El nudo gordiano del nacionalismo

Por Joseba Arregui , presidente de la asociación cultural Aldaketa (EL PERIÓDICO, 23/12/07):

Una vez conocida la sentencia del macrosumario iniciado por el juez Garzón, el conjunto del nacionalismo ha optado, como era de esperar, por una descalificación pura y dura de la sentencia, a la que niega cualquier validez jurídica y la entiende exclusivamente como consecuencia de un impulso desde la política del Ejecutivo de Zapatero.
Habrá análisis de expertos juristas que podrán decir hasta qué punto la sentencia prueba los hechos sentenciados, y valorarán la calificación jurídica de los mismos como delitos. Pero aunque esa perspectiva sea fundamental en un Estado de derecho, y partiendo de que todas las sentencias son criticables, aunque quizá no por parte de otras estructuras del mismo Estado como es el Gobierno vasco, es posible y necesario analizar la cuestión desde otra perspectiva.

EL ECHO de que el terrorismo de ETA esté tan estrechamente relacionado con los planteamientos nacionalistas, aunque sean radicales, el hecho de que tanto ETA como el conjunto del nacionalismo hayan sido capaces de rescatar un término que fue usado por la izquierda para luchar contra el independentismo, como es el de la autodeterminación, el hecho de que el conjunto del nacionalismo vasco hoy se reconozca en esas dos reclamaciones sumarias de autodeterminación –derecho a decidir– y territorialidad, hace que la línea divisoria entre el terror y el resto del mundo político no se haya convertido en realidad.
En los tiempos del pacto de Ajuria Enea se realizó un intento serio por establecer esa línea divisoria. Fue un momento en el que la sociedad vasca caminaba por una separación radical entre el mundo del terror y todo lo que le rodeaba, y el mundo de la política democrática. ETA y su entorno político lucharon con todas sus fuerzas para deslegitimar el acuerdo de Ajuria Enea. Máxime cuando el entonces lendakari Ardanza llegó a decir en el Parlamento vasco que lo que separaba al nacionalismo democrático del de ETA no eran solo los métodos, sino también los fines.
Pero, con la colaboración inestimable de EA, del PNV y de Mayor Oreja, el acuerdo de Ajuria Enea pasó, para gran regocijo de ETA, a mejor vida. Y desde entonces la difuminación de las fronteras ha vuelto a ser la que era antes de aquel acuerdo. La difuminación de fronteras significa que Batasuna es incapaz –o no llega a quererlo de verdad– de desligarse de ETA y de sus dictados. Significa que el nacionalismo moderado –EA y PNV– no cree conveniente, no quiere aislar a Batasuna, y que, por el contrario, mantiene vías de interlocución permanentes. La difuminación de fronteras significa que, para parte de la sociedad vasca, ETA es solo ETA, sus comandos y quienes atentan, sin que nada tengan que ver con ETA ni empresas, ni asociaciones, ni fundaciones, ni partidos políticos que objetivamente favorecen la causa de ETA, aunque solo sea por la vía de generar una atmósfera de legitimación de sus acciones terroristas.
En buena parte de la sociedad vasca se ha dado durante estos 30 años, con el intervalo aludido del Acuerdo de Ajuria Enea, una incapacidad o una falta de voluntad de trazar una línea clara de separación entre ETA y todo lo que le favorece, y el resto de la política democrática. Esa incapacidad de trazar una clara línea de separación se debe a dos motivos: uno ideológico, y otro táctico.
El ideológico se reviste de la fuerza del argumento según el cual la democracia verdadera exige considerar a todos los planteamientos y proyectos políticos como legítimos siempre que se defiendan por medios pacíficos, aunque coincidan con los fines del terrorismo. Este argumento necesita una crítica seria y profunda. Baste en este momento con indicar que algunos planteamientos y proyectos políticos violentan la realidad en su misma formulación sin que tengan que recurrir a la violencia para ser defendidos, por lo que son inaceptables en democracia.

PERO LO cierto es que para el nacionalismo el verdadero argumento para no trazar líneas divisorias claras respecto al terrorismo es el táctico. Este argumento esta en el núcleo de la apuesta del acuerdo de Estella/Lizarra e implica que el nacionalismo debe entenderse en el fondo como un conjunto, aunque pueda haber diferencias radicales en cuanto a los medios, si es que no quiere perder su posición –supuestamente– hegemónica en la sociedad vasca.
Especialmente después de la reacción de la sociedad a causa del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el miedo a perder esa posición de hegemonía ha dirigido la mayoría de los pasos del PNV. Y por eso no está interesado en trazar con claridad la frontera de división con el terror, manteniendo un terreno de ambigüedad, un terreno pantanoso en el que, aun sabiendo que son elementos que favorecen objetivamente a ETA y su violencia, se escuda en que determinadas empresas, asociaciones, fundaciones y partidos son estrictamente políticos y deben ser considerados inmunes ante la acción de la justicia.
No son pocos los que piensan que si la la parte nacionalista de la sociedad vasca hubiera sabido asumir su responsabilidad y aislar social y políticamente a ETA y todo su entorno, la justicia se habría visto libre de tener que actuar con este tipo de macrosumarios.