El mundo Mundial 5: La patria pusilánime

 Lionel Messi, capitán de la selección argentina, después del debut en el Mundial contra la selección de Islandia Credit Clive Rose/Getty Images
Lionel Messi, capitán de la selección argentina, después del debut en el Mundial contra la selección de Islandia. Credit Clive Rose/Getty Images

Un Mundial empieza tantas veces: ayer, antes de ayer, mañana. Nadie podrá convencer a colombianos o mexicanos de que este ya empezó, de que todo eso que ahora sale por la tele es algo más que el prólogo. Ni a uruguayos de que no han dado un paso de gigantes —un cabezazo de gigantes—, ni a 20 o 30 millones de argentinos de que el Mundial no acaba de empezar, ahora mismo, hace unas pocas horas. Aunque todos preferiríamos que no hubiera empezado.

La Argentina, la orgullosa patria del mejor del mundo, la supuesta potencia futbolera, chocó contra el equipo de un país que nunca antes había estado en un Mundial: Islandia. Alcanzaba con escuchar su himno: un aire melancólico, como de pequeña isla nórdica perdida en medio de los hielos. A su lado, el himno argentino era pura energía, aunque ahora se toque sin letra para que Messi no tenga que pensar si lo canta o no lo canta. Es un tema que podríamos discutir. O tantos otros: las camisetas nuevas, los niños acompañantes rubiecitos, la fauna en las tribunas, la música de las esferas, el condenado Efecto Patria; todo, para olvidar el partido espantoso.

Que había empezado no tan grave: trabado, laborioso, con los islandios replegados y mordientes, los argentinos sin saber cómo entrar, hasta que, al minuto 19, Agüero pescó en el área una pelota mal pateada por Rojo, se revolvió, la clavó en un ángulo y pareció que terminaba con cualquier suspenso. Pero no: cuatro minutos después, las confusiones de una defensa argentina que se dedica más que nada al crochet y el pilates permitió que la banda de los primos Son les empatara.

Y así siguió. Durante el resto del primer tiempo y el segundo, la Argentina hizo todo lo malo que podía hacer en un partido. Su arquero no da seguridad, pero eso ya lleva diez o doce años. Sus defensores no apuran, no van a buscar al contrario o la pelota, lo esperan, lo dejan jugar, se tropiezan con sus propias sombras. Su mediocampo no arma juego: hay un señor Biglia que nunca sabe qué hacer con la redonda y está ahí para supuestamente marcar más. Es una de las claves: el entrenador, un señor Sampaoli, puso un doble cinco —dos volantes defensivos— para trabar la mitad de la cancha ante un equipo que nunca intentó pasar por allí sino que tiraba pelotazos largos por arriba. Como le gritaron desde una tribuna: “Pelado, no pongás doble cinco, poné uno solo con una escalera”.

Fue tan pusilánime. ¿No les gusta la palabra “pusilánime”? Repitan conmigo: ¡Pusilánime, poltrón, meticuloso, timorato! ¡Pusilánime! Si el técnico argentino no puede resignar un volante de marca contra un equipo como Islandia para poner a alguien que arme juego, la catástrofe avanza. Hoy se veía: en la Argentina no había mando. Hay por supuesto un rey, que reina pero no gobierna. Messi define un partido con su sola presencia pero no lo maneja, no lo ordena. Y no hay quien lo haga. Un ejemplo malo: la Argentina conseguía desbordar por la izquierda, con Tagliafico o Di María; lo hicieron cinco o seis veces y cada vez tiraron un centro atrás raso y débil que despejaron los contrarios. Nadie les dijo que lo dejaran, que no valía la pena.

Las opciones, de todas formas, no eran claras. Argentina jugaba en tres cuartos de cancha contraria pero no tenía modo de acercarse al área; como mucho, Messi y Agüero se empecinaban en tratar de atravesar los cuerpos islandeses por el medio y no había caso: eran bastante sólidos. En la mediocridad, apenas se salvaban Meza y Mascherano, y cuando Mascherano se destaca es que Argentina está en problemas. Y encima Messi, que había empezado entusiasta, se fue hartando.

Se le nota: de una manera extraña se le nota. Hay momentos en que se esconde y no la pide o, peor, empieza a rezongar con la pelota: la lleva como si no quisiera, se pone a dar vueltitas, la tira lejos, se empecina. Y juega mal —sí, consigue jugar mal—: pierde muchas, las termina erradas e, incluso, hoy, pateó un penal como si fuera el pibe de la esquina: ni alto ni bajo ni fuerte ni esquinado, tibio, fácil para el arquero.

Así que el islandés se lo atajó; todavía faltaban 25 minutos pero el partido estaba turbio. Los cambios lo mejoraron un poco: Banega intentó armar algo, Pavón por lo menos fue para adelante. Pero ya no se pudo: no es que no hubiera tiempo; no había espíritu.

La Argentina tuvo un 75 por ciento de posesión y dio diez veces más pases acertados que Islandia, para nada. Todos, en general, jugaron tímidos, como atados a la pata de la cama, siempre buscando el pase sin compromiso para atrás, nunca el atrevimiento, nunca ninguna audacia: como quien vive en modo doble cinco. Si uno no supiera que son muchachos grandes diría que su entrenador les contagió el desvelo. Si no supiera que son una partida de valientes diría que estaban asustados. Y si siguen así son carne de regreso: la esperanza es que ya hayan agotado sus errores, que el horror de esta tarde les sirva para dejar atrás los balbuceos.

Y que el técnico se dé cuenta de que no puede armar equipos defensivos frente a selecciones que van a salir a defenderse, que tiene que buscar las combinaciones que le permitan penetrar esas murallas, que Di María y Biglia pueden vivir de algún trabajo honesto, que tiene que convencer a sus muchachos de que es ahora o nunca.

Hoy fue nunca, y el partido se fue deshilachando. Al minuto 94 Messi tuvo su última chance, un tiro libre que volvió a estrellar en la barrera. Estaba tan molesto, daba patadas en el aire, ponía caras. Si, como algunos creen, la condición para terminar bien es empezar horrible, esto promete.

Llevábamos meses y meses imaginando este partido: en ninguna de las versiones había sido tan pobre. Un Mundial empieza tantas veces; también termina tantas. Treinta y una, para ser precisos. Hay uno solo, uno entre 32, para quien un Mundial no se termina nunca, sigue, dura, se acerca al infinito. Para el resto el final es brutal, inevitable. La Argentina, hoy, lo miró muy de cerca. Es el momento de cerrar los ojos.

Martín Caparrós es periodista y novelista. Sus libros más recientes son Todo por la patria y Postales. Nació en Buenos Aires, vive en Barcelona y es colaborador regular de The New York Times en Español.

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