El paisaje del horror

Por Manuel Montero (EL CORREO DIGITAL, 15/05/08):

En la fotografía sólo se aprecia un edificio destruido, unas ruinas que a juzgar por la imagen podrían tener años de demolición, pero que apenas tienen unas horas. De madrugada ETA lo ha hecho reventar, ha asesinado allí a una persona, herido a varias y puesto en peligro a algunas decenas, incluyendo varios niños. Ha creado en Legutiano un nuevo espacio del horror. Ha matado a Juan Manuel Piñuel Villalón porque era guardia civil. También porque ETA quiere seguir quitándonos la libertad a los vascos, hasta arrebatárnosla totalmente. Conviene detenerse en esto, que no es retórica. A veces se oye, de labios nacionalistas, que los terroristas están equivocados porque piensan que así combaten por la libertad vasca y que tal estrategia constituye un error: «La violencia no ha servido ni sirve ni servirá en el futuro», ha dicho el lehendakari en su intervención. Lo condena porque no es útil y porque tal violencia empaña la imagen de «los vascos que defendemos que el pueblo vasco es de los más antiguos de Europa» (sic). En el argumento subyace la idea de que, por una vía equivocada, los terroristas buscan darnos la libertad. Este planteamiento es del todo erróneo: ETA asesina para quitar la libertad, para lograr que quiebre la democracia y crear un poder vasco desde el que continuar su proceso de limpieza étnica, cultural o política, con transformaciones contra la voluntad de los vascos.

Dicho de otra forma: ETA ha asesinado porque la Guardia Civil defiende la convivencia, la democracia y la libertad de los vascos, y por tanto constituye un obstáculo para sus entelequias totalitarias.

Pero el paisaje del horror no está sólo en la casa derruida en Legutiano. Abarca sobre todo a los criminales que han organizado y llevado a cabo esta tropelía. Viven en un mundo de delirios. ¡Piensan que están en una guerra! Eso sí: la suya es una guerra peculiar, en la que sólo muere la otra parte y hay indignaciones si se detiene a asesinos y secuaces. Tales planteamientos fructifican en una sociedad acomodada como la vasca, con altos niveles de vida y ninguno de represión cultural, política o lingüística, a no ser las conocidas discriminaciones que está iniciando el régimen nacionalista y la amenaza violenta a los no nacionalistas, por la que cientos deben vivir escoltados. Una guerra peculiar, la suya: la guerra de los señoritos contra el pueblo. Hay precedentes europeos en los años treinta del siglo XX. También los hay de esa soberbia que les hace sentirse con el monopolio de la verdad y derecho a asesinar y amedrentar en virtud de sus paranoias estratégicas.

No acaba ahí el espacio del horror. Forman parte de él sus fieles, la grey batasuna que afirma ser algo diferente a ‘la organización’. Se negarán, otra vez, a condenar el atentado, insinuarán (o dirán) que la Guardia Civil es una fuerza de ocupación y que todo esto es fruto de un conflicto que sólo se arreglará con la negociación, que es como llaman a la rendición de la democracia ante las ‘SS’. El paisaje de este horror lo completan los niñatos de la kale borroka, imbuidos de prepotencia, y esos grupos convencidos de que la democracia ha de ajustarse a sus fantasías, y ellos tienen derecho a jalear a asesinos, dedicarles calles o derruir la convivencia.

El paisaje del horror que tiene su centro en las ruinas de Legutiano extiende ondas más amplias. Abarca también a la comprensión del nacionalismo vasco respecto al terrorismo y a su entorno. Por supuesto, el Gobierno vasco condena sin paliativos el atentado y ninguna duda hay de que rechaza plenamente el terrorismo, como lo hacen los tres partidos del tripartito. Y, sin embargo Lo cierto es que su política desestabilizadora puede servir como caldo de cultivo al nacionalismo radical y sus expresiones más siniestras. No practica ninguna política de cautela y de autocontención ante esta eventualidad. Su particular agresividad contra los no nacionalistas, que se suele deslizar hacia el victimismo catastrofista, no parece dirigida a contener las ínfulas terroristas, hechas de catastrofismo victimista, sino a darles aire. Tampoco tiene tal función una política cuyo eje no es buscar la convivencia, sino el triunfo del nacionalismo. Y está su absurda política de ‘derechos humanos’, en la que trata con el mismo rasero a familiares de presos terroristas y a víctimas del terrorismo. Cuando se llega a considerar que un asesino y su víctima son en algún punto equiparables, el paisaje del horror nos anega.

También forma parte de este espacio del horror la tendencia a considerar que un asesinato es un factor político, o las dudas en llegar a sus últimas consecuencias en el rechazo al terrorismo: todavía estamos esperando la moción de censura en Mondragón tras el asesinato de Isaías Carrasco.

Hay otra cuestión, la incapacidad de distinguir a quienes defienden la democracia y la libertad de los vascos. Hace dos años, en 2006, el PNV se negó a reconocer el trabajo del servicio de montaña de la Guardia Civil -se calculaba que los últimos diez años había rescatado a 421 vascos- porque «nunca aceptará un elogio general a un Cuerpo ( ) en cuyo seno hay grupos y personas concretas que se han dedicado a la tortura, los golpes de Estado, el contrabando de drogas, las mordidas o el secuestro de olentzeros» (sic). El pasado diciembre, en el vídeo estúpido que reivindicaba una selección vasca de fútbol, la caricatura correspondía a un guardia civil, que en esa patraña salía huyendo por los gritos de la hinchada -los autores del desaguisado pensarán que el conjunto de los vascos son tan necios como ellos-. El presidente de la asociación proselección vasca, que no parece muy avispado ni de inteligencia señera, justificó la sátira sobre la Guardia Civil diciendo que «las fuerzas armadas están en Euskadi para reprimir». Es posible que vídeo y asociación se paguen con fondos públicos, pero el dislate se dio por bueno, y no hay noticias de que el nacionalismo ‘moderado’ se indignase.

La responsabilidad del atentado de Legutiano corresponde íntegramente a ETA, a sus autores, pero el espectro del terror, sus ramificaciones, se extienden por vericuetos que sin duda se sienten cargados de inocencia. Si no se produce alguna vez un punto final de este deterioro ético y político el paisaje del horror seguirá rodeando nuestras vidas.