El niño gallero

Hacia 1660, Murillo pintó un cuadro que lleva el nombre de «El joven gallero» (el cuadro pertenece a la colección de Juan Abelló). Es uno de los cuadros más enigmáticos de Murillo. ¿Quién es ese adolescente que sonríe a causa de una incontenible explosión de alegría? ¿Y a quién está señalando con el dedo? ¿Y por qué parece animarle, sea quien sea ese espectador invisible, a que se ría con él? Para empezar, ¿cuántos años tiene ese chico? ¿Doce, quince? ¿Y está viendo realmente una pelea de gallos? ¿O está más bien señalando a alguien que pasa por ahí, un pintor, una monja, un compinche de juegos? ¿O se dirige directamente a cada espectador del cuadro? Las preguntas son ociosas porque no sabemos nada de ese joven gallero.

Murillo – El joven gallero

Ese chico va muy bien vestido para ser un simple criador de gallos. Lleva un jubón, una chalina, una especie de tocado rematado por una pluma negra. Desde luego no parece uno de esos mendigos desharrapados que Murillo pintó con tanta maestría. El joven gallero no está espulgándose en un rincón ni jugando a los dados ni compartiendo un racimo de uvas con otros golfillos. Si nos fijamos bien en su sonrisa, salta a la vista que no se está riendo de una broma de mal gusto ni se está burlando de nadie. En su sonrisa no hay nada que sea sarcástico ni interesado. No es un pícaro ni un truhán, pero tampoco es un santo ni una figura acartonada creada para halagar los rancios gustos estéticos de los eclesiásticos y los aristócratas. Este chico no podría ser uno de los personajes secundarios del «Lazarillo» ni «El buscón», y ni siquiera podría aparecer en el «Quijote», donde abundan las bromas crueles contra don Quijote y Sancho. Muy al contrario, este chico parece vivir en un mundo en el que no existen la injusticia ni la aflicción, ni mucho menos el sarcasmo y el resentimiento. No quiere nada, no teme nada, no aspira a nada, porque en él lo único que cuenta es esa irreprimible necesidad de reírse. Un día de 1952, en el Louvre, Ramón Gaya vio otro cuadro de Murillo –«El nacimiento de la Virgen»–, y enseguida anotó en su diario que aquel cuadro tenía «esa descarada limpieza de lo absolutamente verdadero». Y eso mismo es lo que sentimos al ver el joven gallero de Murillo: «la descarada limpieza de lo absolutamente verdadero». Sólo que en este caso lo que crea esa descarada limpieza es una simple sonrisa que parece capaz de anular todo lo demás. Una sonrisa, sí, ni más ni menos.

En el arte clásico español no se ven muchas sonrisas ni muchas escenas hedonistas –nuestro arte es más bien sombrío o incluso tétrico–, pero Murillo es la excepción. Y lo más raro de todo es que Murillo pintó este cuadro cuando tenía cuarenta y pico años, después de haber perdido a cuatro de sus hijos en la epidemia de peste de 1649 que aniquiló a la mitad de la población de Sevilla. Y encima, España estaba pasando –una vez más– por una grave crisis económica que condenaba a una gran parte de la población a pasar hambre y penurias. Y por si fuera poco, la persecución religiosa no cedía. En 1660, cuando Murillo pintaba este cuadro, un auto de fe en la plaza de San Francisco hizo arder a siete judaizantes de origen portugués. A una de las condenadas, Ana Méndez, la quemaron con la mano derecha clavada a una cruz «por relapsa, impenitente y pertinaz». Pero el joven gallero de Murillo –que quizá fuese un huérfano de la epidemia de peste– parece por completo ajeno a todas estas cosas. Él sigue sonriendo como si fuera la persona más feliz del mundo. Y viendo el cuadro, nadie podría dudar de que lo fuese.

Aunque parezca mentira, este cuadro está pintado en uno de los momentos más negros de nuestra historia. Y lo mismo pasa con otros muchos cuadros de Murillo que retratan a mendigos y a pilletes. Es evidente que estos niños que se quitan las pulgas en un rincón lleno de porquería no tienen muchos motivos para estar contentos, pero Murillo los pinta sonriendo, siempre sonriendo. Hay quien dice que Murillo pintaba niños sonrientes porque así, enmascarando las pésimas condiciones de vida del pueblo llano, conseguía atenuar el sentimiento de culpa de los nobles y eclesiásticos que le compraban los cuadros. Puede ser, pero no es una explicación muy convincente. De hecho, los nobles y los eclesiásticos no solían tener grandes sentimientos de culpa. Y además sus gustos se inclinaban hacia el material religioso, así que desdeñaban los cuadros de temática realista de Murillo, que sólo interesaban a los mercaderes genoveses o flamencos que vivían en Sevilla. Entonces, ¿por qué pintaba Murillo a esos niños sonrientes? Yo creo que los pintaba porque esos niños existían y se reían de verdad. Por muy triste que fuera su vida, aún tenían motivos para reírse.

Murillo es un artista que va a contracorriente de la tradición española, que parece sentir una fascinación morbosa por el sufrimiento y la desgracia. Habrá que esperar muchos años –casi dos siglos y medio– a que vuelva a aparecer otro pintor que se atreva a retratar niños felices que se bañan en una playa: Joaquín Sorolla. Y ya sabemos que Sorolla siempre despertó comentarios displicentes por parte de nuestros intelectuales: un artista «pompier», decían, un artista burgués para vendedores de naranjas. Pero es normal que sea así, porque nuestra tradición, sobre todo a partir del siglo XVIII –con los ilustrados y luego los afrancesados de la Guerra de la Independencia, Goya el primero–, casi siempre ha mirado con desprecio la realidad española. Y si no era con desprecio por el atraso y la incultura, nunca faltaba la indignada compasión que se centraba en la injusticia y en la miseria. Y por eso mismo nadie parecía capaz de reparar en los niños que sonreían en la calle como había sonreído varios siglos antes el niño gallero de Murillo.

Y así hemos llegado al mezquino desdén con que mucha gente juzga la realidad de nuestro país, sobre todo entre los artistas e intelectuales que se denominan pomposamente «el mundo de la cultura». Las únicas visiones que cuentan para ellos son las tétricas o las sarcásticas, las miradas burlonas o llenas de ira, las que reparan en todo lo feo y sucio e injusto –que es mucho–, pero que no saben reparar jamás en los niños galleros que se ríen en un parque o en un colegio. Pero esos niños existen. Y sería bueno que alguien se fijase alguna vez en ellos.

Eduardo Jordá, escritor.

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