El nuevo Gaddafi / My chat with the colonel

Por Anthony Giddens, sociólogo británico y autor de La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia. Traducción de Jesús Cuéllar (EL PAÍS, 25/03/07 – THE GUARDIAN, 09/03/07):

Aparte de Fidel Castro, Muammar el Gaddafi es el último revolucionario que queda. En su mayoría, los que creían hace treinta o cuarenta años que se podía derribar el capitalismo y dar paso a un mundo diferente hace tiempo que han desaparecido. Ya no hay utopías y la política ha dejado de ser un asunto glamuroso.

Antes, Gaddafi no podía ser más antioccidental. Libia apoyaba al IRA y a otros grupos terroristas, proclamando constantemente la superioridad de su forma de Gobierno frente a cualquier otro rival. Aún hoy en día, al igual que en Cuba, los objetivos de la revolución se anuncian en todas las vallas disponibles. La imagen del Líder, como se conoce a Gaddafi dentro de su país, aparece por doquier.

Sin embargo, Gaddafi decidió en 2003 que su país debía comenzar a abrirse al resto del mundo. Libia estaba pasándolo mal a causa de las sanciones impuestas por la ONU y puede que a su dirigente le preocupara que, después de Irak, los estadounidenses centraran su atención en el país norteafricano. Renunció a su programa de desarrollo de armamento nuclear, en ese momento bastante avanzado, y, sin aceptar formalmente su responsabilidad en el desastre de Lockerbie, abonó indemnizaciones a los familiares de los fallecidos.

Libia es un país pequeño, con unos seis millones de habitantes. Y pobre, pese a sus enormes reservas de petróleo y gas. Sin embargo, su presencia internacional es considerable, gracias a la importancia de Gaddafi. Lo que ocurra en él podría influir no sólo en el Norte de África, sino en todo Oriente Próximo. ¿Hasta qué punto es auténtico el cambio de rumbo de Gaddafi? ¿Qué posibilidades existen de realizar una reforma eficaz en el país?

Para indagar en estas cuestiones fui a Libia hace unos días, con la intención de debatir con Gaddafi. Tres éramos los implicados. El moderador era David Frost y Benjamin Barber, un afamado experto en teoría de la democracia, participaría también en el encuentro. La conversación, que será emitida por la BBC y también a través de Internet, se prolongó durante hora y media. También contó con la asistencia de un buen número de periodistas. Era la primera vez en cuarenta años en el poder que Gaddafi participaba en un debate en público. Normalmente, en las raras ocasiones en que habla con los medios de comunicación, se limita a dar sus opiniones.

Para mí, este debate era un elemento esencial de la propia apertura de Libia al mundo después de años de aislamiento. Estábamos decididos a que no fuera un acto anodino o algo que pudiera dar a Gaddafi la oportunidad de pavonearse delante del público televisivo. Habría que presionarle con cuestiones relativas a la democracia, la reforma económica y los derechos humanos.

Libia se proclama un país democrático, supuestamente gobernado directamente por el propio pueblo. Gaddafi no tiene mucho tiempo para la democracia representativa. Como declaró durante la charla, la democracia occidental le parece una farsa. ¿Qué clase de democracia es esa, se preguntó, en la que un partido que tiene el 40% o menos de los votos gobierna en nombre de todo el mundo?

Personalmente, yo no tengo tiempo para esa clase de discusiones y así lo dije. Es falso que la democracia no cuente con respaldo popular en los países occidentales: más del 95% de la población de esas sociedades, votantes y no votantes, está de acuerdo en que quiere vivir en una democracia multipartidista. El sistema libio conduce a la dictadura, ya que Gaddafi ocupa el vacío dejado por la falta de mecanismos de gobierno eficientes. Libia necesita una nueva Constitución, en la que el sistema representativo tenga un papel fundamental.

No sé si al final Gaddafi aceptará este principio, pero tengo la impresión de que podría acabar haciéndolo. En lo tocante a reformas económicas, es mucho más abierto: lo que tenía que decir a este respecto me pareció alentador. Al contrario que muchos políticos de los países en vías de desarrollo, su idea de la globalización no es negativa, y reconoce que Libia debe cambiar para prosperar económicamente. Acepta la necesidad de reformar el sistema bancario, además de la diversificación económica, la formación de empresarios y el desmantelamiento de las ineficientes empresas estatales. En los últimos tres años se han hecho avances impresionantes para alcanzar esos objetivos.

