«El odio nunca puede ser bueno»

Conviene aprender de los mejores, fuente de sabiduría. En este caso, de Baruch de Spinoza o –mejor– Benito Espinosa, que así gustaba llamarse aquel judío sefardí cuya familia se refugió en Holanda en busca de tolerancia. La encontró solo a medias, porque el filósofo fue perseguido por casi todos y su referente político, Johan de Witt, fue cruelmente asesinado por los sicarios del calvinismo radical. En efecto, «el odio nunca puede ser bueno», escribe en su famosa e influyente 'Ética', publicada de forma póstuma en 1677. Es la proposición XLV de la parte cuarta, que conlleva también este significativo corolario: «La envidia, la burla, el menosprecio, la cólera, la venganza y demás afecciones que se relacionan con el odio o nacen de él, son cosas malas».

Acudo al pensador panteísta aunque podría buscar citas en otros muchos textos de raíz socrática, estoica y –por supuesto– cristiana. Nos gusta odiar, a veces más que amar. O las dos cosas a la vez, sin que veamos en ello contradicción alguna. Grave error: el que ama a los 'nuestros' y odia a los 'ajenos' no merece crédito alguno. El odio personal es mezquino y estéril. Dice mucho, y dice mal, de quien lo practica. Refleja ese triste resentimiento que traduce el fracaso del propio proyecto vital, aunque muchas veces se aprecia igualmente en quienes aparentan ser triunfadores pero no están satisfechos de sí mismos. Peor para ellos: según el muy certero dictum del Sócrates platónico, los buenos somos más felices. Y no es falso consuelo.

Pero mi tema de hoy es el odio político, enemigo natural de la concordia, refugio de gentes agresivas y poco inteligentes. Hemos pasado en pocos años (pandemia y guerra mediante, que no son poca cosa) desde la frivolidad posmoderna a la intransigencia populista. Tal vez haya sido sin querer, o quizá por falta de reflexión, pero la ausencia de dolo no exime de la responsabilidad moral. Es relativamente sencillo discernir las causas de ese populismo, forma contemporánea de la demagogia, que enturbia la convivencia cívica: crisis económicas mal gestionadas; desencanto, a veces merecido, con la democracia de partidos; deslealtad injustificada al proyecto constitucional. El panorama se torna oscuro y deprimente pero hay que resistir la tentación de abandonar la lucha por los principios.

Recuerdo haber contado hace años en esta Tercera mi experiencia en la fiesta del Palio en Siena, en pleno ferragosto toscano. Tiene lugar en la hermosa plaza del Campo, donde se ubica el palacio que guarda los frescos de Ambrosio Lorenzetti, las alegorías del buen y del mal gobierno, obra del siglo XIV. Símbolo clásico de la Teoría Política, Quentin Skinner o Manuel García-Pelayo han escrito sobre ellos. Por justicia del azar, se conserva mejor el mural que muestra los efectos benéficos de la bondad política. El odio inspira el mal gobierno: oscuridad, desconfianza, enemistad… En el lado opuesto: limpieza, pulcritud, armonía… Es fácil tomar partido, basta con el más elemental sentido común. Escuchemos a Sancho Panza, mucho antes de su efímero mandato en la ínsula prometida: «…aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo de esto que llaman buen gobierno».

La democracia constitucional es la única forma legítima de gobierno a estas alturas del tiempo histórico porque permite encauzar las desavenencias a través del juego limpio. Es lícito, faltaría más, pensar de manera diferente sobre los asuntos públicos. Pero siempre sobre la base de un acuerdo sobre lo esencial, aquello que durante la Transición se llamo consenso. Señas de identidad: Estado social y democrático de derecho; Monarquía parlamentaria; presencia en Europa; modelo autonómico plenamente compatible con la soberanía nacional única. Donde termina ese acuerdo, empieza la política cotidiana, donde es lógica y natural la discrepancia, reflejo de una sociedad abierta.

Hasta aquí la posición de la gente razonable, bien dispuesta hacia la integración. Pero quien odia el adversario y lo convierte en enemigo existencial (la distinción ya muy manida procede de Carl Schmitt) causa daños de difícil o imposible reparación. Si no podemos alcanzar –como sería deseable– la amistad cívica, busquemos al menos el mínimo común. Por desgracia, la política española (y no es la única, a día de hoy) tiende hacia los extremos y rechaza la moderación. A veces eso se traduce en partidos nuevos, más ocurrencias que instituciones, que se diluyen con el tiempo pero dejan un legado de frustraciones.

Peor todavía cuando el odio alcanza a los partidos 'sistémicos', más instituciones que ocurrencias, es decir, a ese centro-derecha y a ese centro-izquierda que vertebran políticamente a las sociedades civilizadas. Porque el odio y sus secuelas carecen de grandeza alguna. Odiar es mezquino, decía, y tampoco sirve para nada: el fracaso del enemigo no te hace feliz, porque el ser humano no solo quiere ganar, sino tener razón. Y la razón surge de la discusión racional y libre, no admite trampas en las reglas del juego, ni vale mentir sobre los hechos concluyentes.

La verdad histórica debe contarse sin distorsiones. Durante los Cursos de La Granda, un clásico del verano académico asturiano, hemos recordado estos días la figura de sir John Elliott, maestro de varias generaciones, fallecido hace pocos meses. Recuerdo aquí el acto del jurado que le otorgó en el ya lejano 1996 el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por su labor científica, capaz de «deshacer tópicos y estereotipos» del pasado español. Una brillante contribución a la convivencia, porque los historiadores –volvemos a Cervantes– han de ser «puntuales, verdaderos y nonada apasionados, que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad…». Gran virtud es, en efecto, ser ecuánime e imparcial. Porque el odio nubla la vista y tuerce la voluntad; sustituye el juicio por el prejuicio; juega en el campo del mito y no del logos.

No hay grandeza ninguna en la lucha a garrotazos que nos enseña Goya a modo de advertencia. Solo barbarie, ignorancia y brutalidad. El mérito verdadero deriva de la moderación, el buen sentido, la búsqueda de la concordia. Las falacias nacionalistas, ideológicas, sociales o culturales pretenden justificar el odio. Y de ahí –otra vez Spinoza– la envidia, la burla, el menosprecio, la cólera, la venganza… Peor todavía: la violencia. Refugio para gentes incapaces de entender la complejidad del mundo y de la condición humana en su realidad confusa y contradictoria, la única que vale la pena. Allá los dogmáticos con sus creencias inmutables. Los moderados preferimos compartir la sabia reflexión de Dante: «…porque más que saber, me agrada dudar».

Benigno Pendás es presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

1 comentario


  1. Este señor se ha olvidado de un letal elemento: la superioridad moral pretendida por los demagogos populistas [autodenominados progresistas]

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