El nuevo antisemitismo europeo

Por Ulrich Beck, profesor de Sociología en la Universidad de Múnich (EL PAIS, 23/11/03):

En los atentados de la Intifada turca y de la Intifada francesa se evidencia de forma estridente por qué se está escribiendo un nuevo capítulo en la historia del antisemitismo, qué es lo que hace que éste sea tan peligroso y en qué sentido debe interpretarse como una manifestación de la globalización. El contexto histórico nacional es completamente distinto en ambos casos, pero el mensaje de estos actos demenciales es el mismo, a saber, la supresión de las fronteras de la Intifada: las acciones del Ejército israelí en Palestina tienen como consecuencia actos terroristas contra judíos en cualquier lugar.

Hasta donde se puede saber en estos momentos, los sangrientos atentados contra dos sinagogas en Estambul se dirigen contra muchas cosas a la vez: contra los judíos turcos y, contra la occidentalización del islam a la que aspira el Gobierno turco, pero también contra las relaciones turco-israelíes que cultiva el Gobierno de Turquía en contraste con otros países musulmanes, relaciones de las que forma parte la cooperación militar contra el enemigo común, Siria.

Francia tiene las mayores comunidades judía y musulmana de Europa, con 600.000 y 5 millones de miembros, respectivamente. La postura del presidente Chirac contra el bombardeo de Irak dio rienda suelta al odio a los judíos de los jóvenes francoárabes, y ese odio acabó desencadenándose en forma de actos violentos contra los judíos franceses, el último de ellos contra un colegio judío de París.

La deslocalización de la Intifada quiere decir: lo exterior es interior; el conflicto israelí-palestino exterior irrumpe en el “interior” de los países de la UE y amenaza el compromiso nacional de equilibrio entre judíos y no judíos.

A todo esto subyace algo que podríamos denominar la globalización de las emociones. La teoría de la identidad, de la sociedad y de la política según la cual seguimos viviendo en contenedores claramente delimitados, organizados en Estados nacionales, deviene históricamente falsa. En la cultura televisiva globalizada, la compasión tampoco está ligada al esquema nacional amigo-enemigo. Desde que las imágenes televisivas de las operaciones bélicas y sus víctimas se reciben en todas partes se comprende que la violencia en un rincón del globo puede producir una disposición a la violencia en muchos otros rincones del mundo. Si civiles y niños sufren y mueren en Israel, Palestina, Irak o África y este sufrimiento se presenta en imágenes desgarradoras a través de los medios de comunicación, surge una compasión cosmopolita que fuerza a tomar postura.

La globalización de las emociones que desencadena la interiorización transnacional del conflicto israelí-palestino socava también en Alemania el compromiso histórico, siempre lábil, de convivencia pacífica y aspiración a la reconciliación entre judíos y no judíos.

La mayoría de los alemanes (y de los europeos) no acepta la distinción entre israelíes y judíos, tan esencial para la reconciliación entre judíos y alemanes. Tras uno de los discursos del ex presidente de Israel Ezer Weizman, Ignaz Bubis, que entonces presidía el consejo central judío de Alemania, tuvo que escuchar el siguiente cumplido: “Su presidente ha pronunciado un buen discurso”. “Naturalmente”, contestó Bubis, “Roman Herzog [entonces presidente de Alemania] siempre pronuncia buenos discursos.”, “No”, replicó su interlocutor, “yo me refería a su presidente, Weizman, Weizman”. En esta equiparación esencialista de judíos e israelíes los judíos alemanes vuelven a sentirse marginados cuando se critica a Israel: la crítica a esa nación se transforma en crítica a los judíos, aislamiento de los judíos, hostilidad a los judíos. Se cumple así de forma subrepticia la transición de los judíos alemanes como figura simbólica de la mala conciencia a la figura de los judíos como extranjeros. Aumenta el riesgo de que se produzcan experiencias cotidianas de marginación (y cosas peores).

Por el otro lado, teniendo en cuenta la escalada de violencia, es evidente que muchos israelíes aceptan cada vez menos la diferencia entre la crítica a Israel y el antisemitismo. ¿Se critica el derecho a la existencia de ese Estado? ¿O es la política del Gobierno de Sharon lo que se critica? ¿Y qué quiere decir el hecho de que más de la mitad de los ciudadanos europeos vean en Israel la primera amenaza mundial para la paz, una amenaza peor que Corea del Norte e Irán, por no hablar de los Estados árabes? ¿Se niega la legitimidad a Israel, a Sharon o a ambos? Tras la fachada de la expresión “crítica a Israel” hay contenidos explosivos.

Precisamente quienes combaten el antisemitismo de palabra y obra quedan atrapados en este dilema con la escalada del atavismo del conflicto israelí-palestino: ni desean ni pueden criticar a la sociedad israelí para no poner en peligro su anti-antisemitismo. Pero, por ese mismo motivo, se ven obligados a criticar la política de Sharon para no poner en cuestión los fundamentos morales de su anti-antisemitismo. Este clásico callejón sin salida desata a su vez el antisemitismo completamente normal que puede legitimarse y desarrollarse gracias a su orientación antiisraelí. Forzando la expresión, podría decirse que lo novedoso es que de este modo surge involuntariamente una coalición entre anti-antisemitismo y antisemitismo.

