El Papa y la crítica razonable

La censura, por adaptar una frase de Talleyrand, es peor que un crimen: es un error. Los marginados se convierten en mártires, los desconocidos en celebridades. La oscuridad se transforma en fama o – lo que ya cuenta por más – en notoriedad. La persecución ennoblece las causas más viles. Si me dices que no lea un libro, me das un motivo para buscarlo. Si denuncias al autor, se acrecienta mi interés por él y quiero formar mi propia opinión.

Es por eso que me deja perplejo el caso de mi amigo Henry Sire, autor del libro The Dictator Pope, publicado el lunes. Cuando escribo este artículo, no he podido leerlo aún, pero, según las reseñas, se trata de una crítica dura al Santo Padre, a quien se le reprochan varias faltas intelectuales y morales, incluso la de enmascarar su carácter y perseguir a entidades -como los Franciscanos de la Inmaculada- críticas. Sire va aún más lejos y explica cómo Francisco seleccionaría a personas especialmente vulnerables para asegurarse su lealtad.

El Papa y la crítica razonableEl autor del libro es un historiador apreciado por los especialistas y un católico chapado a la antigua. Para investigar y escribir la mejor historia de la Orden de Malta, llevaba varios años de residencia en Roma, con una perspectiva privilegiada de los sucesos vaticanos, hasta que el año pasado regresó para vivir en Barcelona, la ciudad donde nació. Hay que reconocer que sus métodos de investigación suelen ser escrupulosos. Y le tengo por una persona cabal y estudioso de vocación sincera, que no publicaría datos sin creer que son verdaderos, ni opiniones ni interpretaciones sin pensar honradamente que reflejan hechos auténticos. Pero, por supuesto, como todo científico, puede equivocarse, o expresarse mal, o ser víctima de malentendidos o de prejuicios. Algunas de las conclusiones de The Dictator Pope (como las referencias a la selección de candidatos moralmente débiles para oficios curiales y el mal humor que supuestamente prevalece en el entorno del Papa) se confirman en otro libro que también acaba de salir, The Lost Shepherd (El pastor perdido), del conocido autor católico estadounidense Philip Lawler. Pero Henry Sire es un caso especial por haber sido un insider en círculos privilegiados de la Iglesia y por haber sido un miembro de la Orden de Malta sujeto a la disciplina, normalmente benévola, de la misma.

Desconozco aún las bondades y los defectos del libro. Sí sé que su publicación es, por lo menos, inoportuna para la Orden de Malta. Para llevar a cabo el proceso actual de su reforma constitucional, el apoyo del Papa es casi imprescindible. Tal vez por eso el alto mando de la Orden acaba de suspender a Henry Sire y se ha iniciado un procedimiento que previsiblemente terminará en su expulsión. Algunas consecuencias de todo esto están claras: el libro no tardará en situarse entre los más vendidos, aumentará considerablemente la fortuna del autor y se intensificará la atención de los medios de comunicación y del público general a sus juicios negativos sobre el Pontífice.

Además, los miembros de la Orden hemos recibido un mensaje por correo electrónico dirigido a los presidentes o rectores de los prioratos y asociaciones nacionales. El alto mando en Roma llama «la atención a expresiones públicas que puedan ofender al Santo Padre o que sean a favor del libro o de su autor» y advierte de la suspensión o expulsión a quienes no respeten «los principios fundamentales» de la gran cofradía. Implícitamente, ofender al Papa o mostrar piedad por Henry Sire contradice tales principios, pese a que ello no conste en las reglas ni de la Orden ni de la Iglesia.

No tengo nada que decir en menosprecio del Papa ni en apoyo del libro. Pero, si lo tuviera, el intento de censura me animaría a declararlo. No es ni racional decir «el Papa no es un dictador y no te permitimos que le critiques». Los miembros de la Orden de Malta estamos al servicio del Pontífice; y a veces el mejor servicio que se puede prestar a una persona o institución consiste en criticarle. Los que se sienten ofendidos por reprimendas sinceras (incluso las equivocadas) son responsables de sus propios sentimientos: no quiero ofender a nadie, pero no puedo controlar las sensibilidades de mis lectores, de mis alumnos o de los autores cuyos libros analizo en mis reseñas.

En varias universidades norteamericanas estamos sufriendo una crisis de aflicción fingida por personas que insisten que la expresión de cualquier opinión contraria a la suya les ofende; hasta defender una postura políticamente minoritaria puede calificarse de injuriosa. Universidades enteras se han convertido en espacios de seguridad para privilegiar sensibilidades excesivas y silenciar el debate. No queremos que la Iglesia sea así ni que se dé la impresión de ser una institución represiva. La mejor respuesta a alegatos falsos es desdeñarlos; y cuando son creíbles contestar racionalmente con las pruebas que los desmienten. Sin libertad, que, después de la vida, es el don más precioso de Dios, ninguna religión sería fehaciente. Sin discrepancias, ninguna postura merecería aprobarse.

Desgraciadamente, existe otro caso que devela una mentalidad represiva o inquisitorial entre algunos dirigentes de la Iglesia: el intento, en manos del mayor bufete de abogados del mundo, Baker Mackenzie, de cerrar el portal español InfoVaticana. Entre noticias y comentarios de toda índole sobre temas de interés católico, esta web ha publicado varias críticas a la jerarquía vaticana, y hasta al Papa, desde una óptica conservadora. Los abogados pretextan que el nombre del Vaticano pertenece a la Santa Sede e InfoVaticana infringe sus derechos de propiedad; pero no se ha lanzado ningún pleito ni demanda contra los demás sitios privados, hay muchos, que emplean el nombre en varias formas. Cabe pensar, pues, que hay razones más complejas. InfoVaticana no duda de la intención de sus perseguidores: «La jerarquía», reza textualmente su respuesta a la demanda, «trata de acallar las voces críticas mediante la coacción… de quienes confiesan y aceptan fielmente la doctrina y se limitan a denunciar abusos o alertar de tendencias, una labor que debería agradecerse por parte de nuestros pastores».

Mi propia imagen del Papa es la que, supongo, comparte la mayor parte del mundo, entre creyentes y críticos, adeptos y ateos: un tipo simpático; un Pontífice que se presenta como un ser humano cualquiera, con la mezcla de vicios y virtudes típica de nuestra especie; una persona que no busca ocultar sus defectos, sino que quiere mejorar cada día; una autoridad que no confía a ciegas en su propia autoridad y que tiene la humildad de saber que comete errores; un pastor cuyos sermones no nos llaman a juzgar, sino a perdonar, no a condenar sino a curar. Hasta los conservadores que se sienten abandonados por sus intentos de debilitar la tradicional disciplina moral de la Iglesia pueden aplaudir el motivo que Francisco confiesa y recomienda a todos: la misericordia.

Si los alegatos de Henry Sire y Philip Lawler son desdeñables, que Francisco los deje hundirse. Si llevan a engaño, que los conteste. Si son exagerados o injustos o están mal expresados, pero tienen alguna base, le corresponde rectificarse a sí mismo, corregir los excesos y -espero- perdonar y agradecer a sus críticos. Intentar aislar o silenciar a los críticos es prestarles credibilidad. Espero que los mandatarios de la Orden de Malta y los hierofantes que han iniciado el pleito contra InfoVaticana han actuado sin el permiso del Santo Padre. Ahora tiene la oportunidad de demostrar que sus críticos no aciertan -de mostrar que no es un dictador, revocando las medidas que se han lanzado contra ellos y haciendo que la Iglesia sea un lugar de seguridad para opiniones diversas, donde la caridad es el único medio de control.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *