El órdago del ‘Sol del siglo XXI’

El 23 de noviembre, Corea del Norte atacó la isla surcoreana de Yeonpyeong.Acto seguido, ambas Coreas intercambiaron fuego de artillería. De esta forma, la guerra fría se resistía a ser solo un capítulo en los libros de historia. El conflicto coreano arrancó tras la segunda guerra mundial y alcanzó su punto culminante con la guerra de 1950 , detenida en 1953 con un armisticio entre las partes. Al tratarse de un alto el fuego y no haber por medio un tratado de paz, puede decirse técnicamente que ambos países siguen en guerra.

En aquella fecha hubo acuerdo sobre las fronteras y el emplazamiento de la zona desmilitarizada continental, pero no sobre la frontera marítima occidental. La ONU la estableció a tres millas de la costa de Corea del Norte y colocó cinco islas al sur de esta línea bajo control de Corea del Sur. Y como el lector ya habrá adivinado, una de estas cinco islas es la que fue atacada hace dos semanas.

Por si las cosas no eran ya bastante complejas, hay un factor que las complica sobremanera: la dantesca naturaleza del régimen de Pyongyang. Estamos ante una dictadura comunista atroz, con la peculiaridad de que se ha convertido con el paso del tiempo en una suerte de monarquía donde el poder se traspasa de padres a hijos. Si no fuera tan dramático el sufrimiento de los norcoreanos, sería para reír.

Estamos ante un régimen donde el culto a la personalidad es una obligación. No hay un rincón en aquel país sin una estatua del tirano Kim Il-sung o de su hijo, el actual dictador, Kim Jong-il. Ante todas ellas hay que mostrar respeto, de tal forma que el ciudadano norcoreano pasa el día humillado haciendo reverencias a sus torturadores. Cualquier actividad que el régimen considere contraria a su detestable ideología se paga con la muerte o con el internamiento en campos de concentración que no tienen nada que envidiar a los de Treblinka.

Si en algún lugar del mundo se puede demostrar el fracaso del comunismo, la península de Corea es el lugar. En el Norte, una república empobrecida al máximo que sufre hambrunas mientras su Gobierno gasta casi todo su presupuesto en sus Fuerzas Armadas y en un programa nuclear que Occidente nunca debió permitir. Estamos ante un Estado totalitario y militarizado, con un Ejército de más de cinco millones de soldados (uno en activo y cuatro y medio en la reserva), lo que arroja una media de 45 soldados por cada mil habitantes. En el Sur, una Corea democrática y próspera, con los problemas y dinámicas de toda democracia pero donde la población vive razonablemente bien.

Así las cosas, Kim Jong-il, denominado por la propaganda oficial Sol del siglo XXI, dirige con mano de hierro los destinos de Corea del Norte. No es de extrañar, por tanto, que un régimen con estas características se muestre hostil y complique gravemente la situación actual, muy tensa y delicada desde que en mayo del 2009 el Gobierno norcoreano declarase no sentirse vinculado por el armisticio de 1953, así como por el hundimiento de la corbeta surcoreana Chon An en marzo de este año.

Así, en estos momentos, podemos hacernos dos preguntas. La primera, ¿por qué Corea del Norte se comporta con tal impunidad? Porque puede. Si sumamos a su carácter dictatorial el estatus de potencia nuclear, tenemos un actor (casi) intocable. Lo que debería hacernos reflexionar sobre el hecho de permitir o no a determinados actores desarrollar programas nucleares. Evidentemente, los actores tramposos no democráticos no deberían poder desarrollar este tipo de armas, ya que solo contribuyen, como estamos viendo, a una continua amenaza de conflicto y desestabilización internacional.

Y la segunda, ¿qué pretende? Aquí la respuesta es más incierta dado lo opaco e impredecible que es este régimen. Cabría descartar inicialmente el interés en provocar una guerra abierta, especialmente en un momento de transición en el poder: no hay que olvidar que el régimen ya ha designado sucesor a Kim Jong-un, hijo del actual amado líder, ante el precario estado de salud de este. Podemos intuir, pues, que Corea del Norte quiere comprobar hasta dónde puede estirar las supuestas líneas rojas establecidas con los surcoreanos y los estadounidenses, así como testar el estado de su alianza cara a intentar recuperar por la fuerza alguna -o todas- de las cinco islas que reclama. O bien forzar negociaciones con mejores bazas en sus reclamaciones territoriales y en asuntos referentes a su programa nuclear y a la obtención de ayudas y fondos para paliar su desastrosa situación interna.

En cualquier caso, la respuesta que debe recibir Corea del Norte ha de ser clara y enérgica, y bajo ningún concepto puede entrarse en una política de apaciguamiento. A tal efecto, EEUU y Corea del Sur deben intensificar su alianza y junto a la comunidad internacional hacer saber a los norcoreanos que futuras agresiones les saldrán muy caras.

Rubén Herrero de Castro, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.