El órdago de Al Qaeda

Gilles Kepel es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de París (EL PAIS, 31/07/05). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Los atentados de Londres y Sharm el Sheij no han sorprendido demasiado a quienes leen la literatura yihadista que florece en Internet, sobre todo en árabe, pero también en inglés. La visión del mundo que predican Bin Laden, Zawahiri y sus imitadores exhorta diariamente, de unas páginas a otras, a matar a los kuffar, un término polémico que significa “impíos” y que engloba, después de los judíos (“sionistas”), los cristianos (“cruzados”) y los hindúes (“politeístas”), a todos los musulmanes que todavía no se han unido a las filas de los grupúsculos cuyos miembros se encuentran intoxicados por la ideología de la yihad.

Esta epidemia terrorista, por muy espectacular, asesina y políticamente eficaz que sea, no contamina más a que a un número limitado de individuos; no logra convertirse en el movimiento de masas al que aspiran sus portavoces, ése que debe destruir los regímenes “corruptos” del mundo musulmán antes de conquistar Europa y América, en una visión mesiánica que ve el triunfo del islam así en la tierra como en el cielo. Ante su incapacidad de hacerse con el poder en Egipto, Argelia, Bosnia, Cachemira o Chechenia en los años noventa, el movimiento islamista se escindió en dos: los barbudos “moderados” de las clases medias urbanas, cooptados por diversos Gobiernos, desde el AKP turco al Hamás argelino, pasando por el PJD marroquí o los Hermanos Musulmanes en diversos países de Oriente Próximo, contribuyen a la estabilidad de los regímenes existentes a cambio de una “islamización” de las leyes y costumbres y de beneficios económicos. Pero esta “traición” a la causa de la yihad ha provocado un amargo resentimiento entre los grupos radicales, de pronto privados de sus contactos asociativos e institucionales. El terrorismo es resultado de ese resentimiento. Al Qaeda y sus émulos pretenden, mediante el uso del espectáculo de la violencia, convertir a los medios en sus nuevos enlaces con las masas a las que quieren movilizar. El fracaso de este objetivo debería haber desembocado en el cese de la violencia. Sin embargo, la violencia persiste. ¿Por qué?

En primer lugar, porque la revolución demográfica y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han trastocado por completo la transmisión del saber en el islam. Llegaron a ese universo antes de que hubiera entrado en la modernidad que caracteriza el distanciamiento crítico de las doctrinas religiosas. Internet, supuesto instrumento de la plenitud individual postmoderna en Occidente, se encuentra secuestrado en el mundo islámico por los grupos más extremistas, a los que ha permitido eludir la censura de las publicaciones en cada país y acelerar de manera exponencial la circulación de las ideas yihadistas, de informaciones y consignas, hasta crear un nuevo espacio mundial, una Umma [comunidad de los creyentes] que va de Leeds a Peshawar, de Sharm el Sheij a Madrid, de Riad a Amsterdam. Esta comunidad de creyentes yihadistas no tiene Meca, aparte de la virtual; no tiene centro, sino que es policéntrica, se vale de la galaxia de sitios web en los que se predica la redención de la humanidad mediante el exterminio de los “impíos”. Bin Laden y sus comparsas también son figuras clonables hasta el infinito.

Ésa es la debilidad y la fuerza del yihadismo terrorista. Incapaz de imbricarse en el terreno social, se conforma con “imaginar” la comunidad de creyentes en un tono fantasmagórico en el que la repetición de las matanzas de “impíos” ya es un fin, más que un medio, según el modelo de toda perversión condenada a repetirse hasta el infinito porque nunca engendra nada. Pero, al mismo tiempo, ésa es su fuerza: el adoctrinamiento yihadista, al convencer a los autores de atentados suicidas de que se conviertan en mártires porque el paraíso les aguardará con las puertas abiertas, hace que la represión no sirva de nada. Su fundamento es una economía distinta a la que constituye la base de las civilizaciones modernas: en ella, la vida no tiene precio y la muerte es el supremo triunfo.

