El nuevo diccionario

El nuevo diccionario de la Real Academia Española tiene vocación global, con 9.000 entradas más que el anterior e innumerables nuevas acepciones, que es donde está el intríngulis, la mayoría de ellas americanismos. Hay cerca de cien entradas para la letra ñ que, excepto ñoño y ñoñería, proceden todas de Hispanoamérica. Mientras, se amplían los extranjerismos (333), en cursiva, indicando su procedencia, blues, boutade, y, ya en grafía normal, eslogan, pizzería, junto a locuciones latinas (222), alea iacta est, manu militari. Sigue por tanto la tendencia apuntada por las nuevas ortografía y gramática, mucho más laxas, que abren el idioma a las corrientes universales que hoy predominan y lo convierten de fiscalizador de la pureza del idioma de Cervantes en una lengua mestiza, lo que no quiere decir bastarda, ya que el mestizaje es el destino final de la Humanidad. El primero en hacerlo fue el inglés, que sobre su base anglosajona arrampló sin complejos con cuantas voces latinas le eran necesarias para ir poniendo nombre a hechos, lugares e ideas que ampliaban el mundo. Hay quien atribuye tal estómago de avestruz lingüístico a que no existe una Real Academia de la lengua inglesa, pero, sin negar la influencia de este hecho, lo atribuyo más bien a otro fenómeno histórico: el auge del inglés se debe a que coincide con el despliegue del imperio británico, continuado por el norteamericano, que aún dura, aunque algunos dicen que está dando las últimas boqueadas, algo que está por ver. En cualquier caso, la relación entre lengua e imperio que estableció Nebrija es un hecho incontrovertible y se dio en el siglo XVI con el español, que dejó por aquel entonces rastro en el inglés, como la voz senior, de señor, aunque no en su sentido original.

El formidable desarrollo de la informática en los últimos años, que ha requerido inventar un sinfín de palabras, paralelo al avance de la medicina, la física, la astronáutica y otras ciencias, protagonizado en buena parte por Estados Unidos, ha hecho del inglés la lengua franca en tales actividades, que al pasar a su aplicación práctica ha arrastrado a la población mundial a adoptarlo. No ya en los congresos y publicaciones científicas es el idioma de trabajo, empieza a serlo en revistas de información general y hay páginas en el « Der Spiegel » alemán llenas de anglicismos, como todos los graffiti en las paredes.

Dado nuestro retraso técnico, («¡Que inventen ellos!»), el español apenas puede aportar voces a esta explosión del vocabulario científico y se ve obligado a adoptar las inglesas a la brava, como chatear o hacker. Aunque a veces nos pasamos por esnobismo, habiendo en nuestro idioma términos para tales conceptos, si se busca bien. Peor aún es cuando erramos en el significado, como le ocurre a una palabra favorita en las tertulias: «obsceno», que en español tiene un marcado tinte sexual, mientras que en inglés significa más bien escandaloso. Es a esos equívocos a los que el nuevo diccionario presta mayor atención, aunque la potencia de la calle suele imponerse.

Su mayor desafío, sin embargo, es la universalidad del español, que encierra diversidad en sí misma. Haber hecho a las Academias Correspondientes Hispanoamericanas partícipes activas en esta edición del diccionario es uno de sus mayores logros: primero, al demostrar que el español no es una propiedad de los españoles, que ni siquiera somos ya los que más lo hablan por países; y segundo, porque solo así podrá ganar fuerza, al tiempo que se evita su fragmentación en lenguas nacionales, como le ocurrió al latín.

Los problemas que ello trae consigo son fáciles de imaginar, pues las variantes regionales son importantes y defendidas con ardor. Pero han venido salvándose a base de paciencia y valentía, habiéndose conseguido que el 95 por ciento de las voces de nuestro idioma sean comunes a todo el mundo hispánico. No le ocurre al inglés, que varía no ya entre los distintos miembros de la Commonwelth, sino dentro del propio Reino Unido. Piensen que en la trilogía «The Troubles», de Adam Mckinty, que transcurre en los «años del plomo» en Irlanda del Norte, se incluye una lista de palabras de uso corriente en el Ulster desconocidas en Gran Bretaña. Habiendo innumerables diccionarios inglés-norteamericano. La estrecha cooperación entre nuestras academias ha ido resolviendo esos dilemas con tacto político y lingüístico.

Estados Unidos significa para el español una oportunidad tan grande como un riesgo. Con más de 50 millones de hispanoparlantes, se ha convertido, tras México, en el segundo país donde más se habla. Si se añade su condición de primera potencia mundial, se comprenderá el desafío para nuestro idioma. Estados Unidos ha sido la tumba de cuantas lenguas llevaron sus inmigrantes. Los alemanes, escandinavos y eslavos la pierden ya en la primera generación; los mediterráneos, en la segunda, excepto los italianos, que la conservan para asuntos de familia y demás, en los que no vamos a entrar. Los hispanos suelen conservarla hasta la tercera generación, pero ocurre algo extraño con ellos: se han creado un idioma mestizo, el spanglish, jerigonza que no es una cosa ni otra: nursa, enfermera, nurse en inglés, o rufo, tejado, roof en inglés, con frases que producen efectos hilarantes: «Voy a vacunar la carpeta», por «voy a pasar la aspiradora», de vacuum-cleaner y carpet. Naturalmente, esto no es admisible para el español ni para el inglés, pero es lo que se habla en los guetos puertorriqueños en Nueva York y en los mexicanos en Los Ángeles, habiendo ya numerosos estudios sobre tal lengua bipolar.

Que cada minoría hispana haya traído sus modismos nacionales solo añade complicación a la cosa, aunque por encima y debajo de ella hay dos hechos incontrovertibles: el primero es que el avance del español en Estados Unidos es tan poderoso que ya supera con mucho al francés y al alemán en las escuelas secundarias; y segundo, que son bastantes los norteamericanos que lo estudian por necesidades domésticas o comerciales. Las amas de casa, para entenderse con sus criadas hispanas, y los empresarios, para entenderse con sus trabajadores o para hacer negocios al sur de Río Grande, que fue siempre su gran mercado. Únase al auge de las cadenas de televisión y radios hispanas y tendrán que un español variopinto está plantando cara al inglés como ninguna otra lengua extranjera antes que él. Aunque me creo obligado a hacer una advertencia: es importante que los hispanos no olviden el español (dominar otra idioma es siempre una ventaja, contra lo que creen los nacionalistas catalanes), pero más importante es que lleguen a dominar el inglés, escalera imprescindible para ascender en el país que llaman de las oportunidades.

Pero esa es otra cuestión. De la que aquí se trataba era de saludar la última edición del primer Diccionario Panhispánico de la Lengua Española, con los Estados Unidos incluidos, un puente entre las dos riberas del Atlántico, que muestra la riqueza y la pujanza del español.

José María Carrascal es periodista.

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