El otro ‘Guernica’ que Picasso no pintó en un cuadro

Foto tomada por Cristóbal Velasco Cobos, 'el Robert Capa cordobés'. Fue el primero en llegar al lugar de la tragedia.
Foto tomada por Cristóbal Velasco Cobos, ‘el Robert Capa cordobés’. Fue el primero en llegar al lugar de la tragedia.

La noche del 7 al 8 de noviembre de 1938 se pudo presenciar en España un eclipse de luna. Muchos egabrenses tendrían intención de verlo. Suele ocurrir cuando se producen esta clase de fenómenos astronómicos. Pero no fue así, porque aquella noche se vivió en la localidad cordobesa de una forma muy especial. Poco después del amanecer del día 7, tres aviones republicanos aparecían sobre el cielo de la ciudad y dejaban caer una macabra carga: 2.000 kilogramos de bombas -varias de ellas con un peso de 250 kilos- que convirtieron el pueblo en un verdadero infierno.

Nadie en Cabra estuvo pendiente de la luna aquella noche. Había en torno a un centenar de muertos y una cifra que superaba los 200 heridos llenaba el hospital y la casa de socorro. Hacían falta sábanas, colchones o simples jergones a falta de camas donde poder acomodar a los heridos. Se necesitaba sangre, vendas, alcohol, desinfectantes…

Había muchas familias destrozadas. Padres que habían perdido a los hijos. Hijos que se habían quedado sin padres, huérfanos. Familias destrozadas en las que faltaba alguno de sus miembros. Numerosas casas estaban arruinadas o completamente destruidas y eran muchas las personas que se habían quedado sin hogar, siendo, en la mayor parte de los casos, gentes de condición muy humilde. Los egabrenses no estaban para eclipses y no había muchas ganas de mirar a la luna con lo que tenían delante de sus ojos en la tierra.

En mi infancia y adolescencia oí en más de una ocasión contar a mis mayores y a muchos otros vecinos de Cabra, que la víspera del 7 de noviembre la luna se había mostrado ensangrentada. Como si el satélite de la Tierra anunciase, de forma premonitoria, lo que iba a ocurrir. Esa vivencia, que se daba como segura, formó parte de la leyenda, pero eso era lo que aseguraban algunas personas que conocí y que fueron testigos de aquella tragedia.

Lo de la luna ensangrentada, como toda leyenda, tiene mucho de ficción y un núcleo de verdad: los egabrenses habían sido víctimas de un terrible bombardeo protagonizado por la aviación republicana y aquel 7 de noviembre de 1938 se mantuvo vivo en la memoria colectiva durante años.

Luego, con el correr del tiempo, se impuso una especie de silencio y durante años dejó de hablarse de aquello. Tal vez eso era una consecuencia implícita a los aires de reconciliación que presidieron los años de nuestra historia que se ha dado en denominar como la Transición. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, desde que el que fuera presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, aprobó la ley de Memoria Histórica, el recuerdo de aquella tragedia ha vuelto a cobrar protagonismo.

Forma parte de ese proceso en el que se han venido a poner de nuevo sobre el tapete cuestiones de muertes, venganzas, atroces actos de inhumanidad -que se dan en todas las contiendas bélicas- donde sale a relucir lo mejor y lo peor del ser humano. Esas situaciones tienen particular incidencia en las guerras civiles.

En aquel 7 de noviembre, del que ahora se cumplen 80 años, los lamentos se mezclaban con los gritos de dolor de las víctimas y de quienes, sin sufrirlo en su carne, también padecían las consecuencias de aquella tragedia. Se sumaban las expresiones de horror y las imprecaciones contra los rojos en general y contra Azaña en particular, a quien la voz popular consideraba el principal culpable de aquella tragedia.

Aparatos rojos de Azaña

Entre la población se hizo popular una cancioncilla que oí tararear en alguna ocasión y que decía más o menos así: «El día 7 de noviembre/ Cabra se bombardeó/ por tres aparatos rojos/ que Azaña nos mandó. / Murieron ricos y pobres/ viejos y de los demás/ muchos estaban en la plaza/ buscando ganarse el jornal».

Hubo mucho miedo porque a lo largo de la jornada se repitió en más de una ocasión el grito horrorizado de que los aviones republicanos volvían de nuevo: «¡Que vienen, qué vienen otra vez!». La gente se refugiaba donde buenamente podía. En los sótanos de las casas que los tenían o en los huecos de las escaleras considerados los lugares de mayor seguridad en las casas.

Ese bombardeo protagonizado por la aviación republicana no tiene fácil explicación. Cabra carecía de valor estratégico. No era un importante nudo de comunicaciones, ni objetivo militar que pudiera explicar el ataque. Cabra estaba muy alejada de los frentes de lucha y tampoco se encontraban en ella tropas italianas pertenecientes al Corpo di Truppe Volontarie, como se ha insinuado para tratar de buscar una cierta justificación a lo que no la tiene.

Es cierto que en Cabra hubo tropas italianas en las primeras semanas de 1937 y hay una importante documentación gráfica sobre ello. Tropas que tomaron parte en la ocupación de Málaga por parte del ejército franquista. También lo es que pasaron de nuevo por Cabra en su camino hacia el frente de Madrid donde participaron en la desastrosa ofensiva de Guadalajara. Y lo es que los romeos italianos rompieron algunos corazones entre las jóvenes casaderas de la localidad.

