El nacimiento de una noción

La idea de pacto político ha tenido mala prensa durante buena parte de nuestra Historia contemporánea. El término ‘pasteleo’ se utilizó a menudo para sugerir componendas políticas que ocultaban traiciones inconfesables. Es célebre el caso de Francisco Martínez de la Rosa, apodado Rosita la Pastelera por sus enemigos revolucionarios, que lo acusaban de traidor a la causa del liberalismo. Tras la Restauración canovista, que propició una alternancia artificial a partir del llamado Pacto del Pardo entre Cánovas y Sagasta, la caída de la Monarquía en 1931 trajo de nuevo el descrédito del pactismo y pareció cargar de razón a los partidarios de la intransigencia.

“¡No más pactos!”, exclamó en las Cortes de la Segunda República el ministro Álvaro de Albornoz cuando se estaba redactando la nueva Constitución: “Si quieren una guerra civil, que la hagan”. Ya en plena contienda, el presidente Azaña se lamentó de que la República hubiera sido incapaz de promover “un convenio, un pacto como aquel que se atribuyó a los valedores de la Restauración”. La Historia demostraba -escribió Azaña en 1939- que “los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado dentro del cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo”.

Lo que Azaña llamó en 1939 “asenso común” es lo que nosotros llamamos consenso. La palabra tuvo muy poco uso hasta la Transición, no digamos su derivado, el verbo consensuar. Cuando en una sesión de la Comisión Constitucional el presidente instó a los diputados a votar “una enmienda consensuada” al proyecto, sus señorías, según el Diario de Sesiones, no pudieron reprimir su hilaridad ante una expresión tan pintoresca. Corría el mes de mayo de 1978 y el concepto tenía que vencer todavía la resistencia del viejo lenguaje político a los nuevos usos y principios introducidos por la Transición. De todas formas, el sustantivo se fue asentando rápidamente en el vocabulario de la prensa y la clase política del momento.

Para Alfonso Guerra, consistía en “una situación de tolerancia mutua por parte de todas las fuerzas políticas”. En opinión de Santiago Carrillo, fue la fórmula que hizo posible la aprobación de “una Constitución de reconciliación nacional”, concepto este último inseparable de la idea de consenso. Sólo en los extremos del arco político y en ciertos sectores nacionalistas se cuestionó su valor y se volvió a la vieja demonización del pacto como claudicación ante el enemigo. “Cambalache pactista”: así lo calificó el periódico Deia, próximo al PNV. Para el partido maoísta Movimiento Comunista de España, consenso significaba “desmovilización y claudicación ante la derecha”. Es lo mismo de lo que los sectores más recalcitrantes de la derecha acusaron a UCD: de haberse entregado al enemigo.

Alguien tenía que estar equivocado, porque era imposible que tanto la derecha como la izquierda se hubieran dejado engañar por sus adversarios. En todo caso, el consenso distó mucho de ser un camino fácil hacia la aprobación de una Constitución con amplio respaldo. La tentación de hacer valer la mayoría de centroderecha resultante de las elecciones de junio de 1977 se puso de manifiesto en la primera fase del proceso constituyente. Las primeras votaciones en la Comisión mostraron la existencia de dos bloques compactos y aparentemente irreductibles: 19 votos de los representantes de UCD y Alianza Popular frente a los 17 de las demás fuerzas políticas. Fue el momento crucial, en el que el destino de la futura Carta Magna podía quedar marcado por una circunstancial coalición conservadora, repitiéndose así lo ocurrido con la Constitución republicana de 1931, fruto de una amplia -y efímera- mayoría republicano-socialista.

Finalmente, se impuso la creencia de que la Constitución sería tanto más sólida y duradera cuanto más amplio y transversal fuera el abanico de fuerzas políticas que la apoyaran. Tras un amago de plante por parte del ponente socialista, Gregorio Peces-Barba, Adolfo Suárez encomendó a su vicepresidente, Fernando Abril-Martorell, la tarea de negociar con Alfonso Guerra los artículos más problemáticos del proyecto, que de esta forma llegó al Pleno del Congreso con el respaldo de los principales grupos: UCD, PSOE, PCE, Minoría Catalana y una parte de AP. Ni siquiera la defensa de la República por el diputado socialista Luis Gómez Llorente, en un gesto puramente testimonial, puso en verdadero peligro el acuerdo. El esfuerzo por consensuar, según el verbo recientemente acuñado, el texto constitucional permitió su aprobación mayoritaria por el Congreso, con tan solo un puñado de abstenciones y de votos en contra. El resultado del referéndum del 6 de diciembre demostraría que el deseo de pacto y reconciliación había llegado también a la sociedad española, si es que no había partido de ella.

No es verdad, como ahora se pretende, que el consenso supusiera traición a la memoria de la España vencida en la Guerra Civil. Todo lo contrario. Fue la expresión política de una profunda reflexión llevada a cabo por la izquierda desde el final de la guerra; incluso antes, si recordamos la exhortación de Azaña a los españoles, en su célebre discurso de las tres pes (“paz, piedad y perdón”), a aprender de “la musa del escarmiento (…) si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda”. El consenso no fue otra cosa que ese “asenso común” que, según el propio Azaña, le había faltado a la República para crear un Estado respetado por todos. Es la misma idea que expresó en el exilio el socialista Luis Araquistáin, que tanta influencia tuvo en la radicalización del PSOE en los años 30. “Hay que buscar”, escribió en 1956, “una política en la que coincidan los intereses de la mayoría de los españoles, llámense de derechas, centro o izquierda”.

Esta fue la posición mayoritaria de las fuerzas que apoyaron en la Transición una política de consenso plasmada sobre todo en la Constitución y los Pactos de la Moncloa. Lo raro entonces era la actitud maximalista del todo o nada, defendida en privado por el escritor José Bergamín poco antes de morir en 1983. “Desengáñate”, le dijo a Fernando Savater; “lo que este país necesita es otra guerra civil, pero que esta vez ganen los buenos”. Estamos en ello.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia contemporánea.

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