El Papa Ratzinger y el mundo islámico

Por Rafael Aguirre (EL CORREO DIGITAL, 19/09/06):

La alusión de Benedicto XVI al islamismo ha tenido lugar en un marco insólito para un Papa. No se encontraba en una celebración litúrgica, ni se dirigía a un conjunto de fieles, ni leía un documento propiamente del magisterio pontificio. Joseph Ratzinger pronunciaba, en la Universidad de Regensburg (Ratisbona), de la que ha sido profesor, una lección universitaria muy bien construida, profunda y sólida, en la que quedaba clara su indudable categoría intelectual. Es un texto especialmente interesante porque explicita las raíces del pensamiento del Papa, que, en su ministerio, tiene que comunicarse normalmente de forma más sencilla y pastoral. Un auténtico intelectual y una persona verdaderamente religiosa inevitablemente serán, con frecuencia, políticamente incorrectos. Dada la repercusión de sus palabras habrá quien piense que Benedicto XVI eligió un ejemplo desafortunado para comenzar su exposición. Pero también es verdad que la violenta y emotiva reacción provocada por sus palabras, al margen de un contexto que muy pocos han leído con atención, no hace sino avalar los reparos de Ratzinger contra una fe religiosa no controlada por la razón.

La exposición parte de una afirmación del emperador bizantino Manuel II Paleólogo en un diálogo con un persa culto desconocido: «Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que predicaba (…). No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios (…). Quien quiera llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas (…)». El Papa habría podido aludir a las imposiciones de la fe por la fuerza en el cristianismo, a las guerras de religión y a las quemas de herejes. Sin embargo, pienso que el ejemplo elegido no es casual: su trayectoria demuestra que el Islam preocupa especialmente a este Papa, que considera necesario examinar críticamente sus raíces ideológicas. Cabe preguntarse si lo que es legítimo y hasta necesario en un profesor universitario es prudente que lo realice el Papa de la Iglesia católica. Pero aparquemos este asunto. En cualquier caso lo que pretendía, ante un auditorio de alta cualificación académica, era plantear las relaciones entre la fe y la razón, reivindicar la intrínseca racionalidad de la fe cristiana y, a la vez, replantear el concepto moderno de razón.

En primer lugar, el Papa pone en guardia contra los peligros de una religión que no respeta la racionalidad humana compartida, porque destruye las bases de todo diálogo cultural y fácilmente presenta una imagen arbitraria y peligrosa de la divinidad. Si el Corán no fue simplemente ‘inspirado’, sino dictado palabra a palabra por una voz celeste a Mahoma, entonces no cabe una lectura crítica ni una hermenéutica inteligente de este libro sagrado. Su talante intelectual hace que el Papa Ratzinger no sea tan favorable a los actos ecuménicos de oraciones compartidas si antes no hay una clarificación suficiente de carácter cultural y teológico.

Pero hay otro punto en el que el Papa pone un énfasis especial: en el cristianismo el uso de la razón humana es un desarrollo necesario de la naturaleza misma de la fe. Ratzinger explica este punto recurriendo a muchos factores históricos, al encuentro del judaísmo y del helenismo el siglo II antes de nuestra era, al diálogo de Atenas y Jerusalén en el origen del cristianismo, pero sobre todo por referencia a un Dios que es presentado en el Nuevo Testamento como «Logos», como razón y palabra que se expresa. Bien es sabido que el actual Papa se manifiesta de forma intelectualmente clara y directa sin temor a las reacciones que pueda suscitar. En un coloquio mantenido en octubre de 2005 con el historiador italiano Galli della Logia, el entonces cardenal Ratzinger decía: «Racionalidad fue por tanto un postulado y una condición del cristianismo que es un patrimonio europeo si nos comparamos, pacífica y positivamente, con el Islam y con las grandes religiones de la gran Asia». Para preservar este patrimonio cultural cristiano el cardenal Ratzinger se oponía al ingreso de Turquía en la Unión Europea. En esto disiento: Hay una cierta influencia islámica en el origen de Europa y, sobre todo, el ingreso de Turquía puede contribuir a que el Islam no se encierre más en su complejo de víctima de Occidente (que está siendo suicidamente alimentado por la nefasta política norteamericana en el Próximo Oriente) y se abra al espíritu crítico y democrático de la modernidad.

