El modernismo reaccionario y el espíritu de Westfalia

Por Enrique Gil Calvo, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 26/02/03):

Como se sabe, el sistema moderno de Estados-nación nació en 1648 con la Paz de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años. Allí nació la modernidad occidental, inaugurando una era de multilateralismo sistémico que ha durado hasta ahora mismo. Tres son las características del espíritu de Westfalia que aquí interesa destacar. En primer lugar, el concepto de soberanía nacional que ejerce cada Estado sobre la población y el territorio bajo su jurisdicción, protegido por el derecho de no injerencia de los demás Estados en sus asuntos internos. En segundo lugar, el establecimiento de un equilibrio multilateral de poder entre las grandes potencias, que se limitan y controlan unas a otras estabilizando el sistema global. Y en tercer lugar, la formación automática de coaliciones multilaterales para frenar las aspiraciones de todo primus inter pares que busque el monopolio imperial del poder. Este tercer punto es el esencial.

A través de autores como McNeill, Tilly o Mann, la sociología histórica ha demostrado que el milagro europeo se debe a que, a diferencia de lo sucedido en China o India, en Europa fracasó todo intento de unificación política del continente, pues las demás potencias se coaligaban para neutralizar la supremacía del aspirante a emperador. Así sucedió con la hegemonía española de los Austrias durante el XVI, con la hegemonía francesa de los Borbones y de Napoleón durante el XVIII y el XIX, con la hegemonía alemana durante la primera mitad del XX y con la hegemonía rusa durante la segunda mitad del XX. Y gracias a eso, Europa siempre se mantuvo dividida políticamente en Estados y bloques de Estados que se limitaban y controlaban unos a otros, alimentando una rivalidad geoestratégica que actuó de motor del desarrollo. El capitalismo industrial y la democracia liberal fueron en última instancia su consecuencia última, como subproducto colateral de la tensión entre los Estados que competían entre sí para evitar ser superados por los demás.

Pues bien, estas coaliciones que recurrentemente se formaban para frenar a todo aspirante a la hegemonía continental casi siempre estuvieron lideradas por los anglosajones: los británicos, hasta 1900; los estadounidenses, después. Por eso pudo decir Burke que los ingleses, frenando a Napoleón, no sólo se liberaron a sí mismos, sino que además liberaron a toda Europa, creando las condiciones de posibilidad de la moderna libertad política. Y lo mismo hicieron después los estadounidenses, en tanto que europeos transatlánticos, al liberar a Europa en tres ocasiones de sucesivas amenazas de tiranía imperial: primero, guillermina; después, hitleriana, y por último, soviética.

Pero hoy, a comienzos del siglo XXI, se diría que las tornas han cambiado. Eliminado el peligro de la amenaza soviética, surge un nuevo aspirante al imperio mundial de facto, que busca terminar con el multilateralismo de Westfalia para imponer la unificación hegemónica del planeta bajo su monopolio global del poder. Y esta vez, quien pretende acabar con la libertad del mundo para someterlo a su arbitraria voluntad de poder es precisamente el primus inter pares anglosajón, que hasta hoy había liderado todas las coaliciones de restauración de la libertad amenazada por la tiranía. ¿Por qué lo hace? En realidad, porque puede, pues la desaparición del equilibro de poder que tensaba la guerra fría le ha dejado al vencedor las manos libres para ocupar el monopolio del poder mundial. Pero hay también algo más, pues semejante pursuit of power (McNeill) está legitimada por el sentido de misión que anima al excepcionalismo norteamericano (Lipset): el mesiánico destino manifiesto de redimir al mundo al que se siente llamado el puritanismo estadounidense.

Ahora bien, esto no es una excepción, pues todo poder en expansión necesita enmarcar su voluntad de supremacía bajo un manto de legitimidad que se disfraza de necesidad histórica, expresada como proyecto escatológico de desarrollo finalista que busca la realización en la tierra de la agustiniana ciudad de Dios. Es el mito de la revolución, por ejemplo: la narrativa política de guerra santa que sacralizó tanto al belicismo de Napoleón como al totalitarismo soviético. Y también el III Reich se dotó de un análogo mesianismo redentor, bajo cuyo manto se justificó el holocausto. Es lo que Jeffrey Herf ha llamado el modernismo reaccionario: una letal combinación de innovación científica, nuevas tecnologías futuristas, cruzada pseudocivilizatoria y espectacular cultura de masas, como aparato ideológico que argumenta la supremacía irrestricta de un bloque de poder que no duda en imponerse a sangre y fuego contra toda resistencia. Por eso Zygmunt Bauman ha llegado a sospechar, en su libro Modernidad y Holocausto, que todo el proyecto moderno del Occidente cristiano está condenado por su propio mesianismo redentor a caer en la práctica del crimen colectivo a gran escala, si no se le detiene a tiempo. Es la gran tentación en la que ahora parece dispuesto a caer el poder estadounidense en nombre de su propia versión integrista del modernismo reaccionario. Es verdad que los EE UU son una democracia -aunque tan populista como el nazismo-, y que a pesar de su racismo todavía no han cometido nada comparable al Holocausto. Pero tampoco han tenido escrúpulos para superar a los nazis en el bombardeo masivo de la población civil, con Hiroshima y Nagasaki como símbolo del peor crimen de guerra de la historia.

¿Quién puede frenar el ascenso global del imperio estadounidense? Hasta ahora, eran los anglosajones quienes mantenían vivo el espíritu de Westfalia en defensa de la libertad, liderando todas las coaliciones multilaterales contra las emergentes tiranías imperiales. Pero cuando lo que hoy amenaza la libertad del mundo es la insuperable supremacía militar estadounidense, cabe temer que el espíritu de Westfalia muera definitivamente. ¿Quién podría liderar ahora una coalición multilateral en defensa de la libertad frente al naciente imperio anglosajón? ¿El debilitado eje París-Berlín, que pugna por liderar la vieja Europa, hoy tan seriamente dividida por los agentes políticos de los estadounidenses? ¿No hay más alternativa que sumarse con pragmático cinismo al carro del vencedor? La lucidez aconseja ser pesismista, o al menos escéptico. Pero también cabe apostar con un cierto voluntarismo por el renacimiento del espíritu de Westfalia que antaño animó a la vieja Europa. Sólo que hoy ese espíritu ya no puede ser militar, sino exclusivamente civil: es la voz de la ciudadanía que forma la opinión pública, levantándose airada por las calles de toda Europa para expresar su voluntad colectiva de resistir a la tiranía incivil. Y ello hace pensar que el espíritu de Westfalia no ha muerto, pues el pasado 15 de febrero comenzó a resucitar por fin.

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