El pan nuestro de cada día

Cuando nací, en 1946, éramos 2.500 millones. Ahora somos 7.000 millones. En 65 años, la población mundial se ha incrementado en 4.500 millones de personas. Hay tantos humanos vivos en estos momentos como humanos han vivido en los últimos cuatro o cinco siglos, tal vez incluso más. La reducción de la mortalidad (infantil y adulta) y el alargamiento de la vida media de los supervivientes es la causa de tan espectacular incremento. Hacer proyecciones especulativas a 30 o 40 años vista no conduce a ninguna parte, porque los vectores que rigen el fenómeno son demasiado complejos. La demógrafa Anna Cabré no se cansa de repetirlo. Pero que ya somos 7.000 millones y que vamos in crescendo va a misa.

¿Cuántos alimentos demanda toda esa gente? Depende. Los casi 1.200 millones de indios vegetarianos o semivegetarianos precisan menos que los 500 millones de europeos omnívoros, tirando a carnívoros. No es que los indios coman menos (puede que también), sobre todo es que comen de forma más eficiente. Tras cada kilo de carne hay 10 kilos de grano o más. El pedazo de tierra que alimenta a 10 vegetarianos apenas alcanza para sostener a un solo carnívoro. El problema es que muchos asimilan el desarrollo a la hamburguesa, de modo que los 1.500 millones de chinos que quieren ser como los occidentales aspiran a comer tanta proteína animal como nosotros. Si ello ocurriera de golpe, los mercados mundiales de grano quedarían desabastecidos en pocas semanas.

Según la FAO, organización de las Naciones Unidas que se ocupa de la agricultura y la alimentación, 1.000 millones de personas pasan hambre. Se estima que el número de hambrientos disminuyó ligeramente en la pasada década, pero vuelve a subir a raíz del mal momento económico. En todo caso, una de cada siete personas sufre hambre. Viene a ser un 15% de la humanidad. Si añadimos las mal alimentadas, el porcentaje supera el 20%. Me parece atroz. La derivación continuada de los alimentos disponibles hacia el engorde intensivo de ganado empeoraría el panorama. A menos, claro, que se incrementara la producción alimentaria.

Aquí colisionan concepciones e intereses contrapuestos. El industrialismo optimista (tal vez simplemente inconsciente) no ve problema alguno. La llamada revolución verde de la segunda mitad del siglo XX ya marcó el camino: abonos y fitosanitarios, maquinaria al por mayor, semillas seleccionadas y, más recientemente, plantas biológicamente modificadas (o sea, transgénicos). Me temo que las cosas no son tan sencillas. Todo eso pudo hacerse cuando la energía estaba tirada y cuando la Tierra aún podía tragarse agroquímicos sin parpadear. Esas vías están agotadas, saturadas, al menos. La única opción nueva y con posibilidades alternativas son los transgénicos, pero cuentan con sólidas oposiciones (fundamentadas unas, gratuitas otras).

Pienso que con los alimentos ocurre lo mismo que con la energía. Hay que volver la vista hacia la gestión de la demanda. Hasta ahora solo ha preocupado la gestión de la oferta, poner en el mercado tanto como el mercado pedía o era capaz de absorber. Eso es el pasado. El futuro de los 7.000 millones que somos ya y de los 10.000 millones que pronto seremos no puede depender de un suelo agrícola que ya no tenemos, de una energía de la que no disponemos y de una capacidad de carga que ya se agotó. El progreso del siglo XXI no es la iteración de los formatos del siglo XX y menos aún de los del siglo XIX.

Los occidentales comemos demasiado y desequilibradamente. Centenares de millones pasan hambre y sufren deficiencias proteínicas, mientras nuestros adolescentes se hinchan de grasas y proteínas animales en fast foods que proliferan por doquier. En Occidente propendemos a la obesidad deletérea en un mundo de gente famélica. ¿Dónde está el progreso? Pero tampoco me seducen los doctrinarios de la verdura cruda: somos una especie omnívora, por eso tenemos caninos (aunque sensiblemente atrofiados, detalle significativo). Lamentablemente, la manida dieta mediterránea es una vieja equilibrada opción que triunfa en los libros y retrocede en los hogares.

Según EL International Food Policy Research Institute, el 90% de las exportaciones de arroz y maíz, cereales básicos, depende de media docena de países. Cualquier disminución de su capacidad productiva derivada del cambio climático en curso sería fatal. En estos momentos, más que pensar en nuevas prótesis tecnológicas consumidoras de energía -y exaltadoras del efecto invernadero, por tanto-, convendría reorientar hábitos alimentarios, mejorar los sistemas de redistribución de las cosechas y relanzar la producción local. Son soluciones sociológicas que no favorecen la cuenta de resultados de según qué corporaciones, pero ¿quién dijo que estas organizaciones sean parte de la solución? De momento, más parece que sean parte del problema. La sostenibilidad, también en el capítulo alimentario, empieza por mirar las cosas de un modo distinto.

Ramon Folch, socioecólogo y director general de ERF.

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