El ocaso del peatón

El paseante ciudadano ya no existe, al menos en las grandes ciudades. El ruido, el deterioro del medio ambiente, la congestión de las aceras, los olores despedidos por alcantarillas y otros desagües urbanos, las obras continuas, la inseguridad …hace tiempo que el paseante mutó en peatón, y este consiguió unos derechos. Las aceras se erigieron en su reino indisputable, y los pasos de cebra en su derecho inalienable. Incluso las ciudades se llenaron de árboles, se abrieron algunos parques y se cerraron crecientes espacios al tráfico. La era dorada del peatón. En urbes como París se pusieron de moda los «pasajes bellos» que unen y embellecen patios y espacios interiores, y en otras como Londres, Berlín o Barcelona proliferaron los hubs tecnológicos, todos ellos amistosos con el peatón.

La calle actual, sin embargo, ha devenido en jauría, y eso que aún estamos en los comienzos de la era de la nueva movilidad. La bicicleta ha sido entronizada en Europa, y en algunas ciudades ha invadido insolentemente los bordillos, y los parques. Hoy se corre mucho riesgo en las calles de Amsterdam, y no digamos ya en el otrora apacible Hyde Park, a cuya entrada hay que mirar a izquierda y derecha para que un loco en bici de carretera no te atropelle a 40 km/hora. Grupos de turistas de toda clase y condición, encaramados a caballos de carbono o a patines de gruesas ruedas, creen descubrir la ciudad en inaccesibles rincones, y siembran así el pánico de quien les sale al paso. No digamos ya los ciclistas con chepa en la espalda, que para délivrer la comida basura que esconden en ella, tienen a bien saltarse todos los semáforos que encuentran en su camino.

Pero el enemigo público del peatón, el que amenaza con arrumbarlo a los confines de rondas y avenidas, es el patinete. Siempre hemos creído que los perros, o los carritos de la compra, no debían abandonarse, así como así, en lugares aleatoriamente seleccionados. Tan singular prerrogativa ha sido reservada al patinete. No resulta ya extraño que a la salida de cualquier portal uno de estos anómalos artefactos se nos insinúe con descaro, como incitándonos a travestirnos en flamantes emperadores de las aceras. El patinete es al enlosado bulevar lo que el snowboard a la blanca pista, ambos se deslizan en silencio a velocidades de vértigo, y tienen a gala ensañarse con los movimientos espasmódicos y caprichosos del peatón, o con el torpe deambular del esquiador que premiosamente desciende haciendo cuña. Hay muchas clases de patinetes: los clásicos, los dos motorizados con ruedas verticales, los de ruedas horizontales, pronto veremos skate o patines propulsados por alguna energía verde…y en poco tiempo nos sobrevolarán drones que vigilarán las calles y repartirán los paquetes que alimentan nuestra sociedad de hiperconsumo. Algunos peatones no quieren ser menos: así, el peatón-maletero, ya no teme la dialéctica protección/agresión desde que su bulto es rodante; o el peatón-mochilero, que se ampara en su macuto para defenderse y empitonar si es necesario a los que caminan desvalidos. De entre estos, el peatón-conectado es el que tiene más papeletas para llevarse empellones, atontolinado como va succionado por la pantalla del móvil, o cotorreando por sus i-pods, es un blanco perfecto para la jauría que puebla las travesías de nuestras aguerridas ciudades.

La nueva movilidad nos entusiasma a todos porque es más limpia y ecológica, y aunque cada vez menos autopropulsada, presenta toda la apariencia de la vida sana. Ir hoy a la oficina, o hasta entrar en ella, a lomos de una bici o de un patinete eléctrico es signo de progreso, de respeto por los derechos de las nuevas generaciones, de bienestar colectivo. Al peatón le queda soñar con vías despejadas; la calle le ha sido expropiada, tendrá que compartirla con objetos cada vez menos identificables, asumir una mayor cuota de riesgo por circular pacíficamente, quizás rearmarse con cascos, coderas y espinilleras, o proveerse de radares de bolsillo, y renunciar a su inmerecido sosiego en favor de la modernidad. Así avanza a veces la humanidad.

Santiago Eguidazu, presidente ejecutivo de ALANTRA.

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