El nuevo flautista de Hamelín

He aquí un hecho histórico al que no se le presta la debida atención y se silencia en Occidente y en nuestra política. Y que el pensador francés Fabrice Hadjadj denomina ya como la «cuestión de las cuestiones»: cada vez más gente renuncia voluntariamente a tener hijos. No solo uno o dos descendientes, sino ninguno. Repare bien el lector en que la novedad no es que se decida tener menos hijos, reducir el número de hermanos en favor de la pareja o del hijo único (en España ya son 8 millones de hijos sin hermanos).

No; lo verdaderamente peculiar y que precisa por tanto de nuestra urgente atención es la nueva mentalidad de «no-hijos», de una firme renuncia a la procreación que cada vez se extiende más entre las nuevas generaciones. Como si hubiese vuelto el flautista de Hamelín de los hermanos Grimm que vacía de niños con la melodía de su flauta nuestras ciudades y pueblos por ahora de Occidente, pero que ya resuena por mímesis en otros países y culturas.

Veamos un ejemplo significativo: en nuestro país en 1975 el número medio de hijos por mujer era de 2,8, con varias familias de tres vástagos. Hoy la familia prototípica es la de uno… o paulatinamente ninguno. Y solo en la última década hemos perdido 450.000 niños, con el consiguiente vaciado de aulas escolares. Dichos indicadores suponen pues que hay varias mujeres en edad fértil que no tienen ni tendrán descendencia, ni varones tampoco naturalmente, que explica que en España cuatro de cada diez hogares son ya de pareja sin hijos. En el resto de Europa, también el 25 por ciento de hogares no tiene hijos y en Alemania el 40 por ciento de sus universitarias carece de descendencia. De ahí que el retrato del alemán corriente para la mitad de nuestro siglo bien podrá ser una persona de 51,2 años, sin hermanos, un primo y una madre anciana. Tal es el profundo cambio de la estructura milenaria de la vida humana al que estamos abocados. Y tal es el tabú silenciado –nada menos que la extinción de los hijos– con el que hay que enfrentarse intelectualmente y no solo desde un punto meramente economicista, como procuro hacer en un libro de próxima aparición titulado precisamente La extinción de los hijos.

Entre nosotros, las proyecciones demográficas establecen que el 40 por ciento de los jóvenes no tendrán hijos y la mitad de ellos no serán abuelos. Es la magnitud de esas cifras la que explica que cada uno tenga ya a su lado en circulo creciente parientes, conocidos, o amigos que han renunciado a la descendencia. Y cada vez, lo comprobará el lector en el próximo decenio, se acrecentará más el círculo de los sin-hijos como percibo en la mentalidad extendida entre mis alumnos y nos confirman las proyecciones demográficas. Por ello, si el siglo XX ha sido por varios motivos el de la evaporación de la figura del padre, nuestro XXI se perfila como el siglo de la desaparición también de la de la madre, esto es, de ambos progenitores. Pero no sé un mundo sin tales realidades –padre, madre, hermanos y abuelos– seguirá siendo habitable y humano. Más bien parece un «antimundo» donde el hijo –y por tanto el niño– se considera persona non grata por diversas causas que concurren en su evitación generalizada.

Todo esto, si se piensa despacio, resulta francamente perturbador. Tanto como el silencio que acompaña a este nuevo fenómeno que hasta hoy pasa extrañamente inadvertido en lo que atañe a la profunda alteración de nuestra vida, a su empobrecimiento en suma. Y que supone además que la idea misma de la pervivencia de la humanidad ha entrado en crisis y puede desaparecer en un futuro no remoto, no por un cataclismo natural o nuclear sino por una nueva amenaza sobreañadida: el triunfo de la infertilidad que es a la postre el fracaso de lo humano. Ya es concebible que el fin de la historia venga por una suma de pacíficas decisiones individuales anticonceptivas que lo provoquen conscientemente, como ha puesto de manifiesto desde Francia el catedrático de la Sorbona, Remy Brague. Actitud que, por otra parte, cuestiona frontalmente la idea dominante del progreso y sus bondades: en rigor, desde el no-hijo no cabe progresar al carecer de un mañana donde hacerlo.

Quizá esta es nuestra manera de finalizar como especie: sin sucesos violentos, simplemente, evitando los nacimientos y truncando la gran cadena de los más de 108. 000 millones de personas que se calcula que han venido a la existencia desde que el hombre es hombre. Como si esta civilización sin descendientes a la que nos encaminamos diera cumplimiento a los conocidos versos crepusculares de Eliot: This is the way the world ends/Not with a bang but a whimper (no con un estallido, sino con un quejido). En este caso, no con la explosión de llanto del niño que nace sino con el suspiro del anciano agonizante.

Volvamos al relato del flautista alemán que da título a estas líneas. Su leyenda se bifurca en dos finales distintos: en uno los niños nunca volvieron. En otro, más benigno, los moradores de la villa junto al Weser accedieron finalmente a pagar al músico lo convenido y este devolvió a los niños hechizados.

De nosotros depende optar a estas alturas, sin apenas niños como en Hamelín, por uno de estos dos desenlaces. Si tenemos presente aquella advertencia de Toynbee de que las civilizaciones mueren por suicidio y no por asesinato, quizá logremos desoír la música terminal tan extendida de aquella flauta.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Gestión de Recursos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares.

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