El origen de las primaveras árabes en Qatar

Estos días corre por Oriente Medio el siguiente chiste: tres de los ex presidentes de Egipto, Gamal Abdel Naser, Anwar El Sadat y Hosni Mubarak, se encuentran en el infierno y se preguntan mutuamente cómo cayeron. Naser responde: “veneno”; Sadat dice: “asesinato”; y Mubarak responde: “Al Jazeera”.

Durante los quince años que lleva emitiendo desde Qatar, Al Jazeera ha sido algo más que una estación de televisión tradicional. Con su resuelta participación en la política árabe, ha creado una nueva sede para la libertad política, que ha culminado en su apoyo sin reservas a las revoluciones árabes.

Al Jazeera ha ampliado los límites de la información al transmitir noticias en directo sobre los acontecimientos más importantes del mundo árabe y de otras partes. Es una plataforma para los grupos políticos y religiosos de oposición en los países árabes. Acoge a portavoces israelíes y adopta las técnicas de emisión más ultramodernas. En una palabra, ha llegado a ser una marca mundial y un modelo para otros medios de comunicación árabes.

El éxito crea confianza, pero también atrae envidias. A Al Jazeera no le faltan enemigos, desde los fundamentalistas islámicos más radicales hasta los israelíes y americanos encargados de recoger informaciones de inteligencia, y entre esos dos extremos hay un debate encarnizado sobre si Al Jazeera es amiga o enemiga.

Los progresistas que la han acogido con agrado como un faro de libertad y progreso en el mundo árabe se enfrentan con quienes la acusan de islamismo y radicalización religiosa. Los islamistas que la elogian por considerarla una plataforma de sus propias opiniones han de tener en cuenta que también ofrece a israelíes la oportunidad de expresar las suyas. Los de los periodistas de Al Jazeera son nombres muy conocidos; también sufren más acoso, encarcelamientos y víctimas mortales que sus colegas de otras importantes organizaciones informativas.

Al Jazeera no es un instrumento de la CIA, Israel o Al Qaeda. Más bien es el sutil órgano de difusión del Estado de Qatar y de su ambicioso emir, Hamad Al Thani. Dicho de forma sencilla, la historia de éxito de Al Jazeera no habría sido posible sin el respaldo de Qatar. Para Al Thani, Al Jazeera forma parte integral de la “creación de la marca” Qatar y de las aspiraciones de este país en materia de política exterior.

La motivación de dichas aspiraciones no está clara, pero vale la pena examinar varias posibilidades. Después de deponer a su padre en un golpe de palacio en 1995, Al Thani tuvo que afrontar de repente la hostilidad de Arabia Saudí y Egipto, cuyas minorías dirigentes despreciaban al joven y ambicioso gobernante y preferían a su padre, más tímido. Muchos sospecharon que los egipcios y los saudíes organizaron el golpe militar que puso el punto de mira en Al Thani el año siguiente. Como respuesta, guiada por la firme mano del emir, Al Jazeera atacó a los dos gobiernos durante muchos años, hasta casi poner fin a las relaciones diplomáticas de Qatar con ellos.

Tras recibir carte blanche de los dirigentes políticos de Qatar para apoyar las revoluciones árabes, Al Jazeera se lanzó a informar exhaustivamente y en directo sobre los acontecimientos de Túnez y después de Egipto, mediante redes de medios de comunicación social hasta los que no podían llegar los agentes de seguridad locales. En sus informaciones aparecían las masas árabes declarando sus exigencias ante el mundo. Los revolucionarios, excluidos de los medios de comunicación locales y la mayoría de las veces en fuga, utilizaron Al Jazeera para llegar hasta sus pueblos y movilizarlos. La emisora suprimió sus programas habituales y se transformó una difusora permanente de noticias y entrevistas en directo, pasando de una revolución a otra.

De modo que, aunque la “primavera árabe” ha sido un levantamiento popular auténtico contra decenios de corrupción y opresión  por parte de unos regímenes autoritarios, su rápida extensión, que cogió a casi todo el mundo por sorpresa, se debió en parte a la influencia de Al Jazeera, que se convirtió en la voz de los silenciados en todo Oriente Medio. En cuanto al propio Qatar, Al Thani prestó diversas formas de apoyo a todas las revoluciones árabes, excepto en Bahréin, donde los saudíes y –con más firmeza– los americanos trazaron unos límites infranqueables.

La audacia política de Al Thani se debe en parte a los enormes recursos de gas de Qatar, que le han permitido aplicar políticas muy dinámicas en todos los sectores, en particular el de los asuntos exteriores. Gracias a la protección para Qatar y para sí mismo con que cuenta por albergar la mayor base militar americana fuera de los Estados Unidos, su estrategia ha consistido en arrebatar el control a terceros regionales, como, por ejemplo, los saudíes, que, de lo contrario, podrían dominar a los pequeños Estados del golfo. Al mismo tiempo, Qatar ha creado fuertes vínculos tanto con Israel como con muchos movimientos islamistas, incluidos Hamás y Hezbolá.

Ha sido una política exterior enérgica y arriesgada, pero Al Thani está claramente convencido de que puede llenar un vacío de dirección regional. Su apoyo, vía Al Jazeera, a las revoluciones de la primavera árabe –y a las nuevas generaciones de dirigentes que éstas han engendrado– no ha hecho sino fortalecer la posición de Qatar.

Los regímenes derrocados sostuvieron constantemente que Al Jazeera no era neutral y tenían razón.

Por Jaled Hroub, director del Programa de Medios de Comunicación en el Centro de Investigaciones sobre el Golfo de la Universidad de Cambridge. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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