El Orgullo debe volver a sus raíces políticas

Los colores de Ucrania y del arcoíris en la Marcha del Orgullo por la Libertad de Riga-Kiev en Letonia. Toms Kalnins/EPA vía Shutterstock
Los colores de Ucrania y del arcoíris en la Marcha del Orgullo por la Libertad de Riga-Kiev en Letonia. Toms Kalnins/EPA vía Shutterstock

Hacia el final de la Marcha del Orgullo por la Libertad de Riga-Kiev en Letonia, el 19 de junio, vi a un hombre musculoso con una cabeza de unicornio asomarse por la ventana de un segundo piso y saludar con efusividad a quienes desfilaban abajo. En su camiseta amarilla y azul se leía la palabra “Kiev”. Los participantes de la marcha dirigían a la multitud de 5000 personas para que corearan “Haz el amor, no la guerra”, vinculando de manera ingeniosa el derecho al amor, en todas partes, con el derecho a la autodeterminación y la paz en Ucrania. En respuesta al minotauro queer con los colores de Ucrania, la multitud estalló en gritos de “Slava Ukraini”, o “Gloria a Ucrania”.

Este año, por supuesto, no se pudieron realizar marchas del Orgullo en Ucrania. Por esta razón, el Orgullo Kiev, que ha organizado marchas en la capital ucraniana desde 2012, fue invitado a participar en una serie de eventos conjuntos por toda Europa del Este, como el de hace unas semanas en Riga. El mayor de ellos se realizó el sábado 25 de junio en Varsovia, donde se esperaba la asistencia de unas 80.000 personas, muchas de ellas ucranianos refugiados en Polonia. El manifiesto 2022 del Orgullo Kiev hace un llamado a todos, desde los gobiernos hasta la gente en las calles, “a grabarse en la memoria la línea fronteriza geográfica entre Ucrania por un lado y Rusia y Bielorrusia por el otro, porque no es solo una línea de separación entre Estados, sino también entre una zona de libertad y un territorio de opresión”.

En Riga, varios manifestantes hicieron carteles con una frase de la poeta Emma Lazarus: “Hasta que todos seamos libres, ninguno de nosotros será libre”. En esta parte del mundo, con la invasión rusa de Ucrania y la homofobia oficial de los gobiernos de derecha de Polonia y Hungría, ese sentimiento no es metafórico. Pero muy a menudo, en otros lugares donde la celebración del Orgullo se ha vuelto una formalidad, olvidamos que tiene ese significado. En este momento, en todos los países debemos recordar que el poder del Orgullo viene de su política de lucha.

Este mes, los neoyorquinos marcharon por una Quinta Avenida adornada con banderas de arcoíris, en el evento del Orgullo más grande y vistoso de Estados Unidos. En los últimos años, estos eventos del Orgullo —en Nueva York y en otros lugares de Occidente— se han convertido en fórmulas. Quienes recuerdan la manera en la que el movimiento comenzó como una protesta se quejan, con previsibilidad puntual, de que el Orgullo se ha convertido en poco más que una excusa para hacer una fiesta o una oportunidad de posicionamiento de marca para las corporaciones, en un cierre del mes de junio con los agradables colores del arcoíris en lugar de impulsar una transformación genuina a lo largo de todo el año.

Sin embargo, quienes celebran el Orgullo en Estados Unidos han salido a las calles en un país donde, este año, se han introducido más de 300 proyectos de ley anti-LGBTQ en las legislaturas estatales. Dada esta realidad, el Orgullo no puede ser solo una fiesta gay o una oportunidad corporativa para el posicionamiento de una marca. Debe recuperar su papel como una lucha emblemática contra la concentración de fuerzas iliberales —desde Donald Trump en Estados Unidos hasta Vladimir Putin en Rusia y Viktor Orbán en Hungría— que buscan eliminar la autonomía personal, supuestamente en nombre de los valores tradicionales o la fe, con el fin de reafirmar el control patriarcal sobre una población que, cada vez más, toma sus propias decisiones.

