El mosquito y el elefante

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 08/06/08):

Desde que el jueves 22 de mayo dije a micrófono abierto que Rajoy se estaba haciendo acreedor a una versión especial del título de «tonto contemporáneo» y que se estaba comportando como un «antropófago político», con el «infantilismo» de un «tiranuelo» y como un líder «inepto», no he dejado de arrepentirme ni un solo día de haberlo hecho. Es cierto que aquella mañana estaba especialmente irritado tras haber coincidido la reveladora detención del que fuera alcalde de Mondragón cuando asesinaron a López de Lacalle -de repente encajaban todas las piezas del rompecabezas de la infamia que nos tocó vivir hace ocho años en aquel pueblo envenenado por el fanatismo más vil- con la consumación de la ruptura entre el presidente del PP y María San Gil. ¿Cómo se podía dar la espalda en un frío desayuno a quien durante tanto tiempo había encarnado la dignidad de la España democrática en la más dura trinchera imaginable? ¿Cómo se podía despedir con un gélido «piénsatelo» a quien hasta el último día de su vida seguirá sintiendo sobre su piel la sangre salpicada a su lado por el más cordial y entrañable de nuestros mártires?

Pero explicarse no es justificarse. El Libro de Estilo de EL MUNDO proscribe los insultos. Siempre que alguien ha recurrido en un debate a las descalificaciones personales yo he tratado de dejarle en evidencia con la mejor de las sonrisas. Incluso en la propia entrevista río que le hice a Rajoy al borde del inicio de la campaña le pregunté en tono reprobatorio si no fue un error llamar «bobo solemne» a Zapatero y una auténtica pasada acusarle de «traicionar a los muertos». El contextualizó sus expresiones como yo acabo de hacerlo ahora. Pero por muy acalorada que resultara aquella tertulia, mi obligación era predicar con el ejemplo continencia y estoicismo e hice lo contrario. Seguro que tengo unos cuantos pecados más que redimir, pero al menos en relación a éste creo que debo una pública disculpa al presidente del PP y así se la transmito con la misma notoriedad que alcanzó la ofensa.

No trato solamente de liberarme así de un incómodo ataque de mala conciencia, fruto seguramente del concepto de culpa arraigado en la educación de los colegios religiosos de la España de provincias, sino también de recuperar ante mí mismo y ante los demás el sentido de la ecuanimidad imprescindible para seguir interviniendo con brío en un debate de tanta trascendencia como el que afecta al futuro del PP. Es cierto que, como Juan Costa, Gabriel Elorriaga, Carlos Aragonés o la propia María San Gil, yo también he perdido la confianza en el liderazgo de Rajoy, pero eso no significa que tenga nada personal contra él, hombre correcto y amable donde los haya. E incluso si lo tuviera, quedaría en absoluto segundo plano ante la enormidad de lo que aquí se dirime. No se trata de Mariano sí o Mariano no, sino de democracia sí o democracia no.

Cuando hace 170 años Alexis de Tocqueville fue enviado por la Monarquía de Luis Felipe a estudiar el sistema penal de los Estados Unidos y volvió con una de las más brillantes producciones literarias de la historia de la ciencia política -La democracia en América-, lo que más le impresionó de todo cuanto vio en aquel gran país emergente fue el funcionamiento de los partidos políticos.

Hay que ponerse en la piel de un francés de comienzos del XIX, marcado por la memoria de lo que ocurrió durante la Revolución entre la Gironda y la Montaña, para entender el prejuicio del que partía: «No se puede disimular que la libertad ilimitada en materia de asociación es, de todas las libertades, la última que puede soportar un pueblo. Si no le hace caer en la anarquía, le hace, por así decir, rozarla en cada instante».

Sin embargo, Tocqueville había viajado por toda Norteamérica con los ojos bien abiertos y añadió su primera observación como agudo entomólogo: «No obstante, esta libertad, tan peligrosa, ofrece garantías en un aspecto: en los países donde las asociaciones son libres, las sociedades secretas son desconocidas. En América hay facciosos, pero no conspiradores».

¡Qué certera perspectiva para resumir las dos culturas políticas decimonónicas a uno y otro lado del Atlántico! «Para los europeos, una asociación es un ejército. En ella se habla para enumerarse y darse ánimos y a continuación se marcha sobre el enemigo… En América el propósito de los asociados es someter a discusión y descubrir de esta forma los argumentos más apropiados para impresionar a la mayoría».

Esta diferencia de intenciones provoca también una clara divergencia en su funcionamiento. A las asociaciones europeas «se las ve centralizar todo lo posible la dirección de sus fuerzas y poner el poder de todos en manos de un número muy reducido» de forma que «a menudo reina en su seno una tiranía más insoportable que la que se ejerce en la sociedad en nombre del gobierno al que se ataca». En cambio, «los americanos también han establecido un gobierno en el seno de las asociaciones, pero es, si puedo decirlo así, un gobierno civil en el que la independencia individual tiene su sitio: todos los hombres marchan a un tiempo hacia un mismo fin, pero nadie está obligado a marchar del mismo modo por las mismas vías».

