El monstruo devora a su creador

Por Amir Taheri, coautor de Irak, la historia oculta, su obra más reciente, publicada en Francia (EL MUNDO, 18/11/03):

Con el ataque terrorista de hace unos días en Riad, que mató al menos a 17 personas, les ha tocado a los saudíes experimentar la pesadilla que muchos otros regímenes árabes y musulmanes han sufrido ya: el monstruo islamista que crearon se ha vuelto contra ellos.

El Sha de Irán se pasó veinte años lanzando a los islamistas contra la izquierda y los liberales. Fue derrocado en 1979 por una revolución dirigida por los islamistas. El presidente egipcio Anwar el Sadat dio impulso a los islamistas contra los panarabistas durante toda la década de los setenta. Fueron islamistas los que lo asesinaron en 1981. Zulfiqar Ali Bhutto, primer ministro de Pakistán, prohibió el alcohol y fomentó la presencia de islamistas en el ejército como medida contra los opositores izquierdistas y centristas. En 1979 fue ahorcado por el general Zia Ul-Haq, el oficial islamista al que había entregado el mando del Ejército.

Lo que resulta sorprendente en el caso saudí es que haya tardado tanto. Y lo que no se sabe es si conseguirán matar al monstruo que ayudaron a crear.

Los saudíes empezaron a jugar la carta islamista a comienzos de los años 60, sobre todo, contra el movimiento panarabista dirigido por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. Cuando el nasserismo dejó de constituir una amenaza, en la década de 1970, los saudíes utilizaron el islamismo contra la amenaza comunista de Yemen del Sur y Omán. En 1975, un miembro islamista de la familia real asesinó al rey Faisal, el arquitecto de la estrategia islamista del reino. En los años ochenta, los sucesores del monarca se valieron del islamismo para contrarrestar el mensaje de la Revolución Islámica que venía de Irán.

Al comenzar la década de 1990, la carta islamista se jugaba contra las aspiraciones, cada vez más liberales, de las clases medias urbanas del reino. El estado creó un cuerpo de policía religiosa, conocido como Mutawaa («los que hacen cumplir la ley»), que aterroriza a los occidentalizados moradores de las ciudades que tal vez un día querrían tener voz en el Gobierno.

Según algunas estimaciones, los saudíes han gastado 100.000 millones de dólares para promover en diversas formas el islamismo, en el país y en el extranjero, durante las dos últimas décadas.Parte de esa cantidad ha salido de colectas en metálico en mezquitas, bazares, colegios, hospitales y otros lugares públicos en todo el reino. Pero el grueso del dinero procede del Estado saudí.

Los primeros signos de tensión en la alianza del estado saudí con los islamistas hicieron su aparición tras la Guerra del Golfo de 1990. Los islamistas se sintieron indignados cuando se acogió en el reino a soldados norteamericanos como aliados contra Sadam Husein. En 1995, el rey Fahd instituyó una Asamblea Consultiva, cuyos miembros nombró él mismo. Aunque muchos liberales de Arabia Saudí desechaban la asamblea tachándola de impotente e ineficaz, numerosos islamistas la consideraron como un signo de occidentalización.

El resentimiento islamista hacia la casa de Al Saud se ha incrementado con los tímidos pero inequívocos esfuerzos del príncipe heredero Abdula por ampliar el apoyo a la dinastía. El príncipe heredero, que lleva desde 1996 al frente de Gobierno cotidiano del reino, ha tratado de cortejar a los panarabistas, a los liberales e incluso a algunos personajes abiertamente secularistas como contrapeso a los islamistas. Ha creado una serie de consejos gubernamentales -por ejemplo, para la planificación económica y para asuntos sociales y de la juventud- que están repletos de personas a las que los islamistas ven con recelo.

Sus sospechas tuvieron confirmación el año pasado, cuando el príncipe heredero Abdula desveló un plan para que todos los Estados musulmanes establecieran relaciones con Israel a cambio de un estado palestino. Para los islamistas, esto es una herejía: toda política que no incluya la eliminación total de Israel es una traición a su causa.

Sin dejarse desanimar por los ataques islamistas, el príncipe heredero Abdula ha aprovechado cuantas oportunidades ha tenido para debilitar y aislar al movimiento islamista. Un acto que le granjeó especialmente la hostilidad de los islamista fue la decisión del príncipe, este año, de reunirse con un grupo de dirigentes chiíes para debatir la cuestión de los derechos de los miembros de la minoría chií como poseedores de plena ciudadanía.Los islamistas saudíes consideran herejes a los chiíes, que constituyen en torno al 15% de la población del reino. No obstante, el príncipe heredero les ha asignado escaños en la Asamblea Consultiva y, por primera vez, ha nombrado a chiíes para ocupar altos cargos en la función pública y la diplomacia.

