El mundo (post)mundial: la muerte del gol

La muerte del gol

Fue hace unos días: era sábado, todavía sol en Barcelona y el Camp Nou rebosaba. El partido estaba por empezar; miles habían venido para ver a uno, un muchacho ya treintañero llamado Lionel Messi. Por eso, un suspiro de decepción recorrió las tribunas ante el anuncio de que no jugaría. Él, que nunca paraba, el Deportivo Jugar Siempre, miraría desde el banco en un partido importante para su equipo, el Barcelona, que venía de perder con el último y buscaba revancha. Era raro, inesperado; esa tarde, en el Camp Nou, algo se deshacía. Mientras, en otro campo, el Real Madrid, gran cañonero, completaba tres partidos sin meter un gol.

La Liga española está rara, pero no fue lo único que cambió tras esos días del verano ruso: quizás alguna vez digamos que el Mundial 2018 marcó el fin de una época. Se acabaron, para empezar, los tiempos doradísimos en que dos jugadores como hubo pocos en la historia se disputaban el trono global. Nunca antes había habido —y quizá nunca haya— esa coincidencia y competencia de dos estrellas que hicieron, durante años, casi un gol por partido en los partidos más difíciles, jugando con y contra los mejores. Messi y Cristiano siguen vivos y coleando, pero sus caminos se separaron y ya iniciaron el descenso. Messi empieza a cuidarse; Cristiano lo intenta en una Liga más fácil y por primera vez en diez años ninguno de los dos fue elegido el Mejor.

Los remplazó el croata Luka Modrić, y es otro efecto del Mundial de Rusia. Allí, cuando los viejos dioses se volvieron terrenos, los interesados —grandes cadenas de tevé, grandes marcas de todo, la FIFA, tantos más— se apuraron a buscarles remplazantes: el mercado debe continuar. El candidato más claro era Neymar —para eso se había ido a París por más de 250 millones de dólares— pero no funcionó: allí mismo, en Rusia, sus zambullidas histriónicas lo llevaron a un ridículo del que no se ha repuesto. La opción fue su compañero Mbappé: puede que lo consiga —es joven, apuesto, amable, atlético, tan vano— pero le falta todavía. Así que, este año, los interesados se resignaron a una transición: Modrić, un señor de 33 que siempre fue fino pero nunca decisivo y que, dos días después de su consagración, no consiguió evitar una derrota de su Real Madrid por 3 a 0.

El Mundial ruso también mostró, como ninguno antes, crudo, bruto, los efectos del mercado en el planeta fútbol. La división internacional del trabajo entre países productores y países consumidores de carne de futbolista ha llegado a tal punto que los productores —Brasil, Uruguay, Argentina, Colombia— no consiguieron nada en esa cita donde solían conseguirlo todo. Y que los consumidores, a fuerza de consumir, han aprendido a producir: imitando al gran imitador, Europa se nos volvió china y ya sabe fabricar copias conforme, futbolistas tan habilidosa y pícaramente sudacas como los sudacas originales.

Así que últimamente se venden más franceses que argentinos, aunque no siempre valgan lo que cuestan. Porque, más allá de variaciones y carencias, ya sabemos: el mercado debe continuar y, para eso, todos hacen como si. Hay que comprar, hay que vender, aunque no haya realmente qué. Este verano, por ejemplo, este Barcelona compró jugadores por 150 millones de dólares —que no juegan en el primer equipo—. Sus nuevos reclutas —los brasileños Arthur y Malcom, el chileno Vidal, el francés Lenglet, los recuperados Rafinha y Munir— intentan remplazar a los viejos titulares y son remplazados cada vez. Lo mismo suele pasarle al Real Madrid y otros compradores sempiternos.

Pero —nobleza obliga— nada de lo ruso hizo tanto ruido como un show de la televisión: el videoarbitraje (VAR), que allí se hizo famoso, se está difundiendo por el mundo y ya empieza a cambiar la forma en que vemos el fútbol. Todo consiste, nos explican, en conseguir más y mejor justicia: que los errores humanos no condicionen resultados que cada vez influyen más en más humanos.

Dejemos de lado el hecho obvio de que para conseguir esa justicia se necesita un equipamiento que solo tendrán los poderosos: que la justicia será, una vez más, privilegio de los ricos. No insistamos en que el VAR propagandiza el poder de la técnica: la idea de que los hombres se equivocan y la máquina corrige, y que entonces los hombres deben entregarle su poder de decisión.

Olvidemos, también, que una buena parte del placer del fútbol estaba en discutir y ahora se pretende que no haya discusión sino una máquina que sabe. Todo eso, dirá cualquier fanático, son pamplinas, tetrapiloctomía para intelectuales fastidiosos. Pero ninguno negará que el VAR plantea un problema serio: la indefinición, el triunfo de la duda. La duda está muy bien en muchos campos, pero uno va a un campo de fútbol para encontrar certezas. En cada cancha se establecía una unidad de tiempo y de lugar: todo lo que era pasaba allí, en ese cuadrado verde, ante los ojos del espectador —y lo que ves es lo que es—. Ya no.

Ahora, cuando 80.000 personas en una cancha y millones en millones de televisores ven que una pelota entra en un arco, puede que sea pero puede que no. El tiempo no es ahora: hay que esperar la decisión unos minutos. El lugar no es aquí: la decisión se toma en una cueva, lejos de las miradas.

Es un cambio radical, y está matando al gol. La justicia conspira contra la emoción, la burocracia contra el clímax. El gol es la gran ventaja del fútbol sobre todos esos deportes —básquet, tenis, rugby— donde lograr un punto es casi rutinario. El fútbol es lo que es porque el gol es lo que es: ese momento de estallido, ese momento extraordinario en que todo cambia y todo se vuelve algarabía. Ese momento está, ahora, amenazado por el VAR. La pelota entra al arco, se queda allí, y los jugadores se miran sin saber si deben festejar, los relatores tosen, el público reprime unos gritos que podrían ser ridículos si el VAR dice que esa pelota que entró al arco no existió.

El gol, ese rayo de explosión y regocijo, se ha transformado en un momento de la duda, y es horrible. Aquel día, en el Camp Nou, hubo una de esas: los jugadores abortaron abrazos, el público ahogó gritos, hasta los relatores de la tele se callaron la boca. El árbitro, al fin, tras dos minutos infinitos, dijo que sí había sido gol, y algunos intentaron compensarlo. Los jugadores y el público hicieron como que festejaban pero no funcionó: era un remedo, una caricatura. La justicia, si tarda, no es justicia, dicen los leguleyos. Quizá los dueños del deporte deban preguntarse si, en un espectáculo, importa más esa forma lenta, torpe de la dizque justicia o la emoción.

Si es mejor no equivocarse o acertar.

Martín Caparrós es periodista y novelista. Su libro más reciente es la novela Todo por la patria. Nació en Buenos Aires, vive en Barcelona y es colaborador regular de The New York Times en Español.

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