las elecciones, en 1934, y la abolición de la poligamia. “Obviamente, las mujeres sentían una profunda deuda de gratitud con el fundador de la república, Kemal Atatürk, y devinieron las más ardientes defensoras el secularismo”. Pero manifiesta Tekeli: “Se hubo de pagar un precio muy elevado, que los historiadores no suelen mencionar. La nueva república acabó convirtiéndose en un régimen centralizado, autoritario y unipartidista, cuyo líder no toleraría la legítima existencia de ninguna clase de organización de la sociedad civil”. La aparición del Estado nacional homogeneizador sirvió para que los kurdos desarrollaran un auténtico movimiento independentista.

En 1990 los movimientos islamistas promovieron una identidad nacional alternativa que definía la nación como una civilización otomana esencialmente islámica en contraste con la identidad oficial, laica y occidentalizada. Han pasado casi cien años desde que Atatürk introdujo sus reformas de forma brutal. Los aires actuales, precisamente la democracia, dificultan los cambios hechos únicamente desde el Gobierno aunque este emerja de las urnas. Los ciudadanos ya no son súbditos. Esto distancia y acerca Turquía a las primaveras árabes y también a los indignados ante políticas poco transparentes en Occidente. Cuando en el 2003 Zapatero, Jamenei y Erdogan impulsaron la Alianza de Civilizaciones, escribí un articulo en La Vanguardia explicando como todos los países están en la misma civilización informático-técnico-financiera. Las redes sociales, las tecnologías de la información, traspasan y promueven en tiempo real todo tipo de ideologías y sucesos que repercuten en culturas, estilos de vida e individuos de ciudadanías muy diversificadas. Es la contemporaneidad, compleja, donde estamos inmersos los ciudadanos de países y culturas que creemos muy alejados.

Maria Àngels Roque, antropóloga.

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