El Palentino

El Palentino

Un bar es un local donde se sirven desayunos todo el día, aperitivos y cerveza, bebidas espirituosas y minutas, donde puede verse el fútbol codificado y la vida pasar sentado en una mesa o en la barra. Eso según las reales academias. Los bares estaban en todas partes. En las esquinas, en las estaciones del tren y subterráneos, cerca de las paradas de autobuses colectivos. Palacios para el pueblo que camina, el hogar putativo de los trabajadores, los desempleados, los bohemios, los proxenetas, los artistas, los vagos, las prostitutas, los migrantes y los viejos. Si abren por la noche, si se sirven cócteles y en las mesas se sientan adultos acompañados por señoritas, si no se hacen preguntas, entonces son cabarets o garitos. Tanto en la gran ciudad como en plena carretera, en ciudades chicas, pueblos o aldeas, el bar es el epicentro del ocio y la vida social.

Los citadinos -género urbano- nos permitimos añorar bares de «antaño y estaño», bares con solera y con historia, el bar de la esquina. En un pueblo perdido o encontrado, en una aldea campesina, incluso en una ciudad, el cierre definitivo de un bar es una pérdida irremediable. Pulperías criollas, dispensarios enrejados de bebidas espiritistas, pubs británicos con diana y dardos, pizzerías suculentas diseminadas por Buenos Aires, estratégicamente en las esquinas próximas a las estaciones de tren. El bar de la infancia, los bares de la juventud, el bar en la esquina de la escuela donde nos servíamos de bocadillos de mortadela o el tradicional Paty hamburguesa. Los bares donde el calor del amor nos ha abrigado. El bar como equivalente a todo, supletorio del hogar y las telecomunicaciones.

Palacios para el pueblo que camina, el hogar putativo de los trabajadores, los desempleados, los bohemios, los proxenetas, los artistas, los vagos, las prostitutas, los migrantes y los viejos

En el siglo 21 las necesidades son otras: un enchufe donde cargar baterías. El tiempo es el tiempo y el oro es el oro, pero cuestan lo mismo de caros. Entonces los viejos bares se reconstruyen plastificados como franquicias. El café se sirve en vasos de cartón y los tentempiés no son gratuitos ni accesibles. Los pinchos, los montados, los tostados de jamón y queso, han devenido en muffins o croissant. El bar «de toda la vida» ahora es hostil y se presenta como un pequeño lujo para las «clases medias aspiracionales» (o hipsters). Ni siquiera sobreviven los indispensables, los esenciales, los icónicos, los testigos de la cultura viva, los de mayor interés cultural e histórico. Cada cultura tiene los bares que ha sabido cuidar como sociedad y viceversa. Bares en los malabares del tiempo.

En cualquier rincón de los Estados Unidos hay bares donde sirven desayunos, hamburguesas y tarta de queso. Resisten -a pesar de todo- las máquinas tocadiscos donde es posible escuchar Free Bird y no desentonar en «América La profunda». En las Islas Británicas se llaman pubs y sirven cervezas varias, ¡hasta calientes! El pub en Grande Bretaña es el arraigo. Un británico que abandona el pub local, nunca es ya la misma persona. España tiene una tradición de bares que excede el radio de los desayunos y las meriendas, el Sol y Sombra y los pepitos de ternera. Cadenas de bares para beber toda la noche hasta la madrugada con música de fondo y forma. Y los bares de rock, que es donde el rock ha vivido. Literalmente.

Ni siquiera sobreviven los indispensables, los esenciales, los icónicos, los testigos de la cultura viva, los de mayor interés cultural e histórico

En la última década del dulce y agrio siglo XX, Malasaña estaba sembrada de bares de rock. Era posible recorrerlos sin casi tocar el piso. Especialistas pinchaban buenos discos, se concretaban transacciones ilegales para celebrar en el tigre, los baños. Había bares de rock en toda la piel del toro, custodiando un secreto exclusivo, los secretos del palo de una bandera de cuero negro, ondeando orgullosa en las regiones entonces conocidas como España. Unida, libre y grande, hablando el mismo idioma en estos garitos de una misma identidad, el Rock n Roll.

No puedo presumir, siquiera, de haber recorrido todos los bares de las manzanas aledañas a mi domicilio de otrora. Ahora el tiempo me ha convertido en un misántropo abstemio, un duque en sus dominios. Mis desayunos han cambiado, no así mis horarios vampiros. Es el destino inconstante del gaucho que vive errante donde la suerte lo lleva, diría Martín Fierro. A la uruguaya, viajo con el porongo y la yerba para que no me falte el mate amargo.

Saludo los locales emblemáticos como identidad de ciudades, y por ende, de países. El Palacio del Whisky en Montevideo, El Cafetín de Buenos Aires, El Bar Unión en Paseo Colón, El Café Gijón en Madrid, La Faena en el Zócalo, La Iguana de Vigo… Cientos y miles de bares que retratan la identidad de los barrios, las personas y las noches que nos pertenecen, o nos pertenecieron alguna vez. Sin un bar en condiciones ni las películas, ni las novelas ni el blues, hubieran sido posibles.

Ahora el tiempo me ha convertido en un misántropo abstemio, un duque en sus dominios. Mis desayunos han cambiado, no así mis horarios vampiros

Según el tango, el bar es lo único en la vida que se parece a una madre («Sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja»). Hace treinta años, era posible pasarse hasta doce horas de recorrido noctámbulo sin un duro en el bolsillo. Aquellos rallies salvajes suponían habilidades para las relaciones públicas, intuición y encanto para beber gratis. Una red de amistades controlaba detrás de las barras, a veces con escenario e instrumentos para usurpar. Eran, entonces, los años analógicos, perpetuados en el cine por Álex de la Iglesia en la formidable y apocalíptica «El Día de la Bestia». El propio Álex, en clave malasañera, tributaría años después al gran bar de Madrid: el ya legendario Palentino. Era epicentro de la grande cultura de lo auténtico, frecuentado por «La chica mas linda del mundo», el trotamundos Manu Chao, Los Agapo, Los Camuñas, Los Centuriones, Los Alfíles, Corcobado,  Turmix, Julián Infante, Guille Martín, las lumis de Ballesta o, luego de la batalla de Malasaña, lo que llamábamos -no literalmente- «la célula de Al Qaeda».

El propio Álex de la Iglesia, en clave malasañera, tributaría años después al gran bar de Madrid: el ya legendario Palentino. Era epicentro de la grande cultura de lo auténtico

El Palentino atendido por sus dueños, los hermanos Casto y Moisés. Los Winston importados para los amigos, los formidables desayunos, los precios decentes y el zumo recién exprimido, las tostadas fetén, en plancha y mantequilla. El Sol y Sombra y los pepitos. El ambiente extraordinario desde el primer desayuno hasta chapar tarde por la noche. El excelente servicio, los precios populares, el ambiente, el trato literalmente familiar y vecinal, cada baldosa, la plancha para todo y los zumos buenos y la historia, han consagrado a El Palentino como el gran embajador extinto de una tradición de calores y amores en torbellino. El bar por excelencia donde nos sentimos, no pocas las veces, mejor que en casa. El tiempo que se va, donde se fue? Adiós a los cafetines que inspiraron los versos de Enrique Santos Discepolo y Mariano Mores:

En tu mezcla milagrosa
De sabihondos y suicidas
Yo aprendí filosofía, dados, timba
y la poesía cruel
De no pensar más en mí...

Por Andrés Calamaro, músico y escritor.

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