El nuevo club para bancos centrales de primera clase

En la estala de la crisis financiera 2007-2008, los bancos centrales del mundo desempeñaron un papel fundamental en el rescate del sistema financiero mundial. Intervinieron cuando los mercados privados se congelaron, haciendo las veces de prestamistas e intermediarios de última instancia, y proporcionaron liquidez adicional para engrasar las ruedas que hacen girar las finanzas.

Estos bancos centrales ofrecieron sus servicios principalmente a los participantes nacionales, pero también extendieron su generosidad a las entidades privadas extranjeras. De hecho, incluso los Estados extranjeros se beneficiaron después de que los bancos centrales firmaron acuerdos de intercambio, llamados también acuerdos “swap”, proporcionándose entre ellos acceso ilimitado a sus respectivas monedas. Esta situación ha creado un precedente preocupante.

Las líneas de intercambio también denominadas líneas “swap”, originalmente creadas como una solución temporal en el año 2007, y establecidas en dicho momento para vincular a la Reserva Federal de los EE.UU., el Banco Central Europeo y el Banco Nacional de Suiza, se han ampliado en cada ocasión en la que una nueva crisis sacudió los mercados. Sin embargo hace muy poco tiempo atrás, seis bancos centrales anunciaron su determinación de constituir dichas líneas de intercambio de manera permanente.

No obstante, ¿tenían estos bancos centrales la autoridad legal para hacerlo? Y, aunque la hubiesen tenido, ¿deberían haber hecho uso de la misma?

Las líneas de swaps originales podían de manera justa ser clasificadas como medidas de emergencia. Sin embargo, lo qué puede ser permisible y justificable en una emergencia financiera puede no ser apropiado como una práctica habitual en tiempos normales.

Los banqueros centrales podrían argumentar que hemos entrado en un estado en el cual el mercado se encuentra en crisis permanente, una crisis análoga a la interminable “guerra contra el terrorismo”. Mas incluso esta espantosa analogía no responde a la pregunta de si los bancos centrales deberían asumir posiciones de poder en las relaciones internacionales.

Por supuesto, un banco central es quien manda sobre la estabilidad de precios en la economía nacional a la que presta servicios, y la estabilidad de precios se ve influenciada por los tipos de cambio. Por lo tanto, se puede argumentar que los bancos centrales deberían tener la facultad de intervenir en los mercados de divisas, y que esta facultad debería – por lo menos en tiempos de crisis – incluir compromisos con bancos centrales extranjeros para proporcionarles liquidez ilimitada en la moneda nacional a su cargo.

Sin embargo, lo que queda menos claro, es si los bancos centrales pueden usar la misma justificación para crear líneas de intercambio permanentes con un número limitado de otros bancos centrales que ellos elijen. Esto es similar a realizar un anuncio en un crucero que se aproxima hacia un iceberg que indique que la tripulación definitivamente va a rescatar a los pasajeros de primera clase, pero no necesariamente a los demás pasajeros.

No se ha invitado a hacerse miembro del club de líneas de intercambio a todos los bancos centrales de todos los países – ni si quiera se invitó a todos los bancos centrales de los países “amigos”. La membresía está restringida a la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón, el Banco Nacional Suizo y el Banco de Canadá.

Es posible que exista una justificación legal para este elitismo neo-imperial. El denominado C-6 podría argumentar que, debido a su mandato de mantener la estabilidad de precios, solamente los bancos centrales de los países cuya suerte económica podría desestabilizar los precios internos deberían recibir un acceso privilegiado a la moneda nacional.

Sin embargo, la elección de socios monetarios es un asunto que requiere de la aplicación de decisiones. Por ejemplo: ¿Por qué Canadá sí y México no? ¿No son ambos miembros del TLCAN? ¿Por qué Suiza sí y no Brasil, que es uno de los mercados emergentes más grandes?

Escoger socios es un acto inherentemente político. Se concede el acceso a las divisas de alta demanda a un selecto grupo de pocos países, relativamente fuertes, precisamente cuando los países más débiles se encuentran en su momento más vulnerable. Al haber sido dejados fuera del club, estos países no tienen más remedio que auto-proporcionarse mecanismos de seguridad, mediante la acumulación de reservas de divisas.

De hecho, la investigación empírica sugiere que los países que no tienen acceso explícito o implícito a liquidez tienden a mantener reservas en niveles muy superiores en comparación a las que mantienen los pocos países privilegiados – y esto lleva a que los mencionados países privilegiados acusen a los no privilegiados de contribuir a los desequilibrios mundiales por acaparar un exceso de reservas.

Los miembros de club de intercambio C-6 pueden estar en lo correcto cuando piensan que las finanzas globales requieren de una banca central más proactiva. Pero, ¿es justo o correcto permitirles tomar el asunto en sus propias manos y determinar un sistema de gestión monetaria internacional diseñado para servir a sus propios intereses, con poca consideración por otros países, que se encuentran igualmente expuestos a riesgos?

El anuncio conjunto del C-6 consolida la gran división entre las economías de primera clase y las economías de clase económica. Se nos pide confiar en que estos bancos centrales seleccionados harán lo correcto.

La confianza es importante. Sin embargo, cuando se trata de la toma de decisiones políticas, el control democrático y la responsabilidad sobre las acciones son de esencial importancia.

Katharina Pistor is Professor of Law at Columbia Law School. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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