¿Acaso no son éstas las raíces y éstos los antecedentes de la distancia sideral que ahora media entre unas vibrantes elecciones primarias en las que a lo largo de seis meses han participado más de 50 millones de norteamericanos y el lúgubre desfile de compromisarios-avalistas del PP, camino del altar de las ofrendas valenciano con el respaldo de unos escuálidos miles de personas que apenas suman el 3% de la militancia? El gran partido español de centro derecha puede jactarse, pues, de ser muy europeo en sus hábitos y costumbres; pero europeo del siglo XIX porque ahora en Francia, Alemania o Inglaterra es la democracia «a la americana» la que impregna ya la vida de sus principales formaciones. Así es como ha surgido esa esperanza llamada David Cameron, tras el voto directo de 200.000 afiliados. He aquí la explicación, sensu contrario, de por qué la saga-fuga del PP es tal vivero de «conspiradores» al modo de los masones, rosacruces o carbonarios: no hay cauces legales ni mucho menos reales para dirimir abiertamente las diferencias entre las «facciones» que de forma natural engendra todo partido.

Sólo el día en que Gallardón y Esperanza Aguirre -las dos figuras más dotadas para el liderazgo mientras no regrese Rato- hayan resuelto su pugna mediante un proceso de primarias en el que los militantes participen de forma masiva estarán en condiciones de darse cuenta de lo mucho que se necesitan mutuamente para configurar una mayoría social como alternativa a la que aglutina Zapatero. La otra noche cuando Hillary se declaró dispuesta a formar ticket con Obama -tal y como, según el último sondeo, desea la mayoría de los demócratas- tanto el alcalde de Madrid desde Atenas como la presidenta de la Comunidad dieron un respingo. De repente la más cruenta pugna fratricida podía terminar en reconciliación al servicio de un proyecto compartido. «La cuestión es saber quién es aquí Obama», comentó certeramente Aguirre. Y eso sólo lo pueden determinar las urnas.

Lo único bueno que puede salir ya del Congreso de Valencia es la convocatoria bajo reglas democráticas de uno nuevo en el plazo de tiempo más breve posible. La segura victoria de Rajoy tanto si compite con la atractiva candidatura testimonial de Juan Costa como si -más probablemente- lo hace sólo con el vacío de su propia sombra servirá únicamente para abrir, como diagnosticó durante la catártica Ejecutiva del lunes Carlos Aragonés, una etapa de «provisionalidad». La mayor ventaja de trasladar la capacidad de decisión a las bases en un proceso sin trampa ni cartón no es que otorgue una enorme legitimidad al ganador, sino que permite al perdedor o perdedores colaborar con él e integrarse en el proyecto sin perder la cara. Si Zapatero hubiera sido designado a dedo por un conciliábulo de barones o elegido en un Congreso organizado a su servicio con las reglas del de Valencia, Bono todavía estaría intrigando para poder revertir el resultado mediante las mismas mañas. Como perdió limpiamente -aunque sólo fuera por seis votos- para él ha sido un timbre de gloria acatar el mandato de la mayoría y formar parte del equipo de quien le ganó.

Ninguna de las numerosas personalidades críticas que han surgido en el PP va a sentirse derrotada en buena lid en el Congreso de Valencia. Desde su convocatoria hasta hoy todo ha estado encaminado a hacer imposible la renovación del liderazgo y por ende del proyecto del partido. A estas alturas el PP ni siquiera ha facilitado cifras oficiales sobre la participación y resultados de las asambleas en las que supuestamente se eligieron los compromisarios. EL MUNDO tuvo que reunir los datos provincia a provincia, topándose siempre con la consigna obstruccionista de la dirección del partido. Al margen de que esta opacidad debería hacerle merecedor de algún tipo de multa o sanción administrativa, pues el PP como el PSOE recibe muchos millones de dinero público, ¿cómo va a exigir transparencia al Gobierno en relación a nada una oposición que mantiene a oscuras su propia casa?

Estas semanas nos han servido, eso sí, para descubrir cómo el aberrante y diabólico mecanismo de los avales incompatibles, recolectados previamente por el aparato sin tope de ninguna clase, ha neutralizado o circunscrito a esa condición testimonial ya mencionada toda posibilidad de alternativa. El que esta norma venga de muy atrás y esté incluida en los Estatutos no resta un ápice de gravedad a su abusiva utilización ventajista por Rajoy y sus barones. Tan inseguros se sentían del arraigo de su opción continuista que decidieron acumular cual avaras urracas no los 600 avales imprescindibles para concurrir, sino en torno a los 2.300, de forma que matemáticamente sólo quepa otra candidatura y se vea obligada a recibir el apoyo de todos los disidentes, aunque muchos de ellos lo sean por motivos ideológicos o estratégicos opuestos.

