El nombre del amor

El papa Francisco no deja indiferente a nadie. La fuerza y la actualidad de su mensaje, de sus gestos y posicionamientos le convierten en un referente. Combina la habilidad de hablar para los católicos y para los que no lo son, los que se sienten cerca o quienes se sitúan lejos de la Iglesia. No es mediático por ser papa. Más bien lo es por su actuación como pontífice. El papa Bergoglio se mira el mundo desde la proximidad, desde una empatía profunda con los problemas y los anhelos de la gente. Esa comprensión le hace ser un papa del pueblo. Y la iglesia que sueña es una iglesia de pueblo, no de minorías selectas sino de mayorías que viven el espíritu del Evangelio de Jesús, la que se arraiga en las periferias del mundo y pone a los pobres en primer lugar.

Cuando hace tres años y pico comenzó su singladura como obispo de Roma y, por tanto, como pastor de la Iglesia universal, se anunciaron no uno sino dos sínodos sobre la familia. Parecía una exageración. La familia, ¿era el tema más importante de la Iglesia y, de rebote, de las sociedades mundiales? Hay que constatar, en una época de transformaciones sociales y culturales y de crisis, que hay una realidad transversal que recoge muchos consensos: la familia.

Cierto que hay formas diversas de convivencia y de educación, de relaciones y proyectos familiares. Pero el Papa ha situado en el punto de atención la primera cuna de humanidad y de humanización, el lugar de crecimiento de afectos y emociones, el primer ámbito de aprendizaje de actitudes y conductas. Los dos sínodos (2014 y 2015) han sido un escaparate de primer orden, un banco de pruebas de las grandes cuestiones que rodean lo que es la familia: un proyecto de relaciones interpersonales construido sobre el amor.

El Papa, convencido de una manera de hacer sinodal en la Iglesia, ha redactado un texto largo (325 apartados) que lleva el nombre de ‘Amoris Laetitia’ (La alegría del amor), un nombre que presenta una clara asonancia con ‘Evangelii Gaudium’ (El gozo del Evangelio), el documento programático de este pontificado, publicado en el 2013. Pues bien, en el reciente documento sobre la familia, que tiene muy en cuenta los dos sínodos, el Papa vuelve a proponer el ideal evangélico de familia y de matrimonio (la unión fiel y perenne de un hombre y una mujer, padre y madre de un niño o niños), pero a la vez entra en la realidad compleja de las otras uniones que se producen fuera de este ideal evangélico.

Y es aquí donde queda claro el sentido que tiene la palabra ‘amor’. El nombre que el Papa le da es misericordia. Esta palabra, de origen latino, significa «corazón (abierto) a los pobres», es decir, los que viven en medio de una falta o necesidad. La misericordia hace que se deje de lado el propio yo como centro de la vida, y el otro pase a tener relevancia. La persona misericordiosa camina mirando en positivo a los otros, sobre todo a aquellos que necesitan un gesto de proximidad. Por eso en la familia el rostro del amor debe ser misericordioso, compasivo, que no busque imponerse, que se aparte de la frialdad y la arrogancia. Este es el camino que hace posible, según el Papa, que las relaciones humanas lleguen a buen puerto, sobre todo las relaciones en la familia.

Si la misericordia es el nombre del amor dentro de la familia, también lo debe ser fuera. La misericordia es clave en las relaciones con amigos y vecinos, conocidos y desconocidos, autóctonos y refugiados. No es casual que la parábola del buen samaritano, que Pablo VI propuso como emblema del Concilio Vaticano II, sea el icono del Año de la Misericordia, la imagen de referencia cuando el Papa va a Lampedusa o Lesbos, La Habana o la República Centroafricana.

De manera similar, comprender la situación de quienes viven en segundas uniones (los llamados divorciados vueltos a casar) significa acercarse a cada situación con misericordia, no con la frialdad de la norma aplicada mecánicamente, sino con calor y atención. Cierto que hay situaciones imperfectas o incompletas, pero también aquí, subraya el Papa citando a Santo Tomás de Aquino, puede haber búsqueda del bien y de la virtud, y atenuantes que limiten la capacidad de decisión.

El Papa, siguiendo el Evangelio de Jesús, propone no juzgar ni condenar, sino acompañar e integrar dentro de la Iglesia (sin excluir, en su caso, el sacramento de la eucaristía, presentada como remedio y medicina). Por ello, es clave el acompañamiento -de un sacerdote o de un laico- porque la conciencia de las personas pueda hacer un discernimiento. El Papa no quiere que nadie quede arrinconado ni menospreciado y que se actúe siempre en conciencia. Y es aquí donde, significativamente, confluyen la vieja teología católica y las ideas de la modernidad.

Armand Puig, Rector del Ateneu Universitari Sant Pacià.

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