El palo de la fregona

Ahora que se ha puesto de moda en los diarios españoles crear una sección que se denomina “Tendencias”, a imitación anglosajona, y que incluye desde la tendencia a matar a la mujer, como la tendencia a quemar coches, como la tendencia a la cocina “de autor”, y donde cual cajón de sastre cabe todo, desde lo más brutal a lo más pendejo, propongo que la fuerza de la realidad exige que abramos un apartado “tendencial” que se llame “cosicosas de la droga”.

Así de ligero, como si se tratara de algo sin demasiada importancia, para no asustar al personal, que de tan asustadizo alcanza lo que los mexicanos llaman “achicopalado”. Podría reducirse, porque hoy en periodismo hay que achicarlo todo, y se quedaría en algo etéreo “narcotráfico y variedades”, lo que consiente cierta ductilidad temática, desde anunciar los últimos “descubrimientos” en las discotecas de moda, como acercarse a las formas que adopta la industria más rentable y con futuro del siglo XXI. Hay dos supuestos economistas, Guillermo de Haro y Javier Llanos, que van por ahí explicando que El Padrino de Coppola es un modelo que imitar. Para ser precisos: “Podemos copiar esos comportamientos, pistolas aparte”. La situación económica española y nuestra práctica bancaria demuestra que si hay algo superfluo, por exagerado, es la necesidad de un arma. Basta con firmar un contrato de mucha letra pequeña.

“Cosicosas de la droga” tendría además la ventaja de permitir una cierta distancia, jugar con el anonimato o las siglas de los traficantes, respetando escrupulosamente su honor, e incluir el humor. Humor y honor son dos palabras que se llevan mal en los diarios, por eso se ha decidido limitar el uno y acicalar al otro. Confieso mi escaso interés hacia el mundo de la droga, ya sea el empresariado –¿se podría decir emprendedor?– como del consumidor. Pertenezco a una generación que llegó tarde a todo, y me conformé con drogas menores: los puros, el vino y los periódicos.

Dice mucho de un país, el que los grandes traficantes hayan descubierto que lo más cómodo es hurtarle la droga a la policía, que la tiene parada y sin darle ningún rendimiento económico, en galpones de aduanas y almacenes. Un derroche financiero en estos tiempos de inquietud e inseguridad. ¡Qué mejor que privatizar los depósitos de droga! El Estado, no digamos ya las autonomías, carecen de talento financiero. Están agotadas. Transformemos los recursos en beneficio. Lo privado, es decir, lo propio, siempre resultará más rentable para el que lo promueve, que ese Estado paquidermo, lento y renuente al cambio. Robar a la policía y a los jueces morosos.

No es un chiste, ni siquiera de El Roto. Los empresarios del narcotráfico llevan asaltando depósitos de droga acumulada con un éxito espectacular y una ayuda involuntaria de los medios de comunicación que causa pasmo; deberíamos pedir comisión por nuestra discreción, aunque fuera en especies. En Huelva acaban de llevarse casi dos toneladas –1.800 kilos, para ser precisos– entre coca y hachís.

En cinco operaciones similares el saldo ha sido suculento; ni un detenido ni un gramo recuperado. El que más me impresionó a mí, que debo ser un rara avis de las noticias que apenas salen en papel, es el caso gaditano. En Cádiz se llevaron 30.000 (debe ser escrito en números, por respeto) kilos. Me cabe la duda si el informador ha exagerado, porque 30 toneladas es un volumen que en cualquier país provocaría una crisis de Estado. Pero en fin, aunque rebajemos un poco, y pónganle la mitad. 15 toneladas son algo más que un tráiler, digo yo, que no entiendo mucho de volúmenes y transportes.

Y todo se limitó al palo de una fregona. Esa humilde y trascendental fregona que inventó un tipo de Logroño, excelentísimo señor don Manuel Jalón –porque se merece todos los títulos– que residió en Zaragoza y que constituye nuestro más exigente descubridor desde don Severo Ochoa, sin que esto desmerezca de tantos esclavos de su pasión humillados por el Estado y la subvención precaria. Sencillamente ese palo de fregona que dejó la ventana sin cerrar, o como diría un fiscal, “que impidió que la ventana estuviera cerrada”, consintió 30 toneladas de droga esperando ser robadas y reutilizada en el mercado. ¡El mercado, el tótem de nuestra época! Válido para la finanza y para la cultura. Sin mercado no hay salvación.

