El negocio medioambiental

Por José A. Herce y Arturo Rojas, socios de Afi y profesores de la Escuela de Finanzas Aplicadas (EL PAÍS, 04/01/08):

Desde que la especie humana se aposentó en la superficie del planeta no ha hecho otra cosa que resolver problemas de adaptación y crear nuevas formas de interacción con el medio natural cuyos resultados venimos constatando, con una conciencia más o menos clara, de que ciertos abusos acaban pasando factura. En este proceso de adaptación a un medio complejo, que evoluciona también merced a nuestra intervención, la ingeniosidad humana ha desarrollado un conocimiento y una tecnología muy amplios con innumerables aplicaciones productivas. Este proceso no se detendrá mientras la especie siga presente en el planeta.

Las incertidumbres y certezas que hoy abundan respecto a los procesos climáticos globales y el papel que la actividad humana desempeña en ellos estimularán sucesivas oleadas de creatividad social, institucional, empresarial y tecnológica que mantendrán alimentado el manantial de la actividad productiva. Los comportamientos individuales y colectivos evolucionarán para adoptar o reclamar los cambios necesarios en los sistemas y patrones productivos, de distribución y de consumo que mejor permitan afrontar los efectos menos deseables de las transformaciones climáticas o atajar dichas transformaciones sin rebajar el nivel de vida. Puede que tengamos que redefinir, no obstante, qué se entiende en el siglo XXI por mejora permanente del nivel de vida.

Así pues, en lo sucesivo, no faltarán las oportunidades para producir bienes y servicios que contribuyan a (I) contrarrestar las consecuencias del cambio climático, (II) convivir con ellas, (III) sacar partido de las mismas o, incluso, (IV) revertir en la medida de lo posible los comportamientos que causan dicho cambio climático. Fíjense que tenemos aquí cuatro frentes de actuación empresarial y en todos ellos se encuentra como denominador común un cambio de paradigma acerca de cómo desarrollar en lo sucesivo las actividades productivas, de distribución y de consumo, y la certeza de que las cosas han de hacerse de otra forma.

Los problemas medioambientales carecen de solución técnica. Mejor dicho, mientras no surjan los consensos y las soluciones socio-políticas, no será posible sacar partido a las tecnologías o modelos de negocio que nos permitirán avanzar decididamente en los cuatro frentes de oportunidad antes mencionados. Los escarceos europeos acerca de las emisiones de los vehículos, o los relativos a la moratoria turística en Baleares, por citar una iniciativa más cercana, son un ejemplo elocuente de la ambigüedad y extremismo que caracteriza a todo cambio de paradigma y, desde esta perspectiva, son una buena noticia.

La generalización de una tecnología dada requiere una adopción masiva de los bienes y servicios que aquella permite producir, que es lo que abarata su aplicación. La solución descentralizada (de mercado) es lenta, aunque a la larga sea la más eficiente. Las oportunidades que traerá la lucha contra el cambio climático surgirán, pues, en una primera fase, por la actuación de los poderes públicos, ya que es improbable que los consumidores valoren espontáneamente el atractivo de productos y servicios respetuosos con el medio ambiente, pero de precio superior a sus alternativas. Al margen de la existencia de nichos de demanda para productos ecológicos, los patrones de consumo de los países desarrollados no incentivan, de momento, los esfuerzos en procesos productivos con bajas emisiones.

La teoría económica deja poco margen para el optimismo, ya que el libre mercado no ofrece mecanismos para reflejar en el precio de los bienes y servicios su efecto sobre el clima. El "negocio medioambiental" seguirá siendo una división más o menos rentable o representativa de las empresas convencionales. Los comportamientos respetuosos con la sostenibilidad medioambiental por parte de consumidores e inversores particulares seguirán asociados a una minoría vista por los demás como una mezcla de vanguardismo sofisticado, budismo zen y espíritu anti-sistema. Pero ahí está el germen del futuro hasta que las clases medias adopten masivamente estos comportamientos y lleguen las verdaderas oportunidades asociadas a los nuevos paradigmas productivos, de distribución y de consumo que el cambio climático traerá consigo.

Contrarrestar, adaptarse o sacar partido a los cambios mencionados entrañaría la aplicación intensiva de muchas soluciones convencionales debidamente renovadas para cada ocasión, desde los productos de aseguramiento frente a las catástrofes (cuya prima aumentaría, no obstante), hasta la adaptación genética de especies vegetales y animales de uso económico para hacerlas más resistentes al cambio climático, o la puesta en valor de especies alternativas, pasando por las actividades de construcción de nuevos entornos urbanos y sus infraestructuras, los sistemas de protección de los entornos amenazados (infraestructuras e ingeniería) o desplazamiento de actividades económicas a los entornos beneficiados por el cambio climático. Dado que una parte de los recursos disponibles en cada ejercicio se debería aplicar a hacer frente a las consecuencias del cambio climático, no obstante, el saldo neto aplicable a una mejora genuina del nivel de vida dependería de que las ganancias de productividad asociadas a la reestructuración de actividades fuesen relevantes.

Resulta relativamente fácil enumerar las actividades que potenciará el cambio climático: las energías renovables, el carbón limpio, las pilas de energía, la energía nuclear, la eficiencia energética (iluminación de bajo consumo, nuevos materiales, aislamiento térmico), la gestión del agua, el reciclaje industrial, y la consultoría medioambiental. Y por añadidura, todas las industrias auxiliares vinculadas a aquellas: fabricantes de bienes de equipo, ingeniería industrial y mantenimiento. Otra menos evidente pero igualmente efectiva será la lucha contra las congestiones de tráfico terrestre y aéreo, a través tanto de infraestructuras como de las tecnologías de mejoras de movilidad y fluidez del tráfico. En este sentido, las telecomunicaciones deberán aportar alternativas más eficientes para que el transporte de bits sustituya al transporte de átomos.

Dentro de las energías renovables, la eólica terrestre es suficientemente conocida, y el siguiente paso será buscar emplazamientos en el mar, en aguas poco profundas y a una distancia de la costa entre 10 y 20 km, lamentablemente condiciones poco frecuentes en nuestro litoral. La energía fotovoltaica tendrá que abaratar mucho su coste para reducir drásticamente su actual y excesiva dependencia de las subvenciones. La energía solar termoeléctrica ofrece excelentes perspectivas ante el cambio climático, y en un futuro no lejano la superficie de espejos y su espectacular torre solar de más de 150 m de altura, formarán parte de nuestro paisaje como lo son las torres de refrigeración de las centrales térmicas. Se trata, todas ellas, de actividades intensivas en capital y con rentabilidades todavía insuficientes sin el respaldo de los poderes públicos.

Pero atacar las causas del cambio climático, al menos las que dependen del comportamiento humano, es el gran reto y, a la vez, la gran oportunidad. Un cambio sustantivo en la forma en que se produce y se usa la energía (incluyendo la nuclear) y, en cascada, todos los demás recursos naturales renovables y no renovables y los restantes bienes y servicios, por una parte, y una redefinición más cuidadosa, y coherente con la protección del medio, de los objetivos que persiguen los individuos en cuanto a la satisfacción de sus necesidades materiales, por otra, traerían consigo una fenomenal revolución económica, con algunos perdedores, pero con muchos ganadores.