En el contexto de otros Estados de partido único, Libia no es un país represivo. Gaddafi lleva una vida sencilla y parece que tiene realmente buena fama entre gran parte de la población. Nuestro debate sobre los derechos humanos se centró principalmente en la libertad de prensa. ¿Permitiría él una mayor diversidad de opiniones en el país? Por el momento no existe tal cosa, por lo menos en los medios de comunicación oficiales.

Para mí, la respuesta depende sobre todo de si se podrá acceder libremente a Internet y a múltiples canales de televisión. En realidad, lo segundo ya ocurre: parece que casi todas las casas de Libia tienen una antena parabólica, y aparentemente Internet está a punto de extenderse también por el país. Gaddafi ha respaldado un programa propuesto por Nicholas Negroponte, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), gracias al cual todos los habitantes del país, empezando por los escolares, podrán acceder por 100 dólares a ordenadores con acceso a Internet.

La gran pregunta es: ¿conseguirá Libia avanzar realmente sola cuando Gaddafi se retire de escena? Algunos dicen que sí, pero yo me inclino a pensar lo contrario. Si su deseo de cambio es sincero, y a mí me parece que sí lo es, Gaddafi podría tener un papel clave a la hora de atemperar el conflicto que, de otro modo, podría surgir cuando la modernización se afiance.

Al final del debate, David Frost nos preguntó a todos cuál sería nuestro futuro ideal para Libia dentro de dos o tres décadas. Yo contesté: una Noruega del Norte de África, un país próspero e igualitario que mire al futuro. Es difícil de conseguir, pero no imposible.

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Along with Fidel Castro, Muammar Gadafy is the last of the revolutionaries. Most of those who, 30 or 40 years ago, believed that capitalism could be overthrown, and a different world ushered in, have long since disappeared. The radical left now defines itself only by what it is against: America is the enemy, and anyone who stands up against the west must be a force for the good, no matter how corrupt or illiberal they might be.

Gadafy used to be as anti-western as they come. Libya supported the IRA and other terrorist organisations. He would affirm the superiority of his system of government over all challengers. In 2003, however, he decided that the country should open up. Libya was suffering as a result of UN sanctions; but Gadafy also seems to have decided that Libya must emerge from isolation. He renounced his programme for developing nuclear weapons. Libya has not formally accepted responsibility for the Lockerbie disaster, but has paid reparations to the relatives of those who died.

Libya has a small population. But what happens there could have an impact in North Africa and across the Middle East. How far is Gadafy’s change of direction real? What are the chances of effective reform? It was to explore these questions that I went to Libya with David Frost and Professor Benjamin Barber, a celebrated theorist of democracy, to engage him in debate.

Gadafy cut an imposing figure, clad in a gold-colour robe, and began by attacking multiparty democracy, which he sees as a sham. What kind of democracy is it, he asked, where a party with 40% or less of the votes rules in the name of everyone? I have no time for that argument and said so. It is just not true that multiparty democracy doesn’t have a popular mandate in western countries. More than 95% of people in such societies agree that they want to live in such a democracy. In Libya, what is a nice idea in principle – self-rule through a plethora of peoples’ committees – works out quite differently in practice.

Gadafy steps into the vacuum left by the absence of effective mechanisms of government, and the result is a de facto dictatorship. Libya will not progress if the current system stays intact. Libya needs a new constitution, and representative government must play a significant part in it. On economic change, Gadafy was less equivocal. He was not negative about globalisation, as so many politicians in developing countries are, and recognised that Libya must change to prosper. He accepts the need to reform banking, diversify the economy, train entrepreneurs and dismantle inefficient state-owned enterprises. Impressive progress has been made towards these objectives in the past three years.

As one-party states go, Libya is not especially repressive. Gadafy seems genuinely popular. Our discussion of human rights centred mostly upon freedom of the press. Would he allow greater diversity of expression in the country? There isn’t any such thing at the moment. Well, he appeared to confirm that he would. Almost every house in Libya already seems to have a satellite dish. And the internet is poised to sweep the country. Gadafy spoke of supporting a scheme that will make computers with internet access, priced at $100 each, available to all, starting with schoolchildren.

Will real progress be possible only when Gadafy leaves the scene? I tend to think the opposite. If he is sincere in wanting change, as I think he is, he could play a role in muting conflict that might otherwise arise as modernisation takes hold. My ideal future for Libya in two or three decades’ time would be a Norway of North Africa: prosperous, egalitarian and forward-looking. Not easy to achieve, but not impossible.