El nuevo rumbo de Turquía

Últimamente Turquía ha estado en el primer plano de los debates internacionales de economía y política. Por un lado, a pesar de la crisis económica que envuelve a la vecina Europa, nuestro país sigue siendo la segunda economía de más rápido crecimiento después de China. Por otro lado, casi no hay tema en la agenda mundial -de Irak y Afganistán a Somalia, Irán y la Primavera Árabe, y del desarrollo sostenible a un diálogo entre las civilizaciones- en el que Turquía no tenga un papel visible.

Se trata de un fenómeno bastante nuevo. Hasta hace una década, nuestra nación era vista como poco más que un firme aliado de la OTAN. Sin embargo, esto comenzó a cambiar en 2002, cuando se inició una era de estabilidad política, dando lugar a la visión de una Turquía más fuerte y un firme compromiso con hacerla realidad.

Con este fin, desde el año 2002 los gobiernos turcos han llevado a cabo audaces reformas económicas que allanaron el camino a un crecimiento sostenible y proporcionaron protección frente a la crisis financiera que estalló en 2008. Como resultado, en menos de una década el PIB se ha triplicado, convirtiendo al país en la decimosexta mayor economía del mundo. Lo que es más: el país se beneficia de sólidas finanzas públicas, una política monetaria prudente, una dinámica sostenible de la deuda, un sistema bancario fuerte y el buen funcionamiento de los mercados de crédito.

Al mismo tiempo, hemos ampliado el alcance de los derechos individuales, que por largo tiempo habían estado subordinados a problemas de seguridad. Hemos racionalizado las relaciones cívico-militares, garantizado los derechos sociales y culturales, y prestado atención a los problemas de las minorías étnicas y religiosas. Estas reformas transformaron a Turquía en una democracia vibrante y una sociedad más estable, en paz consigo misma y capaz de ver su entorno externo bajo una luz diferente.

En pocas palabras, dejamos de ver nuestra geografía e historia como una maldición o una desventaja. Por el contrario, comenzamos a ver nuestra ubicación en la encrucijada de Europa, Asia y Oriente Próximo como una oportunidad para interactuar simultáneamente con diversos actores.

Como resultado, comenzamos a tender lazos con nuestros vecinos y países de otras regiones. Hemos buscado ampliar el diálogo político, aumentar la interdependencia económica y fortalecer el entendimiento cultural y social. Y, si bien diez años es muy poco tiempo para realizar una evaluación definitiva de una política tan ambiciosa, no hay duda de que hemos avanzado bastante. Por ejemplo, solo con nuestros vecinos hemos cuadruplicado el volumen de comercio.

En varias ocasiones, también hemos cumplido una función de facilitación de la paz y la reconciliación. Pero lo más importante es que Turquía se ha convertido en un modelo de éxito que muchos países de nuestro entorno ya intentan emular.

Y, sin embargo, hasta un año o dos algunos había analistas políticos que se preguntaban,”¿Quién causó la perdición de Turquía?” o “¿A dónde va Turquía?”… el supuesto era que Turquía se había alejado de Occidente en la orientación de su política exterior. De hecho, su orientación externa se ha mantenido constante, porque se basa en los valores que compartimos con el mundo libre. Lo que ha cambiado es una mayor firmeza en nuestros esfuerzos por lograr mayores niveles de estabilidad y bienestar humano en nuestra región, evidente en nuestra defensa de la libertad, la democracia y la rendición de cuentas, no sólo para nosotros mismos, sino también para los demás.

Este enfoque se ha reflejado en la Primavera Árabe, que hemos apoyado fervientemente desde el principio. No hemos dudado en ponernos del lado de aquellos que luchan por sus derechos y dignidad. De hecho, somos el socio más activo de países como Túnez, Egipto, Libia y Yemen, que hoy intentan institucionalizar el cambio; compartimos con ellos nuestra experiencia y les proporcionamos ayuda tangible en forma de cooperación económica y fortalecimiento de capacidades políticas.

Por otra parte, en Siria la revolución todavía no ha llegado a buen término, debido a la brutal represión del régimen a sus oponentes. Cada día, decenas de personas mueren allí buscando la dignidad. Turquía está haciendo todo lo posible para aliviar el sufrimiento del pueblo sirio pero, lamentablemente, hasta el momento la comunidad internacional en su conjunto no ha dado una respuesta eficaz a la crisis.

La posición de Turquía sobre el programa nuclear de Irán ha sido igualmente clara: nos oponemos categóricamente a la presencia de armas de destrucción masiva en nuestra región. Los intentos de desarrollarlas o adquirirlas podrían desencadenar una carrera armamentista regional, llevando a una mayor inestabilidad y amenazando la paz y la seguridad internacionales. Por eso siempre hemos llamado al establecimiento de una zona libre de ADM en Oriente Próximo, lo que incluye a Irán e Israel.

Apoyamos el derecho de Irán a usar energía nuclear con fines pacíficos. Sin embargo, su programa debe ser transparente y sus gobernantes deben convencer a la comunidad internacional de su naturaleza no militar. La clave es cimentar vínculos de mayor confianza y allanar el camino para un diálogo significativo. En abril, fuimos anfitriones de la ronda inaugural de las renovadas conversaciones entre la comunidad internacional e Irán.

Seamos claros: este problema no se puede solucionar por medios militares. Una intervención armada no haría más que complicar aún más el asunto, al tiempo que crearía nuevos niveles de conflictos en nuestra región y su entorno.

En este y otros temas, Turquía se esfuerza por actuar como una “potencia virtuosa”, lo que nos obliga a alinear nuestros intereses nacionales con valores como la justicia, la democracia y la dignidad humana, y lograr nuestros objetivos de política exterior mediante la cooperación mutua en lugar de la coerción.

El multilateralismo eficaz es un aspecto clave de esta visión. Turquía fue miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el período 2009-2010, y ahora busca un nuevo mandato en 2015-2016. Dada la importancia crucial del desarrollo de los acontecimientos en nuestra parte del mundo, la contribución de Turquía a la labor del Consejo promete ser de gran valor.

Además, en 2015 nuestro país asumirá la presidencia del G-20, y tenemos el compromiso de usar nuestros medios y capacidades para convertirlo en un órgano más eficaz de gobernanza global.

La transformación interna de Turquía en la última década la ha situado en una posición ideal para beneficiar a la región y, por tanto, al resto de la comunidad mundial. Si bien hemos logrado mucho ya, se necesita más de nosotros. Teniendo en cuenta los desafíos de nuestra región y su papel central en los asuntos mundiales, Turquía no se abstendrá de asumir nuevas responsabilidades.

Abdullah Gül is President of Turkey. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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