El otro ‘Guernica’

Por Iñaki Unzueta (EL CORREO DIGITAL, 08/10/07):

Una capa de nubes bajas de metal cubría el cielo. Desde tierra, semejaba una techumbre plomiza con nervaduras que le proporcionaban firmeza. Tan sólo una pequeña grieta permitía la entrada de finos haces de luz que acariciaban la superficie queda de la ría. A los bombarderos, con su ronroneo seco y fatigoso, les sucedían los cazas que perforaban el manto de nubes, arrancando con sus hélices sonidos desgarrados y virutas chirriantes. Un obús había abierto un boquete en la fachada principal de una casa, en su interior había un caballo con el vientre despanzurrado y dejaba ver una masa de órganos que se agitaban con convulsión; a ratos estiraba bruscamente la cabeza y el ronzal le oprimía la garganta y le hacía abrir la boca, mostrando unos dientes grandes, gastados, amarillos y con manchas renegridas. Una vieja de luto corría encorvada por un cantón, llevaba un pequeño bulto entre sus brazos y mascullaba quejas y aienés. Un joven buscaba la protección de un muro cuando una cercha segó su pierna y del muñón de su rodilla salieron dos culebras de sangre que dibujaron una curva y bisbisearon en la arena. Un perro famélico se paseaba solitario por mitad de la calle, cabeceando de un lado a otro, como si tuviera el trabajoso cometido de hacer una evaluación de los daños sufridos…

Picasso pintó el ‘Guernica’ con esas imágenes últimas que deja toda guerra: personas sencillas atropelladas y anegadas por el dolor. Goya solía decir que un cuadro lo pinta el tiempo. Picasso quería completar la tarea de Goya, y los dos, con ‘Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío’, ‘Los desastres de la guerra’ y el ‘Guernica’, nos han legado obras que han ganado con el tiempo y, hoy, nos interpelan con más fuerza que nunca sobre la sed de sangre de los dioses, sobre las consecuencias perversas e inhumanas de determinados sueños de la razón. La destrucción de Gernika fue un ensayo de las potencialidades que encerraba la modernidad, esto es, la idea de que las cosas se pueden y deben forzar para que sean diferentes a lo que son. Poco después, el nazismo y el estalinismo radicalizaron este planteamiento y alcanzaron el paroxismo con el Holocausto y el Gulag, donde, obsesionados por el orden, la clasificación y la pureza, procedieron con determinación a la eliminación de categorías humanas fallidas. También Gernika constituía una mancha en el orden nacional y fue por ello objeto de un experimento de ingeniería social. Para los diseñadores de la construcción nacional, lo que no se ajusta bien y desentona debe ser eliminado. Y como, por lo general, se trata de un proceso sin fin, siempre aparece una vanguardia que retoca el proyecto y eleva el grado de calidad y excelencia del diseño, siempre surgen patriotas que quieren ir más allá, buscando con denuedo fallos y anomalías que reparar, tachas que eliminar: la pureza demanda más pureza.

El nacionalismo sacraliza la entidad metafísica ‘pueblo’ y remarca la existencia de una ‘nación natural’. Esto significa que el futuro se encuentra sujeto a una suerte de teleología, a unas leyes históricas que encauzan la evolución del pueblo y de la nación. Constituyen así comunidades de destino prepolíticas con un devenir prefijado e independiente de la voluntad y opinión política de los ciudadanos. En estas circunstancias los usos de la memoria son determinantes en la construcción de la identidad nacional. Se trata de elaborar relatos que refuercen el espíritu nacional. Es importante la selección de aquellos episodios que den cuenta de la existencia del pueblo y de la nación. Por ello, el bombardeo de Gernika por la Legión Cóndor ha pasado a constituir uno de los episodios claves de la memoria histórica vasca. Y el ‘Guernica’ es constantemente utilizado para remarcar el simbolismo de la ciudad sagrada de los vascos, su carácter totémico e indomable del que renacerá el autogobierno destruido. Los nacionalistas reivindican sin cesar la llegada del cuadro de Picasso a Gernika, ya que así la ciudad se convertiría, como dijo Arzalluz, en «un lugar universal de peregrinación». Pero la batalla por el cuadro no es más que un jalón, eso sí, importante, en la construcción de la identidad, del ‘nosotros’. Por eso, el mismo Arzalluz señalaba que «nosotros pusimos los muertos y ellos disfrutan el cuadro». U Oteiza que, a propósito de la instalación del cuadro en Madrid, decía que «es un escarnio, una traición a Picasso y a nuestro pueblo vasco, a nuestra capital religiosa y política». Cualquier elemento sirve en la lucha contra la ambivalencia, que es tenaz, constante y, a veces, a muerte. Como los perros con la orina, el nacionalista tiene que marcar constantemente los límites, desconcertándole la presencia del extraño, o del nómada que traspasa las fronteras y hoy esta aquí y mañana allí.