No se dejen engañar, aunque conviene que disimulen. No es bueno en estos tiempos que los que mandan se enteren de que estamos en el secreto; hagan como si no lo saben, pero tampoco lo olviden. Regístrenlo. En Barcelona, sin ir más lejos, acaban de juzgar a los hijos del exjefe de la Fuerza Aérea argentina en la época de Menem, los hermanos Juliá. Les ha caído 13 años de cárcel por casi una tonelada de coca. Sabemos sus nombres porque son argentinos, si fueran españoles bastaría con las siglas. Gracias al exotismo sabemos que al expresidente de la comunidad pakistaní en Catalunya, Rajda Shaoid Satti, le han pillado con 64 kilos de heroína fetén, la “brown sugar”, afgana acreditada, que da para muchos millones de euros. No creo que haya un solo político catalán que no tenga una foto de campaña electoral con “el paqui” Satti; era un habitual de las relaciones sociales. Sólo sabemos su nombre, los de los demás, que viven en Martorell, Hospitalet, Rubí, Badalona y Barcelona, ni una palabra; son autóctonos o asimilados.

Eso sí, la operación la llamaron Alfombras Persas, por más que tratándose de pakistaníes deberían haber ido un poco más allá de Las mil y una noches. ¡Qué gente ingeniosa, nuestra siempre abnegada policía y sus jefes literatos! ¿Cuántas complicidades se necesitan para llegar hasta el palo de la fregona? Ocurre lo mismo que con la detención de Hervé Falciani, ya saben, el empleado del HSBC que se marchó de Suiza con la lista de los evasores de Italia, Francia y España. Lo detuvieron en el puerto de Barcelona el primero de julio, algo para él impensable, porque venía de Sète y se creía en Europa, territorio Schengen. Ya saben, algo rutinario, aseguran los tontos, pero que significó su encarcelamiento. Seamos serios, ¿algún medio de comunicación español sería capaz de publicar la lista de defraudadores a Hacienda con cuenta en Suiza? No sé si están al tanto de que no es posible porque así lo establece un acuerdo hispano-suizo, que apoyaron todos los grupos parlamentarios de fuste.

Lo más patético de la discusión sobre el derecho a decidir, o sobre la autodeterminación o sobre la soberanía, es el descojone matutino de todos esos caballeros que han tomado la decisión de burlarse de nosotros, felices de tener futbolistas geniales, de ganar todos los partidos y de poder disfrazar a los nietos con las camisetas de sus futbolistas preferidos; unos perlas forrados a costa de la estupidez humana. El franquismo olía mal, y eso provocaba una cierta distancia, como suele ocurrir con los poderosos que padecen halitosis –nadie se atrevía a decirle a Alfonso XIII, o al viejo Botín: “Majestad, excelencia, le huele mal el aliento”–. Pero esto de ahora no huele, es incoloro, inodoro e insípido, por eso la gente se lo cree más, y piensa que no tiene importancia, que es un pasatiempo que alivia estas épocas de dificultad.

Se engañan, por miedo. ¡Como decir que la justicia es una parodia cuando sólo en Madrid, me lo aseguran, hay 65.000 abogados! Más que en toda Francia. Exageran, seguro. Porque si sumáramos los de Madrid a los de Barcelona tendríamos la sociedad más judicialmente impecable de Europa, y no sería posible lo de Carlo B., italiano de Riccione, junto a Rímini, con restaurante en el Carrer Ample de Barcelona, entre otras menudencias, al que pillaron en octubre con un alijo postinero. En una sociedad normal, no sería sólo Carlo B. independientemente del brillante abogado que le defienda.

Resumiendo, ellos siempre son como el palo de la fregona, que está donde debe estar. Y nosotros, el mocho, que seco y abandonado, tiene ese aspecto de lo que no sirve ni para asear el terrazo.

Gregorio Morán

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