Para colmo esa recolección se ha realizado en cajas regionales, de forma que el partido que se presenta como campeón de las libertades individuales no sólo sustituye en la práctica el secreto del sufragio por el retrato público en favor del líder, sino que transfiere a los territorios los derechos de las personas. Y todo ello en un clima de intimidación y caza de brujas inaugurado con los anatemas del mitin de Elche. Rajoy no ha vuelto a repetir su «que se vayan» pero quien más quien menos tomó ya buena nota. «Si acepto ir en tu candidatura y no me incluyen en la lista de las europeas, ¿de qué viviremos mi familia y yo a partir del año próximo?», vino a decirle un conocido eurodiputado a Juan Costa hace pocos días. Si hasta Aznar sopesa el riesgo de que el PP deje en la intemperie a FAES si él dice antes, durante o después del Congreso lo que piensa, qué vértigo no sentirán quienes por currículo y empaque se ven mucho más desprotegidos.

«En el PP no hay barones», me dijo anteanoche en tono categórico un joven y brillante diputado canario. Yo hice una pausa y le pregunté qué había pasado con su aval como compromisario al Congreso. «Bueno… ejem… lo tiene José Manuel», me contestó con avergonzado candor refiriéndose al presidente regional, José Manuel Soria. ¿Qué más cabe añadir -verdad, María- sino «¡Arriba España!»?

El mejor baremo de la merienda de negros urdida a través de los avales son los comentarios perdonavidas tanto de González Pons como de Núñez Feijóo sugiriendo préstamos de compromisarios para que la de Juan Costa o cualquier otra candidatura pueda llegar a nacer «con fórceps». O sea que, como ocurría con la prensa de oposición en el franquismo o el tantas veces citado ejemplo del Partido Campesino de Polonia, la única oportunidad del antagonista reside en merecer la magnanimidad del protagonista. Les ha faltado decir que serán tan generosos como el PSOE cuando prestó a Llamazares un par de diputados para que la cadavérica IU pudiera constituir su propio grupo. ¿Qué tal si Génova institucionaliza el puesto de jefe de la oposición al jefe de la oposición con derecho a sueldo, secretaria y chófer?

Les estaría bien merecido que en el último momento Esperanza Aguirre u otro personaje de fuste indiscutible decidiera presentar su propia candidatura de forma que el aparato tuviera que optar entre el colapso de la antidemocrática barrera de los avales o la evidencia de que quienes predican las libertades no están por la labor de practicarlas. Estoy seguro de que en este caso ni siquiera haría falta hablar con María Emilia Casas para poder recurrir en amparo ante el Tribunal Constitucional con serias perspectivas de éxito.

Claro que en el pecado pueden encontrar además la penitencia. Ellos mismos han fijado el listón para juzgar la sinceridad de los apoyos a Rajoy. Cada voto que el domingo 22 le falte a la candidatura oficial para llegar a esa cota de los 2.300 avales extraídos y ofrendados en actos tan patéticos como el gran durbar de Valladolid será una prueba del clima de hipocresía, coacción y manipulación que se está instalando en el PP.

Así las cosas, Juan Costa no puede ganar y las pasaría canutas si insistiera en presentarse sin aceptar limosnas de nadie. Pero su posición política es en estos momentos una señal patente de que algo puede cambiar en el PP. Sus cuatro palabras bien dichas del lunes han pulverizado los estereotipos de los eternos adversarios del partido en los que tan a gusto se columpiaba Rajoy con su puro en ristre: el ansia de renovación de Costa, como el «no me resigno» de Aguirre, no surgen de planteamientos más conservadores que los del registrador pontevedrés y sus mariachis sino todo lo contrario; y además la oposición a la esclerosis no está fuera sino dentro del PP.

Juan Costa se quedó en minoría en la Ejecutiva Nacional. Si llegara a presentarse, cosa que dudo, Juan Costa o cualquier otro se quedaría en franca minoría en el Congreso de Valencia. Hoy por hoy es la pugna del mosquito contra el elefante. ¿Pero quién estará en minoría el día en que voten los militantes? La claridad y audacia de Costa al explicar que Rajoy no es capaz ni de generar ilusión en la sociedad ni de unir al partido para recuperar el poder ya le han asegurado un puesto en la línea de salida de esas primarias que la opinión pública reclama con cifras cercanas a la unanimidad. Por seguir con los símiles norteamericanos, seguro que Juan Costa no será ni Obama ni Hillary, pero sí que tiene a su alcance desempeñar el digno y brillante papel de un John Edwards, a quien, por cierto, tuve la suerte de conocer anteanoche en Madrid. Y, en todo caso, siempre le quedaría pensar que, como suele decir Eduardo Galeano, un mosquito no puede de momento nada contra un elefante, pero el elefante está perdido cuando el mosquito empieza a reproducirse hasta constituir una tupida nube de aguijones y zumbidos. Menudo otoño de 2009 le espera al PP cuando Gallardón -pasen y lean- vuelva a estar disponible.