El país del centro

La crisis griega ha vuelto a poner a Europa donde siempre, al borde del precipicio. Aunque las posibilidades de un abandono irreversible de Grecia son muy remotas –ni Europa está sola en el mundo ni es tan soberana como quizá se imagina–, los últimos meses han dado nuevo impulso a las fuerzas centrífugas que laten en el seno de toda unión, y han engrosado las filas de los escépticos. Como la historia está llena de acontecimientos imprevistos, valdrá la pena coger el toro por los cuernos y preguntarnos cuál podría ser el mapa de una Europa fragmentada, por mucho que uno ni la crea probable ni mucho menos la desee.

No es este un ejercicio original: durante los últimos años han nacido varias propuestas de ruptura de la Unión, y hasta hemos podido asistir a algún simulacro de lo que sería esa ruptura. Tomo un ejemplo. En el 2013, George Soros trazó cuatro soluciones posibles para la crisis de la eurozona: la prolongación del statu quo, el abandono de los países del sur, el abandono de Alemania y el fin de la eurozona. Durante año y medio he tenido ocasión de exponer esas alternativas ante grupos de alumnos de todas las procedencias, con dos preguntas: cuál era la alternativa más probable y cuál la preferida. Con pocas variaciones, la más probable era la primera, y la preferida –incluso por los alumnos alemanes–, la tercera, la salida de Alemania. Pero al tratar de imaginar el desarrollo de esa tercera alternativa, el resultado era siempre el mismo: los países del norte acababan formando un bloque compacto, dejando en el extremo opuesto un sur deshilachado y abandonado a su suerte. En el centro, en un incómodo equilibrio, Francia, siempre Francia. Llegados a este punto habíamos de convenir en que la alternativa preferida era irrealizable en la práctica.

Ese ejercicio, tantas veces repetido, encierra una lección: cualquier intento de dividir Europa acaba tropezando con Francia. Al percibirla como un obstáculo, un ilustre periodista alemán decía que Francia había de decidir si quería ser un país del norte o uno del sur. Pero la geografía, ese callado depósito que va dejando el paso de la historia, nos sugiere que eso no es posible: Francia, como todo país, tiene regiones ricas y pobres, pero a diferencia de España, Portugal o Italia no tiene un norte y un sur. Así pues, Picardía, al norte de París, tiene la misma renta media que Castilla y León; la Baja Normandía, la de Galicia; al este, la del Ródano, la del vecino Piamonte. En un mapa de colores, el del sur sube por el centro hasta las afueras de París. Francia es un país del norte y del sur, y a la vez un solo país. La historia, depósito de argumentos del que cada uno extrae los que más le convienen, también sitúa a Francia en el centro: si todos los países europeos han sido enemigos por turnos unos de otros, sólo Francia ha logrado serlo de todos a la vez, verdad es que por poco tiempo. Francia es también el país en el que muchos tienen el secreto deseo de vivir: “Vivir como Dios en Francia”, escribía Heine. ¡Con qué fruición acariciaban los generales prusianos la idea de instalarse en París! Y a esa posición central ha contribuido la acogida brindada, no siempre de buena gana, a miles de exiliados de todas partes, que en ella han dejado a menudo lo mejor de sí mismos.

Lo anterior no quiere ser una apología de Francia, que no la necesita, sino el reconocimiento de un hecho: el destino ha colocado a Francia, franceses incluidos, en el centro de Europa. Es bueno recordarlo cuando hemos llegado al extremo de juzgar la calidad de un país por su capacidad de crecer, de prosperar y, sobre todo, de cuadrar los presupuestos. Habilidades todas respetables, pero instrumentales, y que pueden convertirse en vicios e instrumentos de tortura si no están orientadas a un buen fin. La crisis griega muestra que hoy no lo están.

Francia, por su parte, parece estar perdiendo peso en la medida en que su evolución económica y presupuestaria no da la talla según los baremos septentrionales. No perdamos la perspectiva que nos dan geografía e historia: Francia está en el centro. Es, además, consultada en cuanto se refiere al sur, a nuestro sur, y nos entiende mejor que otros. Eso no quiere decir que nos defienda, porque Francia, como todos, defiende ante todo sus propios intereses, pero puede simpatizar con nosotros. Puede ser nuestra mediadora –aunque no siempre lo es– porque nuestros asuntos pasan casi siempre por sus manos. Más que verla como un obstáculo al progreso de Europa, hay que verla como una garantía, no sólo de que el proyecto de Europa sobrevivirá, sino también de que la Europa que resulte dará cabida a todos, norte y sur, así como Francia contiene a ambos en su interior, y logrará así mantener en la unidad la diversidad que hace el encanto de nuestro continente.

Alfredo Pastor, cátedra Iese- Banc Sabadell de Economías Emergentes.

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