El nacionalismo que defiende Pedro Sánchez

Confusión de confusiones es el título de una obra clásica de la economía. Escrita en 1688 por José de la Vega, judío español establecido en Ámsterdam, es una de las aportaciones más notables de los españoles a la llamada ciencia lúgubre, pues se le considera el primer libro de la historia dedicado a describir el mundillo de la bolsa, y además su autor hace gala en él de una capacidad de penetración psicológica admirable y de una prosa que es prodigio de sutileza.

Para escribir estas memorias, a don José le movía un propósito sincero de servir de guía a aquellos inversores noveles que se veían perdidos en un laberinto de confusiones creadas a propósito para hacerles perder hasta la camisa. Este hombre sensato sabía que la especulación sin razón -es decir, irracional-, y sin ética -es decir, orientada a sacar partido del confundido- era el enemigo del que había que protegerse.

La asociación de ideas entre la expresión confusión de confusiones y la de nación de naciones tiene buen fundamento. Aquí no se especula con fondos, como en el juego de la bolsa por donde nos orienta don José de la Vega, sólo con palabras y conceptos, pero en ambos casos nos hallamos ante una especulación irracional y carente de ética para levantarle la camisa a aquel a quien se pretende confundir.

Confundir día sí y día también la nación cultural -la comunidad identitaria de unos cuantos- con la nación política -la comunidad política de todos- ha sido la táctica constitutiva del socialismo catalanista desde su fundación. El truco es viejo: todas las reclamaciones de orden político, desde el blindaje de las competencias de Educación o Cultura, hasta la reclamación de un derecho a decidir, pasando por la exigencia de mayores competencias en Justicia o Seguridad, de un trato fiscal privilegiado y de asimetrías varias en todos los ámbitos, se legitiman, según el catalanismo, por la existencia de una singular identidad nacional.

En el origen está la visualización de un ellos, los españoles, diferente y esencialmente enemigo de un nosotros, los catalanes. Dicho en otras palabras: no existe otro combustible para el nacionalismo político en Cataluña que el nacionalismo cultural. El nacionalismo cultural es ese aglutinante del demos agraviado sobre el que se basa toda reivindicación política. Sin nacionalismo cultural, no hay soberanismo.

Además, resulta cuando menos chocante comprobar cómo la expresión nacionalismo cultural se emplea en los ámbitos del progresismo equivocado -una categoría alarmantemente en alza- para distinguir, como si hablaran de grasas, entre un supuesto nacionalismo bueno de un nacionalismo malo, que sería el nacionalismo político. Lo cierto, al contrario, es que, si hay un soberanismo que cabe evitar como la peste, éste es el fundado en identidades colectivas, agrupadas en torno a una raza, una religión, una historia, una lengua o una cultura.

Si en Cataluña es posible un sistema educativo cuyos libros de texto desconectan hace años de la historia española y construyen una realidad alternativa, si son posibles políticas de cohesión social o medios de comunicación que ignoran o excluyen a más de la mitad de los catalanes, si es posible padecer diariamente insultos a lo español en la televisión pública catalana o desayunarse cada día con viñetas pretendidamente cómicas de periódicos de gran tirada ridiculizando cualquier sentimiento de pertenencia español -¿se imaginan viñetas burlándose de judíos o negros en el New York Times?-, si todo eso es posible en Cataluña, es gracias al nacionalismo cultural.

Pero la confusión llega a extremos demenciales. En el discurso a favor de la conceptualización de España como nación de naciones hay quien ha llegado a aludir a la Revolución francesa como antecedente de prestigio. “¡Apartad vuestras sucias manos de ese concepto!”, cabría decir, porque ciertamente nada más alejado del concepto de nación de naciones, vinculado al antiguo tribalismo, que el de nación de ciudadanos que nace con la Revolución francesa e inaugura el mundo contemporáneo.

Defender que España es una nación de naciones supone, en efecto, dejar de defender que España sea una nación de ciudadanos; y de paso, cerrar cualquier posibilidad a que los territorios aquejados de nacionalismo cultural puedan llegar a organizarse políticamente en algún tipo de comunidad política que supere los límites de la tribu. Porque esto último es algo que, dicho sea de paso, suelen pasar por alto los plurinacionalistas: España es una nación de naciones, afirman, porque en su seno conviven distintos sentimientos de pertenencia, mas ello no se contradice con el hecho de que Cataluña -o el País Vasco, o Galicia, o la protonación que se apunte- sea una nación a secas, porque, por lo visto, en su seno no existe más que un único sentimiento de pertenencia digno de ser tenido en cuenta.

Fue Anselmo Carretero, inspirador del excesivamente inspirado Maragall y de su fiel Zapatero, quien acuñó la expresión nación de naciones. Para el socialista segoviano España sería “una comunidad de pueblos resultado de un largo y doloroso proceso histórico en el que han tomado parte todos ellos”. La tontería es gorda, porque no existe país en el mundo que no encaje en esa descripción.

Pero además de gorda es perversa, porque ese vaciado del concepto de nación cultural para España suele preparar el terreno para una reivindicación de las naciones culturales que la componen, ellas sí únicas y esenciales, no “fruto de un largo y doloroso proceso y bla, bla, bla”, sino nacidas tal cual son o pretenden ser en el origen de los tiempos, y con voluntad de permanecer fieles a esa identidad cultural. “Som un sol Poble!, exclaman esos mismos plurinacionalistas cuando hablan de su nación cultural, sin que hasta ahora a nadie se le haya caído la cara de vergüenza, porque para ellos la existencia de los “diversos pueblos de España” es una realidad tan indiscutible como la existencia del “único Pueblo” de Cataluña.

El nacionalismo que defiende Pedro Sánchez es, así pues, de la peor especie. Con todo, aun siendo grave la confusión, no causa en él sorpresa. Pero sí causa sorpresa, y desánimo -mucho desánimo-, y también bastante cabreo, comprobar cómo inciden en esa misma confusión de confusiones voces autorizadas del PSOE como las de José Félix Tezanos y Josep Borrell, personas que en su día admiramos y respetamos.

Nos gustaría pensar que esta confusión de confusiones, marca de la casa del PSC, no se ha extendido todavía hasta ser mayoritaria entre la militancia del PSOE, y que quien venza en las primarias sea alguien con las ideas más claras en cuanto al modelo territorial que desea proponer al país.

Pedro Gómez Carrizo es presidente de la plataforma Pro FSC-PSOE-

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