Por todo ello, la contradicción del nacionalismo vasco con respecto al ‘Guernica’ es muy grave, ya que utiliza para sus objetivos políticos y de construcción nacional la misma razón identificante que guió a los que destruyeron la villa foral. Entiéndase bien, no estoy diciendo que nacionalismo y nazismo se puedan en todos los casos equiparar. Lo que sostengo es que, en los dos, está inficionada la misma razón que identifica y separa, la misma lógica identitaria que clasifica, ordena, controla y, en algún caso, desecha. El nazismo es una variante extrema del nacionalismo y éste, una excrecencia heredada de la modernidad, con la gravedad de que, ‘extra tempora’, sigue empeñado, a veces a cualquier precio, en modificar las cosas para que sean sustancialmente diferentes a lo que son. De esta suerte, la reivindicación del ‘Guernica’ se convierte en un hongo podrido que se deshace en la boca de los nacionalistas; y, le sucede lo mismo que a valores como la integración, la solidaridad o la libertad, que en sus manos quedan recortados y envilecidos. La libertad que propugna el nacionalismo es una libertad encapsulada, en tanto en cuanto no existe libertad para elegir aquello que debe elegirse y, además, no se puede ser libre cuando no se acepta la libertad de los demás. El llamado ‘derecho a decidir’ no es más que una reivindicación política ya prefijada y que se apoya en la mera razón identificante y aritmética. La integración que propugnan es restrictiva, pues se trata de la solidaridad particular entre aquéllos que se identifican como miembros de una comunidad política y culturalmente diferenciada.

Si Picasso quiso que su cuadro se instalara en el Museo del Prado cuando en España se restablecieran las libertades públicas, ¿por qué aquí no se respeta su voluntad? Si nadie sensato exige que ‘La Rendición de Breda’ se instale en Breda, ¿por qué aquí sí? Lo que el ‘Guernica’ proclama, es, frente a localismo, universalismo; frente a lógica identitaria, lógica dialógica; frente a razón identificante, razón comunicativa. Si ésos son, creo, los valores que Picasso quiso con su cuadro resaltar, asumiré el riesgo del ejercicio contrafáctico siguiente: si Picasso viviera hoy, su pintura sería un homenaje a los centenares de víctimas que el nacionalismo radical propició y el resto consintió. Y ésa debería ser también la principal tarea de los nacionalistas hoy, romper con la dialéctica ellos-nosotros y aproximarse realizativamente a las víctimas. Sin embargo, la paradoja es que se encuentran impedidos para ello. Es decir, si el nacionalismo es una perfecta fábrica social de producción de extraños, luego no puede identificarse con ellos. Si el nacionalismo es un constante productor de distancia social, todo acercamiento a la víctima será hueco, falso y estratégico. ¿Cómo podemos re-conocer a una víctima que no es de los nuestros y se encuentra al otro lado del ‘limes’ que nosotros hemos trazado? ¿Como podemos identificarnos con las víctimas si la nación se construye sobre sus despojos?

La tarea que hoy se les plantea a los partidos democráticos vascos es tan simple como rotunda y exigente: primero, acabar con la violencia y proceder a una profunda y sincera reflexión sobre nuestro pasado-presente criminal (autoconciencia); y, segundo, buscar conjuntamente fórmulas de articulación de la convivencia (autodeterminación). Pero para afrontar este reto se necesitan ideas claras y un cuerpo teórico ordenado y bien articulado. El Proyecto de Ponencia Política 2007 de EAJ-PNV vuelve a ser un amasijo de hierros, un ‘totum revolutum’ donde se amontonan identidad, soberanía, derechos históricos, territorio, pluralidad, bienestar, solidaridad… Josu Jon Imaz quiso introducir cierta coherencia en todo ello, pero su propuesta seguía siendo insuficiente y escondía algunos cadáveres en el armario: territorialidad, pueblo, etcétera. Si Imaz avanzara en su proceso de clarificación teórica, se daría cuenta de que las aporías que ha encontrado y le preocupan no tienen solución en un marco nacionalista. En fin, que entre otras cosas tenemos esto, y el Gobierno del lehendakari con Azkarraga y Madrazo, que me recuerda a ese cuadro de Brueghel que tanto admiraba Canetti -‘La parábola de los ciegos’-, en el que unos invidentes, atados unos a otros, se dirigen hacia el precipicio.