El pacifismo interesado

Por Ramón Gil-Casares, secretario de Estado de Asuntos Exteriores (ABC, 13/03/03):

La historia registra determinados momentos en que la concurrencia masiva de la voluntad colectiva libremente expresada se ha convertido en clamor popular unánime a favor de la guerra. Ocurre en coyunturas de salvación nacional, como en la España de 1808, amenazada sin causa y con engaños por la invasión de un ejército ocupante. En otras, esa misma voluntad colectiva, interesadamente agitada, ha generado graves cuadros de patología social, como en la Alemania exasperada de 1939.

Sin embargo, los movimientos sociales masivos suelen producirse en la dirección contraria. Suscitadas con atinada oportunidad o manejadas con suficiente habilidad, pocas causas colectivas pueden convocar una adhesión tan arrolladora como la defensa de la paz. Un impulso generalizado y contagioso, basado en la solidaridad humanitaria y organizado en manifestación multitudinaria, tiene siempre una fuerza de arrastre considerable, porque brota de los sentimientos más generosos y de las aspiraciones más nobles que anidan en el alma humana.

Lo que cuesta es remar contra corriente, excluir desde la lógica política una posición a la que la pasión nos lleva, a veces con fuerza irrefrenable. Cuesta descontar los elementos emocionales, desagregar la ganga sentimental bajo la que hay que identificar las exigencias o las conveniencias dictadas por la razón.

El humano tiene principios, intereses y sentimientos. Las naciones sólo tienen intereses (aunque éstos deban sustentarse en principios). Si el relativismo moral es en el individuo una actitud miserable, el relativismo político no sólo es una posición legítima, sino a menudo la única válida para que un gobierno responsable pueda asumir, sin renunciar a los principios, la opción más conveniente desde la perspectiva del interés nacional. Sostener esa opción con coherencia y sin desmayo hace en ocasiones inevitable la colisión con la opinión pública mayoritaria y entraña un oneroso coste para los gobiernos concernidos.

Ocurre también a veces que un gobierno, ante un limitado elenco de opciones y más generalmente ante una alternativa bipolar mutuamente excluyente, elabora mediante el fingimiento su posición, simulando asumirla en razón de una exigencia ético-política y en función de un interés moralmente superior, como, por ejemplo, la defensa de la paz. Resulta particularmente oportuno que el mantenimiento de esa posición coincida con la voluntad mayoritaria de su electorado. También puede ayudar a la mejor presentación de la opción asumida el alinearla en contra de la sustentada por la potencia a que se ha visto dialécticamente enfrentada a lo largo de la historia en numerosas ocasiones: se trata del ejercicio de autoafirmación de la grandeza nacional, que reclama un posicionamiento político autónomo.

No vale la pena cavilar ahora sobre cómo Washington jerarquizaría estratégicamente los diversos objetivos que le inclinan a una intervención en Irak. Sí procede señalar que quienes insisten en desvelar supuestos propósitos ocultos de la Casa Blanca, conocidas y profusamente divulgadas numerosas declaraciones públicas -acaso a veces imprudentes- del Secretario de Defensa Rumsfeld, de su vicesecretario Wolfowitz y del propio Presidente Bush, tampoco hacen a estas alturas un descubrimiento histórico ni una contribución sensacional para el conocimiento profundo de las claves de la crisis.

Son otros coprotagonistas de este drama global quienes ocultan con mayor empeño y mejor éxito sus inconfesos objetivos y sus verdaderas intenciones. Hay un país que por dos veces (Resoluciones 1134 de 1997 y 1284 de 1999) se negó a apoyar en el Consejo de Seguridad el sistema de inspecciones en Irak y que basa ahora su posición nacional precisamente en la necesidad de alargar ese mismo proceso de inspecciones.

Resulta curioso que ciertos responsables políticos de alguna potencia europea que se ha empleado en ahondar la brecha transatlántica y en imponer su opinión, dificultando la forja de un consenso en el seno de la UE sobre la crisis de Irak, acusen de unilateralismo a la posición aliada abanderada por los EE.UU.

Vemos a una nación rehén en su posicionamiento de los ofrecimientos electorales de su líder. Otra, que contempla con terror la eventualidad de su pérdida de influencia en la zona y el riesgo de no poder recuperar sus cuantiosos créditos petroleros: unas y otras, al socaire de la crítica antibelicista, instalan confortablemente sus posiciones tras los parapetos pacifistas de sus electorados nacionales respectivos y además, si pueden ejercerlo, amenazan con el veto.

No nos engañemos: nadie es inocente en este duro juego político. No tienen menos intereses nacionales quienes con más habilidad los ocultan tras la altruista fachada de perseguir el desarme por medios pacíficos, a través de la alegada necesidad de una cobertura multilateral que por diversos medios contribuyen a sabotear en otros foros. Nadie duda que sea más cómodo y rentable a corto plazo dejarse llevar por la corriente impetuosa de la demagogia, más aun si ésta recibe un apoyo tan masivo que raya en la unanimidad y cuando se sustenta en la defensa de la paz, porque se adorna entonces del prestigio prestado por un concepto de indiscutible valor moral.

Pero aplazar la solución de una situación insostenible o el saneamiento de fracturas políticas que se pretende cerrar en falso sólo producirá a la larga mayores dificultades y mayor sufrimiento. No puede, no debe ser una receta válida la de paz para hoy y hambre para mañana -y se habla de hambre porque no se contempla la suspensión del sistema de sanciones de NN.UU. contra Irak, aunque ya el saddamismo la está reclamando contra presentación de factura de haber destruido, bajo presión insoportable, unos cuantos cohetes Al-Samud.

El belicismo radical resulta siempre una aberración inaceptable, pero el pacifismo a ultranza puede llegar a ser una simplificación indefendible. Quienes individualmente apoyan la paz bajo cualquier circunstancia y a cualquier precio suelen ser personas insuficientemente informadas o incorregiblemente idealistas, pero parten casi siempre de una posición éticamente irreprochable. Sin embargo, el pacifismo radical promovido en coyunturas concretas por gobiernos de Estados conocidamente no pacíficos, según comprobación histórica, resulta sospechoso porque a menudo encubre intereses escasamente altruistas que suelen tener poco que ver con los verdaderos valores de la paz que dicen defender.

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