Una pancarta que dice “Ucrania libre” en la marcha del Orgullo en Breslavia, Polonia. Amadeusz Swierk/SOPA Images -- LightRocket vía Getty Images
Una pancarta que dice “Ucrania libre” en la marcha del Orgullo en Breslavia, Polonia. Amadeusz Swierk/SOPA Images -- LightRocket vía Getty Images

En Polonia, el partido político gobernante, Ley y Justicia, ganó las elecciones presidenciales de 2020 en parte porque difundió la amenaza de que lo que el arzobispo de Cracovia denominaba una “plaga arcoíris”, peor que la “plaga roja” del comunismo, se tragaría al país si los liberales a favor de la Unión Europea llegaban al poder. Unos 100 municipios se han declarado zonas libres LGBT.

Pero decenas de miles de personas han asistido a las recientes marchas por la igualdad en Varsovia, muy probablemente como respuesta directa a la política de odio de Ley y Justicia. “Aquí late el corazón de una Polonia abierta y sonriente”, le dijo a la multitud el alcalde de Varsovia, Rafal Trzaskowski, el año pasado. Trzaskowski, quien apoya los derechos de la comunidad LGBTQ, perdió por un margen estrecho las elecciones presidenciales de 2020. “El desfile es una celebración de la comunidad LGBT+, pero también es una celebración de quienes son tolerantes, sonríen, miran hacia el futuro y quieren que Varsovia sea para todas las personas”.

Ya sabíamos que Trzaskowski diría algo similar en la marcha en Varsovia, y que extendería la metáfora hacia el este. La invasión de Rusia a Ucrania amenaza el pluralismo que ha estado creciendo lentamente en Europa del Este desde la caída del comunismo. En marzo, el patriarca Cirilo de la Iglesia ortodoxa rusa, aliado de Putin, afirmó de manera explícita que uno de los objetivos de la invasión a Ucrania era salvar a los rusos étnicos de los horrores de los desfiles del Orgullo Gay.

El Orgullo en Ucrania, sin duda, había recorrido un largo camino. El primer desfile del Orgullo Kiev, en 2012, tuvo que cancelarse porque las autoridades declararon que no podían garantizar la seguridad de los participantes. Al año siguiente, marcharon unas 100 personas que tuvieron que ser protegidas por la policía de un número mucho mayor de manifestantes en su contra. Sin embargo, el año pasado marcharon 7000 personas de manera pacífica por la capital ucraniana, encabezadas y protegidas por la policía. Es muy probable que la ley contra los delitos de odio del país se hubiera ampliado este año para proteger a la comunidad LGBTQ. Esto, por supuesto, se ha postergado de manera indefinida.

Durante mi estadía en Riga conocí a Lenny Emson, un activista ucraniano que dirigió el Orgullo Kiev de este año y que ha estado involucrado con la organización desde su fundación. En este momento, el grupo funciona principalmente como una organización de prestación de servicios para ayudar a los ucranianos queer que han sufrido desplazamiento por la guerra.

En los últimos meses, muchos soldados ucranianos en servicio han salido del clóset en las redes sociales; estas historias revelan la forma en que las consecuencias de la guerra y los derechos LGBTQ se entrelazan en Ucrania. Emson señaló que, si bien esta nueva visibilidad podría tener un efecto positivo en la forma en que sus compatriotas perciben a los ucranianos queer, también ucranianos homofóbicos de ultraderecha estaban uniéndose a la guerra y convirtiéndose en héroes. “Las cosas están equilibradas”, dijo Emson. Luego de que el Orgullo Kiev inició una campaña este mes con una exposición para dar a conocer a 12 ucranianos de la comunidad LGBTQ que estaban participando en la guerra, una iniciativa de la derecha en las redes sociales argumentó que Putin estaba invadiendo Ucrania “por culpa de los homosexuales”, dijo Emson.