Aquí se pone en evidencia una traidora visión unilateral de los alemanes y europeos. Se protesta contra la militancia israelí y se pasa fácilmente por alto el terrorismo suicida con el que los palestinos tiranizan a la sociedad civil israelí. Cuando una mujer palestina se vuela en un café en el que también están presentes mujeres israelíes con sus hijos, hay veces que se escucha -sin duda no como disculpa, pero sí con comprensión- que se trata de víctimas cuyas acciones reflejan su propia historia de opresión; y, a fin de cuentas, no cabe esperar sin más que palestinos heridos en lo más profundo de su dignidad se den cuenta de que hacer saltar niños por los aires no es, en sentido estricto, admisible.

Como el fascismo en Alemania empezó con la quiebra de principios jurídicos fundamentales, cuando se violan estosprincipios saltan todas las alarmas y los mandarines que han combatido resueltamente al antisemitismo se encaran severos con Israel. ¿Pero cómo se puede distinguir entre una violación “buena” y “mala” de los derechos humanos fundamentales? ¿Entre los “buenos” terroristas suicidas palestinos que cometen un genocidio selectivo contra civiles israelíes inocentes y el terrorismo estatal “malo” de Israel que ejecuta de forma selectiva a sus enemigos de Hamás, aun a costa de causar víctimas civiles?

Las muecas del antisemitismo no son nuevas. Pero sí es novedosa la confusión global y local de la madeja de conflictos, la glocalización del conflicto israelí-palestino y la paradoja de que sean precisamente la sensibilidad hacia los derechos humanos y la crítica a Israel que se basa en ella lo que ponga en peligro los muros de contención que se levantaron contra el antisemitismo. Precisamente porque va de suyo que los europeos critiquen la política del Gobierno israelí, y porque va de suyo que quienes critican a Sharon no son automáticamente antisemitas, el conflicto israelí-palestino interiorizado en Europa mina las formas de convivencia multiculturales logradas durante los últimos años: cuanto más justificada moralmente se proclame o esté de hecho la crítica a Sharon, cuanto más atávica la espiral de violencia y odio, cuanto más claramente adopte formas civilizatoriamente regresivas el conflicto de Oriente Próximo, y cuanto más se prolongue éste, tanto más amenazará las formas de entendimiento y reconciliación entre judíos y no judíos, y no sólo en Alemania o en Europa.

¿Cómo es posible oponerse a esto, actuar en contra de esto? Quizá fuera saludable plantearse la siguiente pregunta: ¿en qué me convertiría yo si diariamente tuviera que coger el autobús en Haifa para ir al trabajo? Hablando figuradamente, en Europa no se argumenta de forma diferente a como se argumenta en Israel con un billete de autobús en el bolsillo. Por eso es tanto más doloroso que, en esta situación, precisamente aquellos que se toman en serio las obligaciones derivadas del holocausto encierren a Israel en un gueto moral. ¿La crítica a Israel también es extensible a la oposición israelí, que una vez más ha expresado su opinión con el Plan de Ginebra, un histórico compromiso de paz negociado subestatalmente por israelíes y palestinos? Éste es un minúsculo pero importante destello de esperanza, una rama de olivo que merece toda la atención por parte del mundo. Y, exactamente a la inversa, es preciso que en Europa se retire el asentimiento tácito al terrorismo suicida palestino; es preciso condenarlo de forma expresa y ante la opinión pública mundial como lo que es: un acto bárbaro que viola clamorosamente los mínimos civilizatorios y que no puede justificarse ni asumirse como “contraterrorismo”.

“Israelíes y palestinos son enemigos, pero no extraños”, afirma Amos Oz. Son carceleros y prisioneros encadenados los unos a los otros, que no luchan por la “reconciliación” (ésta es una palabra demasiado grande), sino por la “separación”. En esta intimidad de la enemistad y en este encadenamiento mutuo se origina la crueldad del conflicto. Los enemigos íntimos encadenados entre sí conocen la vulnerabilidad del otro. ¿Quién, y cómo, puede pretender juzgar en este asunto, especialmente si es un alemán sobre el que pesa la historia?

Es preciso tener oído para el significado recíproco de las palabras clave. “Regreso” es una de esas palabras: a oídos de los palestinos, “regreso” representa de forma irrenunciable su identidad; a oídos de los israelíes, no es más que una palabra en clave para la aniquilación de Israel y la fundación de dos Estados palestinos sobre un mismo territorio. Está claro que ese carácter excluyente, esa imposibilidad de comparar las perspectivas no puede resolverse desde el punto de vista europeo. Pero sí puede comprenderse. Y el cambio de perspectivas es factible, no sólo hermenéutica, sino también políticamente, aunque sea necesario volver a convencer de eso a muchos israelíes. Quien como alemán condena la política militante del Gobierno de Sharon, si bien no sólo esa política, es muy capaz de hacerlo sintiendo una profunda solidaridad con judíos e israelíes, poniéndose al servicio de la reconciliación. Aunque para conseguirlo quizá sea necesario sacar un billete de autobús en Haifa.