El ‘no’ irlandés y el tendón de Aquiles

Por Santiago Petschen, catedrático de Relaciones Internacionales de la UCM (EL PAÍS, 14/06/08):

Irlanda ha dicho no al Tratado de Lisboa, que pretendía culminar una serie de trabajos sobre la unidad europea iniciados con la declaración de Laeken de 2001. Para los dirigentes de los Estados europeos, este proceso debía adecuar la Unión Europea a las nuevas realidades. Sin embargo, la que se pretendía fuera su resultante final acaba de ser rechazada por la única parte de los ciudadanos europeos a los que esta vez les había sido dada la oportunidad de decidir. El referéndum irlandés ha sido el tendón de Aquiles estatalista que los dirigentes europeos, con su esfuerzo silenciador de la ciudadanía, no han podido cubrir en su intento de dejar incólume, frente a la opinión europea, su nueva construcción.

Los líderes de los Estados europeos estaban convencidos de que ahora su concepción de Europa -término medio de opuestas tendencias pero con el dato común de renuncia a la primigenia Comunidad de Monnet y de Schuman- iba a triunfar. Para ello excluyeron de la participación directa a todos los ciudadanos de la Unión con una sola excepción, la de Irlanda, por imperativo constitucional propio. Y esa pequeña cantidad de ciudadanos ha respondido negativamente a la propuesta.

¿Qué ciudadanos son ésos? Los ciudadanos más mimados y mejor tratados de la Unión Europea. En 1992, el ciudadano de Irlanda tenía una renta per cápita inferior al 90% de la media comunitaria. Hoy, 16 años después, la renta per cápita de Irlanda llega al 130% de la media de la Unión. La segunda de Europa, sólo superada por la de Luxemburgo. El exquisito trato hacia los ciudadanos irlandeses ha llegado a extremos un tanto pintorescos como la demora por parte de la Comisión Europea de aplicaciones concretas que pudieran molestarles, como la reforma de la Política Agraria Común. Éstas quedaban pospuestas hasta después de la consulta.

¿Y qué es lo que ha llevado a los irlandeses a votar que no? ¿Por qué, a forciori, también hubieran votado que no los ciudadanos de otros Estados si hubieran sido convocados a las urnas? ¡La de cosas que vamos a oír y leer al respecto estos días después de la consulta de Irlanda! ¡La de excusas, la de repaños, la de pretextos! Pero, por supuesto, ningún mea culpa. Aunque, de hecho, sí que debería buscarse la existencia de una anomalía común. Es la misma o parecida razón que hace que cada cuatro años sea menor el porcentaje de ciudadanos que acuden a elegir a sus representantes al Parlamento Europeo. Cierto es que en cada país hay razones particulares. Pero ello no nos debe hacer cerrar los ojos a las razones comunes.

La estructura de la Europa unida tal como ha estado siendo construida entre 2001 y 2007 es para los ciudadanos demasiado lejana y abstracta. Tiempo hubo en que la unidad de Europa concebida como Comunidad era un ilusionante atractivo. Ahora, dicha ilusión común ha decaído. Lo común no se puede edificar dejado sólo a la dinámica de su propia evolución. Debe ser construido con una intensa pedagogía, con esmero y mesura, con dedicación, con esfuerzo. Así lo dijo cientos de veces Jean Monnet. Había que ejercitar constantemente la capacidad de persuasión, ese “martilleo constante de ideas simples, pocas en número y ampliamente difundidas”. Pero los dirigentes de los Estados europeos han optado por no hacerle demasiado caso. Han dejado de pensar en construir una Comunidad, para sustituirla por una estructura institucional formadora de una Unión de Estados con la que los ciudadanos poco pueden identificarse. La dinámica comunitaria ha sido sustituida por la dinámica estatalista. Una dinámica que no es nueva en el Tratado de Lisboa, pues ya se encontraba en el Tratado Constitucional. Los analistas que alabaron el Tratado Constitucional y que tanto se han inquietado con el de Lisboa no supieron ver que en el primero la dinámica estatalista ya desbancaba a la lógica comunitaria. Y una estructura no puede ser pesada y compleja si no está sustentada por una verdadera Comunidad. Dichos dirigentes no han formado partidos políticos europeos. Han puesto textos de decisiones europeas en las manos previas de los Parlamentos estatales. Siguen afirmando que el Parlamento Europeo elige al presidente de la Comisión, cuando quien en realidad lo elige es el Consejo Europeo. Hacen que el Consejo Europeo no sólo dé, como antes, directrices generales, sino que baje a lo cotidiano, con la competencia, además, de nombrar a los grandes cargos. Y después, han suprimido el principio de legitimidad ciudadana. Han reducido el derecho comunitario. Han acrecentado el derecho internacional. Al eliminar la Comunidad se han visto obligados a quitar la referencia a la bandera, al himno y a la ley europea como denominación, que poco importa, pero también han suprimido la mención al mismo derecho comunitario como predominio. Para frenar el descenso tratan de la cooperación reforzada, reparando poco en que ha sido y sigue siendo una cuestión bizantina a la que muy poco caso se va a hacer.

Los dirigentes estatalistas, en su conducta de estos últimos años han dado la espalda a tres grandes referentes de la Comunidad Europea: a los padres fundadores, a los intelectuales y a los ciudadanos.

A los padres fundadores que quisieron hacer una unión de seres humanos y no una coalición de Estados. “No coligamos Estados, unimos personas” fue el eslogan con el que Jean Monnet encabezó sus Memorias, convencido como estaba de que los obstáculos que separan a los seres humanos son, con frecuencia, artificiales.

A los intelectuales europeos como Jürgen Habermas, Ulrich Beck, Jean Baudrillard, Bronislaw Geremeck. Puede ser que Habermas piense acerca del referéndum irlandés lo mismo que de los noes francés y holandés. Que acaso no sea más que una protesta “dirigida hacia la totalidad de la clase política”, persuadido de que, sin una identidad política de los ciudadanos que sólo puede formarse en una esfera pública transnacional, Europa no puede adquirir capacidad de acción. En cuanto a Beck, afirmó que para construir una nueva Europa hay que impulsar la sociedad civil, de forma que deje de ser “el actor más débil en la política europea”. “Los ciudadanos europeos”, dice Beck, “han de dejar de ser el objeto para volver a convertirse en el sujeto de una europeización cosmopolita”.

Aquel 77% de los ciudadanos europeos que en 2002 manifestaba su europeísmo al desear una Constitución Europea, ¿no era la expresión de una fuerza colectiva de primera magnitud? ¿Cómo es posible que en tan poco tiempo se haya deteriorado tan rico patrimonio político? ¿No será porque, entre otras cosas, se ha ofrecido a los ciudadanos lamentables espectáculos en desfavor de la unidad?

Los líderes europeos de estos últimos años no han sabido acrecentar pedagógicamente una Comunidad en la que se hiciera realidad la expresión de Tucídides: “Se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría”. Hicieron bien en quitar la frase del frontispicio de la Constitución, pues no respondía a la realidad allí contenida. Quinientos millones de ciudadanos no pueden sentirse inmersos en la Unión Europea si no se consideran integrados en ella como Comunidad. Toda superestructura necesita una base que la sustente. No basta el juego calculador de los intereses. Dichos dirigentes se han comportado en estos años, destejiendo la Comunidad, como una Penélope nocturna. Y al no poder aplicar la expresión de Tucídides al conjunto ciudadano, hay que recurrir a un texto de Homero para poner un colofón clásico a su desafortunada acción de liderazgo: “¡Insensatos! Se comieron las vacas del sol. Y en tal punto acabó para ellos el día del retorno”.