El país de las segundas oportunidades

Emigrar nunca es fácil, y cuando es el resultado no de una opción sino de una ausencia de opciones, es siempre una experiencia penosa, sólo compensada, y no para todos, por la desaparición de las circunstancias que forzaron la marcha. Pero si uno ha de emigrar y empezar de nuevo, puede que el mejor sitio para hacerlo sea el país de cuya creación hoy se cumplen ciento cincuenta años: Canadá.

Porque aunque sean muchos los países que presumen de tradición hospitalaria –cuando los inmigrantes pueblan las ramas más lejanas del árbol genealógico parecen molestar menos y se convierten incluso en motivo de jactancia– lo cierto es que en materia de acogida Canadá, una nación fraguada al calor de cuatro siglos de inmigración sin pausa, destaca por encima de todos. Y cuando, fruto de la reforma de la política inmigratoria, la diversidad cultural y étnica desbordó la antigua dicotomía entre inglés o francés, y católico o protestante, Canadá pasó a convertirse en el único estado occidental verdaderamente multicultural y, por esa razón, en uno de los mayores y más exitosos experimentos sociales de la historia. O como bellamente dejo escrito el escritor judío de Montreal, Mordecai Richler, en «el país de las segundas oportunidades de todo el mundo».

Hubo un primer éxodo: los más de 90.000 fidelistas, partidarios de la Corona durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Pero escrutando la lista de insumisos a la nueva república, descubrimos que no tantos eran ingleses. Así, el 40% de los prófugos afincados a partir de 1775 en lo que hoy es Ontario eran de habla alemana, originarios de la cuenca del Rin. También había escoceses highlanders, granjeros católicos de Irlanda y un considerable contingente de realistas negros y aborígenes. Es decir, frente al mito más tarde extendido de una nación inglesa y tory, los primeros canadienses ya eran de diverso origen étnico.

A partir de entonces, antes de la creación del Dominio en 1867, el gobierno compitió con Estados Unidos en la atracción de inmigrantes europeos para poblar su inmenso territorio. En sus reclamos a menudo se ocultaba el inclemente invierno del país, aunque tampoco sería de extrañar que muchas familias europeas no tuvieran claro si estaban desembarcando en Halifax o Nueva York, o si su nuevo hogar estaría en Iowa o Saskatchewan. La historia está contada en el museo del Pier 21 de Halifax, equivalente de Ellis Island en Nueva York, cuyas explicaciones no encubren que durante un largo periodo la política de inmigración fue racista, diseñada para evitar que ningún contingente exótico de migrantes hiciera peligrar la preponderancia europea y blanca. Y tampoco silencia la escasa solidaridad con los judíos huidos del Holocausto, a quienes se devolvió en muchos casos camino del Lager. Y es que Canadá siguió durante un tiempo el patrón de la modernidad europea: la construcción de una sociedad culturalmente homogénea, aherrojada con grillete nacionalista. De haber continuado esa senda, Canadá sería hoy un país físicamente grande y políticamente pequeño, frustrado por las desavenencias entre sus dos minorías fundadoras, la inglesa y la francesa, apenas capaces de tolerarse.

Pero en los años 60 del siglo xx pasó algo que cambió el rumbo del país. Consciente de que Canadá –quinta potencia industrial tras la guerra– necesitaba mano de obra, y de que la nación precisaba renovar su relato para hacer frente al secesionismo en Quebec, el gobierno liberal del gran Lester Pearson, en el que era ministro Pierre Trudeau, aprobó la revolucionaria Inmigration Act, que convertía a Canadá en el primer país del mundo en adoptar un sistema de selección de inmigrantes basado en el reclutamiento por puntos: un baremo basado en la edad o la experiencia laboral, pero no en la pertenencia a un colectivo racial o étnico. Hoy en torno al 22% de la población censada ha nacido fuera del país, un porcentaje extraordinario. Y se trata de un conjunto que acrece en unos 250.000 nuevos residentes legales cada año, algo menos del 1% de la población. Pero si incluyéramos los hijos o nietos de oleadas precedentes, el porcentaje de población inmigrante se dispararía a más del 50%.

La constante y controlada inyección de inmigrantes, a la que se concede la ciudadanía en plazos cortos, tuvo además la terapéutica función de diluir el secular problema anglo-francés. Hoy los descendientes de los loyalists británicos y la estirpe de los québéquois son sólo las dos minorías principales. El desbordamiento étnico, el bilingüismo federal y las políticas de desagravio dirigidas a sanar la herida con la población aborigen, hacen de Canadá el primer país occidental que ha roto con el molde del Estado-nación, dato que quizá no sea ajeno a su comentada inmunidad al contagio populista. Y la clave en la bóveda de esta construcción admirable es la inclusión. La inclusión social, que erige un sistema de bienestar parecido al europeo. Pero también la inclusión cultural. Canadá es el primer país que ha entendido que una sociedad inclusiva no es la que acepta acríticamente cualquier tradición cultural que un inmigrante trae en su maleta –tal es la caricatura que el liberal hace del multiculturalista–, sino aquella que pone alto el listón de lo que excluye, porque sabe que al excluirlo elimina un incentivo para que el emigrado se sienta ciudadano de la comunidad política de llegada. Mientras el verano pasado Europa se desquiciaba por el avistamiento del burquini en sus playas, Canadá decidía que una musulmana podía ejercer de policía montada tocada por un velo y se enorgullecía de que su Ministro de Defensa luciera un vistoso turbante sikh. Los fundamentos democráticos del Estado no han sufrido por ello y no parece que un policía o un ministro sean personas poco integradas o faltos de compromiso con su país. Durante la crisis de los refugiados el Primer ministro Trudeau ha podido, sin oposición en la calle o el parlamento, emular a su padre, cuyo gobierno acogió en 1972 a los ismaelitas que sufrían la persecución de Idi Amin en Uganda: en 2016 fueron más de 30.000 sirios los que hallaron en Toronto, Montreal o Vancouver su segunda oportunidad.

Nada relacionado con el debate migratorio es fácil ni la actual coyuntura tolera simplismos bienintencionados. El suelo de Canadá reúne unos presupuestos hasta naturales que hacen que recibir inmigración sea más fácil que en Europa. Pero no ocultaré que tras haber vivido cuatro años allí y haber vuelto hace poco, más de una vez he echado en falta en nuestras ciudades esa abigarrada alegría multirracial que conocí en Canadá y he deseado que mi casa europea se parezca un poco más a ese país donde comenzar de nuevo parece siempre un poco menos difícil: que el país de las segundas oportunidades sea también el país del futuro.

Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst es ensayista.

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