El nuevo 'procés'

El ‘procés’, iniciado por Artur Mas en diciembre de 2012, está muerto y sepultado. Los enterradores han sido los votantes independentistas. La certificación de su defunción llegó en las últimas elecciones autonómicas. En febrero de 2021, los partidos secesionistas perdieron 641.585 votos, siendo estos el 30,9% de los recibidos en diciembre de 2017.

A pesar de ello, las formaciones separatistas continuaron recibiendo 1.437.755 votos. Suponían un 50% de los sufragios y 74 de los 135 escaños del Parlament. No obstante, el apoyo cualitativo a los anteriores partidos había disminuido más que el cuantitativo y la consecución de una amplia mayoría social independentista estaba cada vez lejos.

En el último lustro, las características cualitativas de su respaldo popular habían cambiado sustancialmente. En septiembre de 2015, sus simpatizantes acudieron a las urnas con gran alegría e ilusión, confiaban en sus líderes y creían que la independencia estaba muy cerca. En diciembre de 2017 lo hicieron como muestra de apoyo y solidaridad a unos dirigentes «en el exilio» y en prisión, después de un muy tímido intento de autodeterminación. Ya no estaban ni alegres ni ilusionados, sino afligidos.

En febrero de 2021, sus votantes eran menos, seguían de duelo y no habían superado la frustración generada por el procés. Cada vez había más desencantados. A lo largo del año, su número siguió creciendo por las continuas disputas entre los partidos separatistas y una mesa de diálogo entre Gobiernos sin ningún resultado tangible. La independencia no la veían más cerca sino bastante más lejos e incluso algunos empezaban a considerarla una quimera.

Sin embargo, su petición a los dirigentes secesionistas de la generación de 2012 continuaba siendo la misma: la separación de Catalunya de España. Nada más, pero tampoco nada menos. Es lo que ellos les prometieron una y otra vez durante el difunto procés. Por tanto, aquellos se enfrentan a un dilema: lograr una amplia mayoría social que haga posible la independencia unilateral o convertirse en unos políticos jubilados.

A todos sus dirigentes no les exigen igual, pues a los creadores del procés les piden mucho más que a los nuevos. Si los últimos consiguen poco a poco algunas competencias adicionales, mayores inversiones que en el reciente pasado y un mayor presupuesto para la Generalitat probablemente se den por satisfechos. Especialmente si, de vez en cuando, lanzan una soflama independentista sin ninguna repercusión real. Una combinación que supondría la resurrección de la política pujolista, cada vez más añorada por pequeños y medianos empresarios nacionalistas.

No obstante, la mayoría de los viejos rockeros no quieren retirarse ni aceptan una confortable prejubilación. Por su mayor resistencia, destaca especialmente uno: Oriol Junqueras, quien pretende cumplir su sueño de adolescente. En concreto, conseguir la presidencia (espera que Sánchez en 2024 le quite la inhabilitación para ejercer un cargo público), superar los logros de su ídolo (Jordi Pujol) y llevar a los catalanes a la Tierra Prometida (un Estado propio).

Para conseguir su propósito, ha diseñado una estrategia a largo plazo con cuatro grandes objetivos: cohesionar a los distintos partidos separatistas, volver a movilizar a los partidarios de la independencia, atraer a la causa a los desertores y engañar a los constitucionalistas con ocho apellidos catalanes.

Dicha estrategia implica volver a los orígenes, dar un paso atrás para enseguida efectuar dos hacia delante y generar un nuevo procés. Esta vez la mayoría social que lo apoye debe ser tan amplia que asegure su éxito. Sus cimientos serán la defensa de la lengua catalana y el estricto cumplimiento del monolingüismo en la escuela. Los valores sobre los que en la década de los 80 Jordi Pujol, con la inestimable colaboración de los nacionalistas burgueses que mandaban en el PSC, empezó a construir el patriotismo catalán.

Para el líder de ERC, la estrategia triunfará si la mayor parte de la ciudadanía considera al catalán en peligro de extinción y a la inmersión lingüística un gran éxito. En realidad, la última nunca ha existido, pues lo que realmente ha habido es monolingüismo en la educación no universitaria. Hasta ahora, en esta el castellano ha tenido una importancia igual o menor que una lengua extranjera como el inglés en el resto de España.