Si Ucrania se une a la Unión Europea, esto tendrá un efecto importante en los derechos LGBTQ en el país: los nuevos miembros serían parte de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, la cual garantiza la igualdad en función de la orientación sexual. Sin embargo, hay un gran riesgo de que una Ucrania afiliada a la UE pueda seguir la ruta de Polonia o Hungría, donde, pese a recibir los subsidios de la UE, los líderes de derecha hacen campaña contra lo que llaman ideología LGBTQ para conservar el apoyo de la Iglesia y definir una agenda nacionalista contra lo que perciben como un ataque de Europa Occidental, opina Emson.

El manual de esta estrategia fue inventado en Occidente, específicamente en Estados Unidos, por la generación de leyes anti-LGBTQ desencadenada por la campaña Save Our Children (Salvemos a nuestros niños) de Anita Bryant en la década de 1970. En las crecientes guerras culturales, los agentes políticos republicanos utilizaron la homofobia para movilizar votantes, en nombre de los valores tradicionales y la libertad individual, contra lo que consideraban una hegemonía liberal secular. Ese tipo de pánico moral se está reavivando en Estados Unidos —prominentemente en Florida, donde el gobernador Ron DeSantis firmó la ley “Don’t Say Gay” (no digas gay)— después de haberse utilizado durante la última década en Europa del Este, principalmente por Putin.

En 2013, el gobierno de Putin promulgó una legislación contra la “propaganda gay” que prohíbe “la promoción de relaciones sexuales no tradicionales” (léase: la homosexualidad) a menores de edad. Esto se hizo en específico para cimentar su relación con la Iglesia ortodoxa rusa, como una manera de movilizar apoyo contra la creciente oposición en las ciudades a su estrategia de gobierno de por vida. Desde entonces, Putin ha empleado esta política primordialmente para promover una Rusia “sana” y tradicional, una en la que los heterosexuales aumenten la población rusa a través de la procreación, en oposición a lo que pinta como un Occidente decadente y moribundo, simbolizado por homosexuales y personas trans. Es ese Occidente decadente lo que asegura estar combatiendo en Ucrania.

La represión de Putin contra su propio pueblo durante la guerra incluye nuevos ataques contra el movimiento LGBTQ de Rusia. Se han cerrado organizaciones tras declarar agentes extranjeros a sus miembros, y muchos de los principales activistas por los derechos de la comunidad LGBTQ han tenido que huir. Este mes, se presentó una legislación en la Duma para fortalecer la ley contra la homosexualidad y dictaminar que la “promoción” de “estilos de vida antinaturales” se prohíba no solo a los menores de edad, sino a toda la población. Si se aprueba esta medida, esencialmente se volverá ilegal cualquier expresión pública de homosexualidad o transexualidad.

El Orgullo se basa en la visibilidad, y la visibilidad tiene doble filo. Se ha demostrado una y otra vez que la máxima de Harvey Milk que está en el núcleo de la política del Orgullo —“¡Hermanos y hermanas gay, deben salir del clóset!”— es el mejor correctivo contra los embustes que aseguran que las personas queer son peligrosas, están poseídas por el demonio o son agentes extranjeros. Pero ¿y si está prohibido o simplemente es demasiado peligroso salir del clóset? Por ejemplo, hay muy pocos eventos del Orgullo en África fuera de mi país de origen, Sudáfrica. De la misma manera en que los nacionalistas de Europa del Este usan el manual de las guerras culturales de Estados Unidos para reafirmar su soberanía cultural contra Occidente, algunos nacionalistas africanos utilizan las leyes de sodomía heredadas del Reino Unido, el antiguo colonizador, para insistir en que la homosexualidad es antiafricana.

Y, a pesar de todo, el 19 de junio los solicitantes de asilo LGBTQ que esperan la confirmación de su condición de refugiados en el enorme campamento de refugiados de Kakuma, en Kenia, realizaron una celebración del Orgullo. Muchos de quienes celebraron han huido de sus países de origen por temor a ser perseguidos por motivos de orientación sexual o identidad de género, pero el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados los sigue procesando en un país donde la homosexualidad todavía es ilegal y los sigue reteniendo en campamentos repletos de otros refugiados que tienen las mismas actitudes homofóbicas o transfóbicas que prevalecen en los entornos de los que huyeron.