Leídos literalmente, los textos sagrados del islam (como los de otras religiones) están llenos de exhortaciones de este tipo, pero, durante los 14 siglos de historia de la civilización musulmana anteriores a la aparición de Internet, eran los doctores de la Ley -los ulemas- los encargados de interpretar los textos con discernimiento. En el mundo de la yihad, Internet ha sustituido a los ulemas de antaño por barbudos cibersalafistas para los que los textos sagrados sólo tienen una interpretación literal; para ellos, lo trascendental es lo numérico, el más allá y lo virtual se mezclan en una misma entidad fantasmal, aislada del mundo real y dotada de sus propias leyes. La interacción entre estos dos universos consiste en una muerte doble: el suicidio del “mártir”, que le libera de la tensión entre los dos mundos -una tensión esquizofrénica- y la matanza de “impíos”.

Irak, Israel, la ley sobre la laicidad de la escuela francesa o la película de Theo van Gogh sirven, sobre todo, para tratar de justificar el terrorismo ante las masas; no deben confundirse con sus causas, como creen algunos políticos europeos.

La causa reside, ante todo, en la extrema eficacia del reclutamiento yihadista a través de Internet, con la ayuda, llegado el caso, de predicadores radicales. Es un reclutamiento que alcanza a jóvenes (cada vez más jóvenes) para los que la red se ha convertido en el instrumento de socialización religiosa por excelencia, y que utiliza códigos y lenguajes visuales de los videojuegos para sustituir a la integración en la sociedad real. Esta integración constituye el único antídoto contra el terrorismo, porque ofrece valores capaces de sustituir a la yihad contra los “impíos”. Hoy en día, en la mayor parte de los países musulmanes, la integración es difícil por el abismo creciente entre ricos y pobres, la clase dirigente, aferrada a sus privilegios, y las masas infladas por la explosión demográfica. Con su oferta de una mortífera válvula de escape para esa frustración, el terrorismo lo tiene todo para obtener reclutas.

El ejemplo iraquí, que, con su recurso habitual a los coches bomba, parece haber inspirado el atentado de Sharm el Sheij, desempeña el papel que en los años ochenta y noventa tenía Afganistán, con el efecto amplificador que supone el paso de la era del fax a la de Internet. La incapacidad de Estados Unidos y sus aliados para restablecer la paz civil es pretexto para la celebración en las páginas web yihadistas y proporciona -más allá de la emulación- la seguridad de que Estados Unidos será destruido por su derrota anunciada en Irak, del mismo modo que la Unión Soviética sufrió una herida mortal con su fracaso en Afganistán. No pareceque en Washington sean conscientes del carácter ejemplar de la yihad iraquí, sino que prefieren acusar a una Europa calificada por los neoconservadores como culpable de haber traicionado la causa occidental por miedo a la reacción de los millones de musulmanes “semi-integrados” que viven en ella y cuyo dinamismo demográfico puede convertir pronto el Viejo Continente -según ese punto de vista- en un apéndice del Magreb. Por eso, al otro lado del Atlántico, algunos interpretan los atentados de Londres como el fracaso de la integración. Pero lo que ha fracasado es más bien -como en el caso del asesinato de Theo van Gogh en Holanda- el modelo multiculturalista que respetaba la alteridad cultural de las “comunidades” y confiaba su control social a imanes y otros predicadores que han quedado marginados por Internet y ya no pueden ofrecer “garantías”.

Los Estados europeos y sus sociedades, incluidas las poblaciones de origen musulmán que forman parte integrante y han adoptado su identidad, deben afrontar la guerra total que libran contra ellos los grupúsculos terroristas de forma directa, en nombre de los valores de la democracia europea, y sin ocultarse detrás de intermediarios superados. La defensa de la seguridad de Europa y la emancipación de los musulmanes de la hipoteca que supone el terrorismo yihadista son el mismo combate. Al escoger claramente su bando y librar la batalla junto a sus compatriotas europeos, las poblaciones de origen musulmán asentadas en el Viejo Continente e imbuidas de sus valores serán el vector fundamental de la derrota de los yihadistas. De ahí que éstos intenten infiltrarse entre ellos y llevar hasta el límite el órdago de Al Qaeda, desde los balnearios egipcios apreciados por los europeos hasta el corazón de Londres.