Pero hay un tercer punto en la exposición de Ratzinger: la discusión crítica del concepto de razón que se ha impuesto a partir de la modernidad y que, en su opinión, es reductora, ciega y sorda ante dimensiones esenciales de la realidad. Concretamente la razón humana no puede renunciar a descubrir la verdad objetiva de las cuestiones religiosas y éticas, que no podrá imponerse, pero a cuya búsqueda tampoco se puede renunciar. El Papa critica de forma constante y dura la cultura occidental por lo que considera su «laicismo», que relega a la pura subjetividad privada las mencionadas cuestiones en que está en juego el sentido, y rompe así con sus raíces cristianas. Pero en absoluto desea renunciar a la Ilustración. Afirmó en Regensburg: «Lo más importante («Das Grosse») de la modernidad debe ser reconocido sin reservas (…). Mi intención es ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación».

El Papa considera que esta exclusión de lo religioso y de lo transcendente del espacio público es visto por otras culturas, para las que Dios es absolutamente central, como un ataque a sus más profundas convicciones. En el diálogo, antes mencionado, con el historiador italiano afirmaba: «Lo que ofende a los musulmanes y a los fieles de otras religiones no es hablar sobre Dios o nuestras raíces cristianas, sino el desdén hacia Dios y lo sagrado, que nos separa de otras culturas y no ofrece la oportunidad para el encuentro, sino (que) expresa la arrogancia de una razón disminuida y reducida, que provoca reacciones fundamentalistas». Y en la conferencia que ha dado pie a las airadas reacciones de estos días dice: «Una razón que es sorda a lo divino y relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas».

Es decir, para Ratzinger el diálogo entre las religiones implica necesariamente el diálogo entre las culturas. Su planteamiento es discutible -¿cómo podría no serlo?- pero es de una importancia política y cultural incuestionable. Puede ser un planteamiento demasiado académico, como el del ‘diálogo de civilizaciones’ puede ser demasiado insustancial y superficial. El Papa Ratzinger (me cuesta mucho llamarle Benedicto) hace una crítica sin complejos, con la que se puede estar más o menos de acuerdo, pero implacable de la cultura hegemónica de la postmodernidad cultural. Es discutible su forma abarcante de entender la cultura cristiana y el papel que atribuye a la Iglesia como su intérprete. Pero, desde luego, está en su pleno derecho, y particularmente me parece oportuno, que no se arredre a la hora de señalar los retos pendientes que el Islam tiene con la razón. Es verdad que secularmente los cristianos, cuando hemos sido mayoría, nos hemos resistido a conceder lo que ahora exigimos si somos minoría. Pero nada disculpa los atentados, las movilizaciones insultantes de protesta, las ‘fatwas’, cuando, con mayor o menor razón, la fe islámica se considera agraviada.

¿No habrá que decir a los musulmanes, que con toda razón exigen respeto a sus convicciones en los países que son minoría, que también hay que respetar la fe de los no musulmanes en Arabia, en Egipto, en Sudán, donde los cristianos, a veces, están siendo cruelmente marginados y perseguidos? El diálogo auténtico no es el ‘buenismo’, en el que todos los gatos son pardos y donde las identidades se diluyen y las convicciones y diferencias se ocultan; por el contrario, exige escucha, conocimiento del otro, penetrar en su lógica, descubrir su verdad, defender y relativizar las propias convicciones, pero de ningún modo acallar, por miedo o falso irenismo, las deficiencias graves que se perciben en otras ideologías.