El odio

Sei Shonogan, la dama de la corte imperial del Japón del siglo X, de la que ni siquiera conocemos su verdadero nombre, dejó escrito un pequeño libro que, a la manera de un diario, describía lo grande sin dejar de prestar atención a lo pequeño. Convertido en un clásico de la literatura universal, el Libro de la almohada sorprende por las enumeraciones de los asuntos más variados. Desde las cosas y gentes que deprimen hasta las que aceleran el corazón; desde las más desagradables o vergonzosas, hasta las más soberbias y espléndidas. Una de las secciones más interesantes del libro versa sobre las situaciones que nuestra autora consideraba aborrecibles. Para una mujer como ella, que vive en el palacio imperial de Kyoto, las cosas que producen desagrado o incomodidad se confunden con las que son objeto del más horrible de los desprecios. Muy en consonancia con nuestro uso contemporáneo, Sei Shonogan encuentra casi todo odioso: la visita que no se va cuando debiera y el pelo que ensucia el pincel. La persona mayor que se calienta en el brasero es tan odiosa como el borracho que grita y vocifera; el ruido de un carruaje, tan incómodo como una bandada de grajos. En su catálogo, hay lugar para lo grande y lo minúsculo, lo sensorial y lo moral. Lo meramente molesto se mezcla con lo despreciable, de modo que la maledicencia convive con la fatiga o la impudicia con la contrariedad. El ruido del mosquito que nos perturba durante la noche es tan odioso como la injuria que nos afrenta. Por el mismo motivo, animales, cosas y personas pueden ser odiados por igual, a veces incluso por los mismos motivos.

El odioAun cuando el libro fue escrito hace más de mil años, sus enseñanzas no están muy alejadas de nuestros usos contemporáneos. Más bien al contrario. Asistimos en nuestros días a una proliferación de la economía de la animadversión, que inunda lo doméstico y anega lo público. A la manera del diario de Shonogan, confundimos con frecuencia lo incómodo con lo injusto. Quizá por la influencia de la lengua inglesa, y de una cultura cinematográfica que cultiva la llantina y el capricho, hemos pasado a escuchar «lo odio» donde antes sólo se decía «no me gusta». Incapaces de aceptar la negativa o de convivir con la frustración, vemos desaparecer los mil matices que se ocultan entre el desagrado y el enconamiento, entre la molestia pasajera y el mal radical. Por si fuera poco, la influencia de las redes sociales en la geografía de las pasiones ha servido para poner nombre a quienes odian, a los haters, convirtiéndolos en protagonistas de un nuevo drama social en el cual el odio, lejos de ser una excrecencia moral, se ha tornado en signo de distinción y ornamento de la política. La pasión que el mundo antiguo identificó con una reacción visceral ante la injusticia, ha pasado a ser una expresión de la frivolidad, el último refugio del razonamiento prejuzgado.

En el conjunto de la tradición clásica, el odio fue comparado muchas veces con la envidia o la malignidad, equivalente a la felicidad que producía en algunos la desgracia ajena. Antes de que los delitos de odio entraran en los códigos penales europeos como parte de la lucha frente al nacional-socialismo, solo la judicatura estadounidense lo había convertido en un sentimiento susceptible de acción penal. En ambos casos, la legislación llevaba aparejada la idea de que el acto criminal se había cometido contra alguien por el mero hecho de pertenecer a un colectivo, ya fuera de negros, de judíos o de indios. Pese a todas estas prevenciones, no escasean los ejemplos de quienes se presentan ante los demás como adalides del odio, a veces con disimulo y otras incluso con presunción. En un artículo publicado hace unos días en The Washington Post, Suzanna Danuta Walters, por ejemplo, se atribuía el derecho a odiar a (todos) los hombres, sin distinción alguna: «Tenemos todo el derecho a odiaros», escribía. Mientras que esta profesora de estudios de género de la North Eastern University encuentra criminal menospreciar a los homosexuales, no tiene dificultad alguna en despreciar públicamente a los heteros. Su posición forma parte de cierta exaltación contemporánea de un sentimiento que se ondea como bandera y se pregona sin vergüenza. La frivolidad llega al extremo de establecer distinciones allí donde ni siquiera debiera haber matices. Quizá no estaría de más recordar que el odio hacia los varones no es mucho mejor que el odio hacia las mujeres. De la misma manera que el odio hacia los judíos no es mejor ni peor que el desprecio a los musulmanes, o el menosprecio a los españoles. Quienes odian a los pobres no se distinguen mucho de quienes detestan a los ricos. Quienes amenazan a los reyes no odian menos que quienes insultan a los plebeyos.

En las prácticas contemporáneas de la enemistad convive lo peor de dos mundos. Por un lado, asistimos impávidos al triunfo del odio como basamento y soporte de los grupos sociales más diversos. Los haters no solo han llegado a la perversión de confundir el disgusto con la injusticia, sino que han convertido la apología del desprecio en la quintaesencia de la catadura moral. La capacidad casi mágica de las nuevas políticas sentimentales permite que la amistad, contra toda lógica, se apoye en el deseo de aniquilación de otros, antes que en el sueño de la felicidad mutua. El mismo encantamiento permite hacer pronunciamientos en nombre de grupos dotados de prerrogativas y derechos. En esto se distinguen de la japonesa Shonagon, desde luego. Jamás sugirió que sus fobias formaran parte de la experiencia colectiva de las damas de la corte, de las japonesas de Heian o del orden femenino. En segundo lugar, pero no menos importante, la moda del odio posibilita condenar a grupos enteros de la población a partir de la conducta de unos pocos. De ahí que, al contrario que la cólera o la indignación, no ceda con el tiempo ni atienda a razones. Ni siquiera el sufrimiento de los victimarios será suficiente para reparar la herida de las posibles víctimas, porque quien odia ya no persigue la justicia, sino la aniquilación. Podemos hacer bromas, desde luego, y pensar que la acelga que nos disgusta o el mosquito que nos perturba durante la noche son solo la expresión de esos malditos insectos o de las no menos horribles verduras, a las que habrá que perseguir de día y de noche, hasta que nadie vuelva jamás a pronunciar su nombre. Podemos también responsabilizarnos del valor de las palabras y comprender las razones que, hace no demasiado tiempo, llevaron a considerar que la proclamación pública del odio no sólo constituía una afrenta moral que debía censurarse, sino un delito genuino: la justificación más infame de la violencia.

Javier Moscoso, filósofo.

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