Para conseguir su propósito, la Generalitat y las asociaciones generosamente subvencionadas por ella generarán numerosas noticias falsas. Algunas de ellas serán encuestas que señalarán el gran retroceso del catalán en el comercio, análisis que demostrarán un mayor conocimiento del castellano por parte de estudiantes de secundaria en Catalunya que en Andalucía o Murcia y estudios que indicarán la escasa penetración de la lengua entre los inmigrantes.

La nueva campaña publicitaria buscará convencer a la mayor parte de la población de que el catalán solo será un idioma muy utilizado en Catalunya si esta se convierte en un Estado independiente. En caso contrario, se encuentra condenado a un declive irremediable que puede dar lugar a su extinción. Una y otra vez, las terminales mediáticas del independentismo insistirán en que la última es una de las principales metas de los partidos políticos españoles y la judicatura.

En dicha campaña, los defensores del bilingüismo se convertirán en enemigos de la anterior lengua y paulatinamente cambiará la definición de catalán que, por motivos electorales, Jordi Pujol hizo popular en la década de los 80: «Lo es quien vive y trabaja en Catalunya y quiere serlo». Si la operación tiene éxito, solo lo será quien siempre utiliza el idioma materno de Espriu o Rodorera.

Si la iniciativa se concreta de una forma similar a la planteada, el independentismo cometerá un nuevo colosal error. Ni podrá convertir Catalunya en «un solo pueblo», el antiguo deseo de los nacionalistas y el reciente de los separatistas, ni conseguirá marginar al castellano. La lengua materna no es la de la escuela, sino la de casa. Afortunadamente, cada vez hay más padres que hablan a sus hijos en las dos, uno en cada una.

Desgraciadamente, la principal víctima de una mayor imposición del catalán podría ser el propio idioma, pues no sería descartable que numerosas personas por rebeldía descartaran utilizarlo asiduamente, a pesar de dominarlo. Por tanto, se convertiría únicamente en la lengua de los separatistas, lo mismo que la Diada ha pasado a ser la fiesta de los independentistas y ha dejado de ser la de todos los catalanes. Si así sucediera, una equivocación conduciría a otra, pues una elevado dominio de ambos idiomas constituye una gran virtud.

La anterior estrategia difícilmente podrá ampliar significativamente la base independentista. En primer lugar, porque no estamos en la década de los 80 de la pasada centuria, sino en la tercera del siglo XXI. El catalán no ha sido recientemente represaliado, sino muy fomentado por la Generalitat. En segundo, debido a que la mayor parte de la población valora las ventajas del bilingüismo.

Así, por ejemplo, en una reciente encuesta efectuada a 1.500 familias por tres investigadores independientes, casi todas preferían que sus hijos aprendieran distintas lenguas en la escuela. También los votantes de Esquerra y Junts, quienes deseaban que sus hijos utilizaran el castellano en el 21% y 20%, respectivamente, de las horas lectivas.

En tercero, por la escasa credibilidad actual de los políticos independentistas de la generación de 2012. El elevado apoyo popular al procés original estuvo inicialmente sustentado en la confianza de muchos ciudadanos en Artur Mas. Un dirigente al que consideraban serio y cabal que demostró ser exactamente lo contrario. A muchos de los que engañaron difícilmente lo volverán a hacer en los próximos años.

En definitiva, el catalán goza de muy buena salud. Una noticia de la que todos los habitantes de Catalunya nos hemos de congratular, aunque a algunos nos gustaría que en la administración autonómica y en la educación no universitaria el castellano dejara de tener el tratamiento de lengua extranjera.

La agitación lingüística de los últimos meses es simplemente una maniobra política. Su principal finalidad es activar a los independentistas desencantados, invertir el lento declive en apoyo popular de los partidos separatistas y crear un nuevo procés.

Esta última es la única opción que los generadores de la declaración de independencia de octubre de 2017, y especialmente Oriol Junqueras, disponen para continuar en la primera línea política. Su verdadero relevo de la sala de mandos e irreversible jubilación sería la mejor noticia para Catalunya de las últimas dos décadas.

Gonzalo Bernardos es economista y profesor de la Universidad de Barcelona.

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