El olvido de los muertos

1 de noviembre (Día de Todos los Santos). 2 de noviembre (Día de los Fieles Difuntos). Como ya sabía el filósofo francés La Rochefoucauld en el siglo XVII, ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente; por eso, durante las primeras horas de cada mes de noviembre, las tumbas y los nichos de los cementerios se llenan de rosas, lirios y crisantemos.

Cuando murió Ángeles, la mujer de Miguel Delibes, las persianas de la casa permanecieron varios días bajadas. Una de las hijas, entonces una niña, recuerda: “Fue horroroso; no podíamos ni cantar. No querías volver del colegio”.

Aunque nos digan que los niños —como los animales— no sepan que van a morirse, no es cierto. Mi hijo mayor, a los cuatro años, ya me preguntó: “¿Cuando nos morimos nos enteramos? ¿Cuando nos morimos hace daño?”. Lo que sucede es que muchos padres mienten, hablándoles de cielos en los que ya no creen o, directamente, remitiéndoles a la edad adulta, pues pensamos que para entonces ellos habrán sembrado su propio camino con excusas —amor, trabajo, amigos— para no pensar en la muerte.

Durante la Edad Media, las guerras y las pestes (plasmadas en los cuadros de El Bosco y Brueguel) normalizaron la muerte. A finales del XIX, en su Diario, los hermanos Goncourt cuentan cómo quedaban en París con otros escritores franceses para hablar sobre ella.

Juan Rulfo, cuyo Pedro Páramo está poblado de muertos, buscaba nombres para sus personajes paseando por los cementerios. Y, hasta hace no demasiados años, los muertos eran velados en los hogares. Sin embargo, el siglo XX traería la velocidad, el consumismo, el culto al cuerpo, el laicismo, el anhelo de inmortalidad…

Escribiría Octavio Paz: “Los habitantes de ciudades como París, Londres y Nueva York no pronuncian la palabra ‘muerte’ porque quema los labios”. Hoy en día, con los avances médicos y las nuevas tecnologías, quema los labios de la mayoría de personas, aunque vivan en aldeas. Morirse no está de moda, nunca lo estuvo menos.

Y ahora un intempestivo virus contagia nuestros Estados del bienestar y ya solo parece quedarnos la nostalgia

Cuando Max Aub regresó a España después de treinta años (1969), lo que más le sorprendió fue cómo había cambiado la imagen de la muerte: “Como se reflejaba todavía en la literatura de Unamuno o de Azorín, o de Antonio Machado… España es ahora un pueblo mucho más alegre. Tal vez por el turismo, ha perdido esa mortaja, ese luto”. (Una muestra de la complejidad humana es que, aquel mismo año, el psiquiatra López Ibor —conversando en Madrid con Salvador Pániker— dijera: “En nuestro tiempo tenemos una angustia más pura, más desgarradora, debida a ese fenómeno general del ateísmo. El hombre queda reducido a sí mismo y la angustia se hace más profunda”).

Desde la Antigüedad hasta 2020, tantos siglos después, los filósofos siguen sin hallar respuestas para el mayor de los dilemas. Antonio Escohotado tampoco tiene una concreta: “O verdaderamente llega la santa nada, como yo deseo; o si no, a lo mejor, vuelvo a ver a mi hijo, a quien tanto echo de menos, y a mis padres”. A Escohotado, quizá influido por aquella sentencia de La Rochefoucauld, le gustaría morir como Sócrates: envuelto en una sábana para que nadie le vea la cara.

Este 2020, igual que los cuadros y grabados de El Bosco, Holbein y Brueguel, el coronavirus nos ha familiarizado con la muerte, y eso no se lo perdonamos. Décadas de estímulos para desvanecer nuestros vacíos, nuestros miedos, nuestros sufrimientos, arrinconando a los muertos en los cementerios para que sus espejos deformados no nos recuerden que nosotros también moriremos, que los pájaros seguirán cantando cuando ya no estemos… y ahora un intempestivo virus contagia nuestros Estados del bienestar y ya solo parece quedarnos la nostalgia.

Escucho a Juan Manuel de Prada en la radio el sintagma “La democracia de los muertos”: “Una determinada generación, en un determinado momento histórico, no tiene derecho a destruir la labor que han hecho muchas generaciones a lo largo de la Historia”.

Leo a Delibes en La sombra del ciprés es alargada: “Pensé escribir un libro. Un intento de orientación para el orbe equivocado. Pretendí trasladar a sus páginas todos los derechos de los muertos para informar la conducta de los vivos”.

Releo las memorias de Márai: “Viajaba hasta Pistoia, donde no había nada especial que ‘ver’, a excepción de todo, absolutamente todo: las casas de los campesinos, el convento, la iglesia y la taberna, todo se había construido con el mismo material, el material autóctono que nacía de la tierra, del pasado, de las almas de los muertos”.

El coronavirus está empeñado en convertir Madrid en otro cementerio y, tal vez, herir de muerte a nuestra democracia

En la Edad Media, la peste se relacionaba con la corrupción moral. Puestos a buscar chivos expiatorios, señalaban a los judíos. Hoy es absurdo relacionar virus con materialismo. Todas las acusaciones señalan a los chinos, no por prejuicios, sino por la venta de animales salvajes, la falta de higiene en los mercados, la ausencia de controles sanitarios…

Un 2 de noviembre Larra publicó el artículo El Día de Difuntos de 1836, comparando Madrid con un cementerio: solamente los muertos tienen paz y libertad, así que ellos están vivos; mientras que los madrileños viven en una sociedad triste, sin ideales, lo cual les transforma en muertos. Apenas quedaban tres meses para el suicidio de Larra en una España cuyo envejecido imperio agonizaba.

Una tarde invernal, por la tumba del periodista suicida pasarían Azorín y Baroja (ramitos de violetas, trajes negros, sombreros de copa), aún frescas las lágrimas derramadas por España.

Este 2020 el coronavirus está empeñado en convertir Madrid en otro cementerio y, tal vez, herir de muerte a nuestra joven democracia, que ya venía con patologías previas (golpes de Estado, populismos, corruptelas…).

Madrid, capital sin un gran río, sin mar, sin una gran catedral, sin dirigentes de izquierda… Rompeolas de todas las Españas y todos los sectarismos. Los muertos están poniendo en evidencia la gestión —comunitaria y nacional— de la pandemia.

La Recoleta, en Buenos Aires, es un barrio con una asociación de amigos de su cementerio, donde está enterrada Eva Perón. Entre ser amigos de los muertos y olvidarnos de ellos, debería haber un punto intermedio —el asiduo recuerdo—, aunque solo sea por el egoísmo de pensar que el cementerio es la casita con árboles en la que algún día todos moraremos.

José Blasco del Álamo es escritor y periodista.

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