Augustine Kayemba, un solicitante de asilo que lidera la comunidad LGBTQ en Kakuma, me dijo que más de 600 personas de siete países habían asistido a la celebración del Orgullo, pero que muchos habían estado brevemente en el encuentro, pues temían represalias por quedarse más tiempo. “No hay un día en el que no tengamos alguna noticia de un acto de violencia por odio”, dijo. Kayemba me contó que ese domingo por la noche, después de la celebración del Orgullo, uno de sus compañeros de casa, Oscar Katamba, fue brutalmente golpeado con tubos por asaltantes que lo insultaron con una grosería en suajili que significa “homosexual”. La herida en su cabeza requirió 10 puntos de sutura.

Kayemba expuso dos razones para celebrar el Orgullo en un entorno tan hostil: establecer una comunidad dentro del campamento y utilizar el evento “para contarle al resto del mundo nuestra situación”. En una carta que escribió a sus simpatizantes, con fotografías del evento, Kayemba dijo: “A pesar de toda la desdicha, tratamos de encontrar un poco de tiempo para neutralizar el estrés celebrando los días y festivales oficiales de la comunidad LGBTQ”.

Para Kayemba, el Orgullo es el día “oficial” no solo de un movimiento, sino también de un conjunto de valores que representan el tipo de libertad con la que solo puede soñar durante su espera en Kakuma. Ya he escrito sobre la desilusión de los refugiados LGBTQ cuando llegan a ciudades “liberadas”, donde ondea la bandera arcoíris, como Vancouver, Ámsterdam o Ciudad del Cabo: su pobreza, piel oscura o fe musulmana les dificulta integrarse a la sociedad occidental amigable con la comunidad LGBTQ de la forma en que lo habían imaginado. Queda claro entonces que, incluso en estos lugares, el Orgullo debe volver a conectarse con sus raíces políticas.

Por supuesto que el festejo no deja de ser importante: es una forma de reclamar las calles. Hasta en Stonewall, en 1969, hubo cierto elemento performativo en la protesta. La participación de las corporaciones en el Orgullo LGBTQ también es importante. En países como India y México, las políticas de diversidad e inclusión de las corporaciones multinacionales han creado espacios no solo para sus empleados, sino también para la sociedad en general, ya que ellos o sus productos se convierten en emblemas de una modernidad cosmopolita que acepta el pluralismo y la diversidad.

Pero cuando ese tipo de posicionamiento de marca es lo que domina, el Orgullo se convierte en un simple ejercicio publicitario. Contra esto, debemos tomar en serio el manifiesto del Orgullo Kiev de este año, para entender que donde sea y como sea que estemos participando en los eventos del Orgullo estamos también trabajando para expandir la “zona de libertad” en detrimento del “territorio de opresión”. Debemos recordar que, aunque conlleve cierto riesgo para quienes estamos en las calles de Nueva York o Ámsterdam, para muchos otros es una cuestión de vida o muerte.

En Riga, en un mitin posterior a la marcha, Lenny Emson habló sobre Roman Tkachenko, un miembro de la comunidad LGBTQ de Kiev, quien murió en batalla el mes pasado cerca de Járkov. Tkachenko era un egresado universitario de 21 años al que le apasionaba la restauración de mosaicos y el ecoactivismo. “A menudo decimos que marchamos por aquellos que no pueden hacerlo” debido al miedo, la discriminación o el peligro, dijo Emson. “Pero ahora también estamos marchando por aquellos que no pueden y nunca podrán marchar porque ya no están con nosotros en esta tierra”.

Mark Gevisser es escritor y periodista sudafricano. Su libro más reciente es The Pink Line: Journeys Across the World’s Queer Frontiers.

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