El monopolio de la violencia

Por Vicente Carrión Arregui, profesor de Filosofía (EL CORREO DIGITAL, 11/06/06):

Sea cuando un alumno justifica dar un puñetazo a quien le ha insultado, sea cuando la muchedumbre quema la embajada del país en donde se han publicado unas viñetas ofensivas para su profeta, sea cuando un niño pega a su hermano porque le hace burla o sea cuando el portavoz de Askatasuna, organización ligada a los presos de ETA, afirma que «la agresión afecta a ambas partes o a nadie», como si el Estado y ETA fueran partes simétricas, en todos los casos merodeamos en torno a la misma cuestión: cuándo es legítima la agresión, cuándo es justificable el uso de la violencia. Las confusiones que se producen a la hora de distinguir lo público y lo privado en este ámbito son pavorosas: fervientes partidarios de la pena de muerte están en contra de dar un azote al niño o partidarios de que el secuestrado pague el chantaje se indignan si el policía que les cachea en el aeropuerto no procede con delicadeza. Por eso, y pese a lo deseable que sería repudiar la violencia ‘venga de donde venga’, quizás nos tengamos que conformar con rechazar toda violencia que no se ampare en las leyes democráticas que la legitimen. Me explico.

Por experiencia propia casi todos hemos experimentado el impulso de revancha como algo instintivo y visceral. Es un mecanismo biológico de supervivencia que nos ha permitido evolucionar y que a nivel colectivo se expresa en la famosa ley del Talión, ‘ojo por ojo y diente por diente’, de la que tanto la Biblia como el Corán dan testimonio histórico y que, lamentablemente, continúa practicándose a destajo en Oriente Medio y en otros lugares del mundo. Afortunadamente, vivimos en un entorno cultural en donde hace ya muchos siglos que, hartos de la barbarie provocada cuando los individuos se creían libres de tomarse la justicia por su mano, nuestros antepasados acordaron pactar con los gobernantes la renuncia al ejercicio particular de la violencia a cambio de la protección del Estado contra la misma. Saber algo de Hobbes, Locke, Rousseau o Montesquieu, más que un ejercicio intelectual, debería ser un ejercicio de supervivencia: sólo podemos hablar de civilización cuando entendemos que ésta depende de que los ciudadanos renunciemos a todo tipo de violencia y aceptemos que el Estado del que formamos parte sea el árbitro de nuestros litigios, el ejecutor de la justicia que reclamamos, el policía que usará la fuerza contra nosotros mismos si no acatamos la ley democráticamente pactada. Así, si no desbarro en exceso, nos vemos obligados a contrariar nuestros impulsos naturales porque hemos construido un Estado para protegernos de nosotros mismos, drama freudiano que nos genera un gran malestar, la represión de los instintos, pero que es la condición misma de la civilización.

Por eso, y aunque nos hierva la sangre, recomendamos a los jóvenes a quienes les han robado la cartera en el Casco Viejo que, en vez de organizar su búsqueda, denuncien al ladrón a la Policía; pedimos a los alumnos que informen al profesorado de las agresiones en vez de responderlas por su cuenta o, en vez de estimularlas, ignoramos las amenazas violentas de nuestros hijos cuando les contrariamos como padres. Supongo que -excepto en las familias del entorno etarra en donde doy por hecho que educarán a sus hijos en la legitimidad del chantaje, la rabieta y el uso apasionado de la violencia para salirse con la suya- la mayoría de los ciudadanos de este mundo comprendemos que todo va mejor cuando reservamos a los Estados el monopolio de la violencia, sometida, claro está, a lo que dicta la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Todas estas obviedades constituyen materia lectiva de la ESO y del Bachillerato, pero aún así no es fácil convencer a un adolescente de que el ertzaina de turno tiene derecho a pegarle cuando participa en una manifestación ilegal sin que él tengo el menor derecho a responderle del mismo modo. El discurso de los derechos sin deberes sumado al egocentrismo infantil y adolescente se crece ante la dificultad que los padres y profesores tenemos a la hora de explicar la diferencia entre el rol social que desempeña el policía cuando pega, el profesor cuando se enfada o la madre cuando castiga -actos todos ellos acordes con las leyes que configuran el Estado democrático- y la persona misma de la madre, el profesor o el policía a quien, efectivamente, se podría exigir reciprocidad en el trato cuando no ejercen su rol institucional. Hasta que los hijos no mantengan a los padres, eduquen a los profesores o protejan a los policías, es absurdo y pueril cultivar el ‘si tú me chillas yo te chillo’, ‘si tú me pegas yo te pego’, o el ‘si tú me castigas yo también’, como si hubiera simetría entre los distintos escalafones de la jerarquía institucional. Una cosa es predicar con el ejemplo y tratar lo mejor posible a todo el mundo sin abusar de la autoridad, y otra es el coleguismo familiar o la pseudocamaradería educativa. La falta de respeto a los mayores y de límites a los propios actos -ignorantes de su repercusión en compañeros o familiares- está provocando estragos muy profundos en la vida familiar y educativa, sí, pero no sólo.

Pese a todas las elecciones que desde 1977 acreditan la legitimidad democrática del Estado español -dejo de la lado la supuesta legitimidad de la violencia política contra los Estados constituidos contra la voluntad popular-, en el País Vasco no sólo los jovencitos egocéntricos cuestionan el monopolio estatal de la violencia. Desde el nacionalismo en general y desde la izquierda abertzale en particular ha hecho furor el discurso de ‘los unos y los otros’, el discurso que ignora que, desde la amnistía del 77, no hay dos bandos en litigio -España y ETA, ¿recuerdas, Egibar, quién te daba más miedo?- sino un Estado que persigue por todos los medios -algunos, por cierto, inaceptables, como los GAL o las torturas, como ya sancionaron los tribunales- a una banda que hace del crimen y del terror sus instrumentos para lograr los objetivos políticos que nunca lograría por las buenas. Discurso de la equidistancia, del ‘ni con unos ni con otros’ o de ‘los dos extremos’, que viene muy bien a esa inmensa mayoría silenciosa vasca que no se mete en política porque no usa euros, hospitales ni escuelas ni llama a la policía cuan le roban o violan a su hija. Apatía cobarde de la que pretenden beneficiarse quienes comparten con los terroristas algunos de los objetivos políticos, autodeterminación, independencia, a los que podríamos acercarnos ‘si las dos partes ceden un poco’, como si no quedara manchada para siempre de sangre cualquier concesión política que ETA pudiera lograr.

El cinismo de Askatasuna y de la izquierda abertzale cuando pone en el mismo plano ‘todas las expresiones de la violencia’, como si encarcelar al asesino fuera ser tan agresivo como él, se nutre de mucha ignorancia y mucha mala fe, pero también de la cobardía de quienes pretenden mantenerse al margen de estos temas tan desagradables, como si no formaran parte de ese Estado que nada tiene que ceder ante quienes pretendían dinamitarlo. Habrá que ser flexible en muchas cosas – en la que más, en hablar con todo el mundo sin rasgarse hipócritamente las vestiduras, eso sí, sin mobiliario extrainstitucional-, pero hay que ser muy firme en el repudio a toda amenaza de volver a la violencia por la parte etarra. No hay dos bandos, hay un Estado que representa a la inmensa mayoría de los ciudadanos -a todos los que utilizamos sus servicios, estemos más o menos de acuerdo con su organización y sus leyes- y hay una banda que ha desafiado el legítimo monopolio estatal de la violencia y está en un atolladero tal que poco más que clemencia, perdón y generosidad puede pedir.