Pero en noviembre de 1938 hacía bastante más de un año que no había tropas italianas en Cabra que pudieran ser objeto de un ataque de la aviación republicana, como ha demostrado Antonio Arrabal en su obra: ‘El bombardeo de Cabra: el Guernica de la Subbética’.

Por la fecha en la que se produjo el bombardeo, la Guerra Civil entraba ya en su última fase. En los últimos días de octubre de 1938, las tropas franquistas habían roto por diversos puntos el frente republicano, tras tres meses de durísimos combates sostenidos en las riberas del río Ebro, donde se libró la batalla más importante de la guerra que, a partir de este momento, estaba perdida para la República.

La derrota republicana del Ebro dejaba abierto al ejército franquista el camino hacia Cataluña y hacia la frontera francesa, a la que llegaron apenas tres meses después, en los primeros días de febrero de 1939. En el momento en que Cabra fue bombardeada, se estaba en el principio del fin de la guerra iniciada con la rebelión militar del julio de 1936.

Los tres aviones que llevaron a cabo el bombardeo eran de fabricación soviética -la URSS de Stalin fue el principal proveedor de armas al bando republicano-, se trataba de bombarderos Tupolev SB-2, conocidos popularmente como Katiuskas. Entraron por la zona nordeste de la población, donde se encuentra la estación de ferrocarril y cruza la vía férrea del que era conocido como el Tren del Aceite, siguiendo una trayectoria hacia el sudoeste. Fue a lo largo de ese eje donde dejaron caer las bombas.

El ataque se produjo en torno a las siete y media de la mañana y sobre Cabra fueron arrojadas unas 20 bombas, provocando una terrible mortandad. La bomba que causó los mayores estragos impactó en el mercado de abastos, que se encontraba muy concurrido a esa hora. Eran numerosas las personas que a esa hora acudían a comprar la comida del día y también, como era costumbre, jornaleros y peones se concentraban en ese lugar para ser contratados para realizar las faenas agrícolas.

Según Arrabal en la obra mencionada, la mortandad no fue mayor porque ese día, por una circunstancia casual, se había suspendido el reparto de patatas, lo que hizo que la concurrencia fuera menor. Explotar una bomba en el mercado de abastos, a primera hora de la mañana, fue una de las causas por la que sus efectos fueron particularmente trágicos. Allí hubo en torno a medio centenar de víctimas mortales que, o bien murieron en ese momento, o como consecuencia de las heridas.

También fueron muy graves sus consecuencias en el barrio de la Villa, en la popular Plaza Vieja y en los aledaños del barrio del Cerro, particularmente en la conocida como calle Platerías, que eran las zonas más antiguas de la población y situadas en el extremo suroccidental. El número total de muertos se elevó a los 109. A los 96 fallecidos en el momento en el que fueron lanzadas las bombas, se sumaron los que cayeron en las horas y días siguientes a causa de las heridas.

El bombardeo sufrido por Cabra aparecía recogido el 9 de noviembre, en el parte de la guerra que publicaba el ejército franquista. En él se señalaba: «La aviación roja, huyendo de los encuentros que tantas pérdidas le cuestan, y alejándose de todo objetivo militar, lleva varios días dedicada a abatir pueblos civiles de la zona nacional, lo más alejados posible de las actividades militares y desde los que les es fácil la huida… Hoy correspondió la cobarde e inhumana agresión al pueblo de Cabra».

El otro Guernica que Picasso no pintó en un cuadro
Fotografía: Cristóbal Velasco Cobos. Biblioteca Nacional.

No tuvo la misma atención

Sus efectos fueron verdaderamente trágicos pero al bombardeo de Cabra nunca se le prestó la misma atención que al sufrido por la villa vizcaína de Guernica. A pesar de que algunos historiadores expertos en la lucha aérea durante la contienda civil, como Salas Larrazábal, señalan que la pérdida de vidas humanas y heridos en un caso y otro no presentan grandes diferencias.

En la mayoría de las historias dedicadas a la Guerra Civil, que cuenta con una amplísima bibliografía, ni siquiera se menciona el bombardeo de Cabra, mientras que se trata por extenso el sufrido por Guernica. Un caso paradigmático lo tenemos en el historiador británico Hugh Thomas, uno de los mejores conocedores del conflicto en su conjunto. En su ya clásica ‘Historia de la Guerra Civil española’ dedica gran atención a lo ocurrido en la villa foral vasca y ni una sola línea a lo sucedido en Cabra.

Hubo una gran diferencia de tratamiento en lo que a propaganda se refiere entre un caso y otro. Lo ocurrido en Guernica al ser atacada por la aviación franquista fue algo detestable. Poco importa que el Estado Mayor franquista tratase de sacudirse aquella ignominia señalando que fueran aviones de la Legión Cóndor quienes bombardearon la villa vizcaína. Pero no menos detestable fue lo ocurrido en Cabra.

Una de las diferencias principales en cuanto al tratamiento recibido, sin duda, hay que buscarla en que en el caso de Cabra no hubo un Picasso que denunciara la barbarie cometida por la aviación republicana, como hizo el artista malagueño con lo ocurrido en la localidad vasca.

José Calvo Poyato es doctor en Historia y escritor. Acaba de publicar la novela ‘El último tesoro visigodo’ (Ediciones B)

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