El país del rey Ubú

El fin de la ruptura diplomática entre los Estados Unidos y Cuba podría permitir una relativa apertura del mercado económico en el interior de la isla. Es probable que las cosas se orienten en esa dirección. Pero no se ha producido ninguna señal, hasta ahora, de que la posible apertura económica vaya acompañada de una apertura política, de una democratización de la vida cubana, de un aumento del espacio de la libertad. Lo que se ha notado hasta aquí, más bien, es una mejora de las relaciones formales con Washington y con el Vaticano, un intercambio de banderas y de sonrisas, algunas misas públicas, pero un notorio reforzamiento de los controles internos. Hubo intercambios de concesiones y liberación negociada de presos políticos, pero la situación de partido único, de rechazo institucional, legalizado, de toda forma de oposición, de censura estricta de toda forma de pensamiento libre, no ha tenido el menor cambio. Más bien se han notado indicios claros de retroceso, de agresiones menores, pero constantes y eficaces, a la disidencia, a la discrepancia de cualquier clase. No hablemos de oposición política formal, porque ésta, en el extraño país en que se ha convertido la Cuba de hoy, está prohibida por la Constitución de Estado. Es el país del Rey Ubú de los novelistas del surrealismo europeo del siglo pasado.

el-pais-del-rey-ubuEn estas condiciones, excluir a los disidentes, incluso a los más moderados, en las ceremonias de reanudación de las relaciones diplomáticas entre USA y Cuba en el edificio del Paseo de la Habana, así como el propósito declarado del Papa Francisco de no reunirse con ninguno de los discrepantes, de los disconformes, son actitudes que me han parecido de poca sensibilidad cultural, democrática, histórica. Porque el restablecimiento de relaciones entre La Habana y Washington deja en evidencia un aspecto del problema, y un drama de fondo, que el castrismo había conseguido disimular con notable astucia. Después de la crisis de los misiles de octubre de 1962, resuelta de manera directa entre John Kennedy y Nikita Kruschev, la amenaza del imperialismo, del ataque exterior, había desaparecido. Había en esos días una delegación de primer nivel del partido comunista chileno en Moscú y se reunió con Kruschev en el Kremlin. «¿Por qué no consultó usted a Fidel Castro antes de retirar los misiles?», preguntaron los chilenos al secretario general. «¿Y si Fidel hubiera dicho que no?», contestó Kruschev. Ahora sabemos que Fidel había propuesto lanzar misiles nucleares contra los Estados Unidos. Y se dice que al conocer el acuerdo alcanzado por Kruschev a espaldas suyas, rompió un espejo de una bofetada. Claro está, esto no me consta, y no pretendo entrar en los entretelones de la historia moderna menuda.

Lo que sí me parece evidente, a lo largo de todos estos años, es que Fidel Castro no ha luchado contra fantasmas imperiales, contra feroces e inescrupulosos enemigos externos, sino contra los cubanos partidarios de las libertades democráticas, de las elecciones libres, del derecho a entrar o salir de la isla, de leer los libros y de ver las películas que ellos elijan, y no los que les asigne un Hermano Mayor digno del «1984» de George Orwell. En el siglo XIX latinoamericano se hablaba de los caudillos ilustrados, seguidores del despotismo ilustrado español, y de los caudillos bárbaros. No sé si Fidel podría optar a la categoría de ilustrado, pero yo, por lo menos en mi caso personal, no podría sonreír con gusto al darle la mano. Por eso he preferido no regresar a la isla después de mi experiencia de hace ya casi medio siglo. Le he tenido mucho menos miedo al palo que al abrazo, y ahora, al mirar el tema en perspectiva, creo que no me he equivocado.

Lo que ha conseguido de verdad el fidelismo no ha sido detener al «imperialismo yanqui», como ellos no se cansaban de afirmar, sino dividir el país en dos partes polarizadas, congeladas, aparentemente irreconciliables. Las señoras sentadas en los Comités de Defensa de la Revolución, vigilando desde sus cubículos todo lo que ocurre en la manzana, son equivalentes a las tejedoras a los pies de la guillotina en los años más terribles del gobierno de Robespierre y de su Comité de Salud Pública. Pero hay una diferencia importante: los exiliados del castrismo no sólo fueron los poderosos del Antiguo Régimen. Y no nos olvidemos de los numerosos exiliados interiores, que merecerían una historia aparte.

Enrico Mario Santí, notable crítico literario cubano y profesor en universidades norteamericanos, me dedicó un libro suyo con un agregado: «el mejor de los cubanos». No es exacto, desde luego, y lo interpreté como una invención amistosa. Pero mi posición con respecto a Cuba me ha permitido conocer mucho de la disidencia interna y externa: médicos, paramédicos, escritores, profesores, historiadores, libreros, obreros, mesoneros y un muy largo etcétera. Por ejemplo, descubrí que en Miami, en los alrededores de la calle 8, hay libreros de viejo que antes estuvieron en La Habana y que se vieron obligados a salir al exilio. Y hay un hijo de Silvio Rodríguez, cantante oficial, que también es cantante y se hace llamar a sí mismo Silvito el Libre. Y encontré, en Santiago de Chile, que uno de los jefes de psiquiatría de la célebre Clínica Las Condes es el doctor Rojas, hermano de Rafael Rojas, el notable historiador que vive y trabaja en México, hijos, ambos, del rector de la Universidad de La Habana durante mis meses de diplomático chileno en la isla.

Afirmar que no se quiere saber nada del exilio o de la disidencia cubana es un error grave. Por el contrario, Estados Unidos tuvo programas para la democratización de la isla y ahora es el momento de actualizarlos. Cuando cayeron los regímenes de Europa del Este, Octavio Paz, poeta, ensayista, hombre de ideas, organizó en la televisión mexicana una reunión de intelectuales que habían sido reprimidos en esos lados. Ahora habría que hacer cosas parecidas con respecto a Cuba. Una Cuba moderna, democrática, reconciliada con sus disidentes, con su cultura real recuperada, sería muy importante para la América Latina de ahora. La otra alternativa sería la economía libre y la política férreamente controlada, al estilo chino, con el agravante de un gobierno dinástico, a la manera de Corea del Norte. ¡El Rey Ubú en el gobierno!

Jorge Edwards, escritor.

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