La furia islamista contra el régimen afloró cuando el Gobierno lanzó una ofensiva contra los elementos más radicales del movimiento islamista. En los últimos seis meses, más de 800 predicadores y almuédanos han visto sus licencias revocadas por el gobierno.El número de islamistas expulsados del sistema educativo se eleva a más de 2.000, según cálculos oficiales.

Al mismo tiempo, un comité, nombrado por el príncipe, ha dado comienzo a la tarea de escribir de nuevo los libros de texto saudíes en un intento de eliminar el odio contra otras religiones y culturas, en especial el cristianismo y el judaísmo. Esto ha indignado a los islamistas, quienes creen que los musulmanes deben considerar todas las religiones que sean la musulmana, en el mejor de los casos, como desviaciones de la verdad y, en el peor, como mentiras difundidas por los enemigos de Dios.

A los islamistas les enfurece también el anuncio, hecho el mes pasado, de que las primeras elecciones de la historia del reino se celebrarán al año próximo. De modesto alcance, estas elecciones afectan solamente a la mitad de los escaños de los concejos municipales. Por primera vez, sin embargo, tal vez se permita votar a las mujeres, algo que para los islamistas es un insulto, en un país en que a las mujeres ni siquiera se les permite conducir un automóvil ni viajar sin permiso escrito de un tutor varón.

Otros dos acontecimientos han convencido a los islamistas de que había llegado el momento de oponer resistencia contra su antiguo benefactor.

El primero fue la invasión norteamericana de Irak, que fue acompañada por el anuncio de la evacuación por Estados Unidos de sus bases en Arabia Saudí. Los islamistas lo juzgaron como una victoria, comparable con la retirada israelí del Líbano.

Algunos estrategas islamistas piensan que Estados Unidos, ocupado en Irak, no podrá dedicar fuerzas a ayudar a sus aliados saudíes.Por tanto es la ocasión de combatir en frentes locales: en Arabia Saudí e Irak, así como en Afganistán y Pakistán.

El segundo acontecimiento que suscitó la ira de los islamistas saudíes fue la visita del príncipe Abdula a Moscú en septiembre.El presidente de Rusia, Vladímir Putin, es extremadamente impopular entre los islamistas a causa de la guerra de Rusia contra Chechenia, la cual es en su mayor parte musulmana. Para empeorar las cosas, el príncipe invitó a Putin a asistir a la cumbre árabe que se celebrará el mes que viene en Kuala Lumpur.

La situación se ha complicado todavía más con el regreso al reino, en el transcurso de los dos últimos años, de unos 3.000 ex muyahidines de Afganistán, Pakistán y el Cáucaso. Algunos de ellos se han vuelto a establecer en sus comunidades de origen. Pero son muchos más los que forman parte de comandos terroristas armados que han estado detrás de los ataques, muchos de ellos no denunciados, que han tenido como objetivo al gobierno y a la comunidad expatriada desde el pasado año.

Las autoridades saudíes, que en un principio trataron de hacer caso omiso de estos comandos, han empezado a desmantelarlas este año. Según cifras del Ministerio del Interior, las fuerzas de seguridad participaron en 80 operaciones contra los islamistas en los últimos 18 meses. Más de cien islamistas han resultado muertos y unos 700 han sido capturados en estas operaciones, según fuentes del Ministerio.

Es demasiado pronto para decir si el régimen saudí está verdaderamente decidido a romper con los islamistas, como en su momento hicieron los Gobiernode Egipto y Argelia. Habrá una auténtica ruptura con los islamistas cuando los dirigentes saudíes presenten una nueva estrategia encaminada a la formación de una alianza con las fuerzas modernizadoras del reino. Esto no ha sucedido.

Los islamistas tienen escaso apoyo popular. En las provincias orientales, ricas en petróleo y donde los chiíes constituyen la mayoría de la población, casi no se les deja entrar. Son también considerados como extraños en buena parte del sur, bastión de otra secta del chiísmo. Asimismo les es hostil gran parte del oeste, donde se encuentran La Meca y Medina, pues la mayoría de la población está compuesta de adeptos a una escuela menos radical del islam sunní.

La única parte del reino donde los islamistan cuentan con numerosos simpatizantes religiosos es la región central, desértica, del Nachd. Pero también allí, de darse un choque entre el estado y los terroristas, los fuertes lazos tribales con la dinastía de Al Saud podrían debilitar el apoyo a los islamistas.

La lucha entre el estado egipcio y el monstruo islamista creado por él duró veinte años y concluyó con la derrota del segundo.El Estado argelino aplastó a su monstruo islamista tras doce años de guerra. Cuánto tiempo le costará al Estado saudí matar al suyo es algo sobre lo que sólo podemos hacer conjeturas. Lo que sí está claro, no obstante, es que la derrota islamista en Arabia Saudí -cuando se materialice y si lo hace- podría facilitar la tarea de cortar las otras numerosas cabezas de la hidra.

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